La IA nos va a dejar sin trabajo (y eso es muy bueno)



    En importantes yacimientos arqueológicos como Wonderwerk (Sudáfrica) y Gesher Benot Ya´aqov (Israel) se han encontrado pruebas del uso controlado del fuego por parte de la especie Homo erectus hace entre un millón y 400.000 años. El fuego servía para calentarse en invierno, ahuyentar a los depredadores… y para una tarea que resultó ser mucho más trascendental de lo que podría parecer a simple vista: cocinar.  

    En efecto, el calor del fuego rompe las estructuras celulares de los alimentos y permite aprovechar mucho mejor las calorías disponibles en ellos, al tiempo que facilita la digestión. La carne cocinada, por tanto, no sólo aporta más energía que la carne cruda, sino que además requiere menos esfuerzo digestivo, ya que nuestro cuerpo consume menos energía al procesarla.

    La energía de nuestro organismo es limitada, y debe repartirse entre todos nuestros órganos de la forma más eficiente posible. El cocinado de los alimentos permitió derivar una gran parte de la energía empleada por el aparato digestivo a un órgano extremadamente costoso desde el punto de vista energético: el cerebro. El resultado de este cambio en el reparto de la energía fue una reducción paulatina del aparato digestivo y un aumento del desarrollo cerebral. Mientras el resto de primates mantienen aún una dieta cruda, y por ello poseen intestinos más grandes y cerebros más pequeños, el ser humano tiene dientes más pequeños, una mandíbula menos robusta, un intestino más corto… y un cerebro que actualmente consume alrededor del 20% de toda nuestra energía. Nos hemos adaptado tan profundamente a la dieta cocinada que el ser humano ni siquiera puede vivir adecuadamente alimentándose sólo de comida cruda. 

    El control del fuego por parte del Homo erectus nos hizo más inteligentes, y sin duda contribuyó a los cambios evolutivos que con el tiempo hicieron posible la aparición del Homo sapiens, nuestra propia especie. Pero intentemos imaginar por un momento a aquella tribu de Homo erectus que logró controlar el fuego por primera vez en la historia de la humanidad Probablemente ni siquiera se plantearon que aquel descubrimiento pudiera tener consecuencias a largo plazo para su propia especie. Pero, en caso de haberlo hecho… ¿habrían sido capaces de imaginar sus implicaciones reales? ¿Podrían haber anticipado los cambios evolutivos que haría posibles? ¿Habrían previsto que de ese descubrimiento surgiría una especie como el Homo sapiens, capaz de crear civilizaciones como la actual, en la que es posible leer este artículo a través de un ordenador o un smartphone conectado a internet, y en la que existen robots e inteligencia artificial?




    Precisamente, en 2020 el CEO de Google, Sundar Pichai, llegó a comparar el desarrollo de la inteligencia artificial con el fuego, dando a entender que el impacto que esta nueva tecnología tendrá sobre la humanidad podría llegar a ser tan revolucionario y trascendental como lo fue el control del fuego hace cientos de miles de años


El potencial de la IA


    ¿Pero por qué? ¿Qué hace diferente a la IA de cualquier otro avance tecnológico anterior? Sencillamente, que mientras hasta ahora cualquier tecnología se había limitado a ayudarnos en nuestras tareas, la IA es capaz de realizarlas ella misma procesando miles o millones de datos en tiempo real y reaccionando en milisegundos, superando ampliamente la velocidad humana. Si hasta ahora el software informático sólo podía automatizar procesos relativamente simples, la IA puede realizar tareas cognitivas complejas sin cansarse ni distraerse lo más mínimo, y aprender además a una velocidad exponencial. En resumidas cuentas, una IA puede replicar en segundos conocimientos y capacidades que un ser humano necesita años para adquirir.  

    De ahí que la IA ya esté comenzando a reemplazar a los humanos en numerosos campos. Veamos algunos ejemplos:

    - La IA es capaz de diagnosticar enfermedades y ya ha superado a médicos en tareas como la detección de cáncer de mama, el diagnóstico de enfermedades pulmonares o el análisis de radiografías. La IA de Google Health, por ejemplo, logró reducir falsos positivos y falsos negativos en cáncer de mama, superando en precisión a radiólogos humanos.

    - En el ámbito científico, la IA ha reducido el tiempo necesario para desarrollar medicamentos de varios años a sólo unos meses, y ha permitido descubrir nuevos compuestos químicos y materiales con propiedades inéditas. El sistema AlphaFold de DeepMind fue capaz de resolver en segundos el problema de cómo se pliegan las estructuras de más de 200 millones de proteínas, una cuestión que llevaba décadas sin resolverse y cuyo impacto en medicina y en biología ha sido enorme. 

    - Herramientas como GitHub Copilot son capaces de generar código de programación automáticamente, aumentando enormemente la productividad de los programadores informáticos. De hecho, en algunos entornos hasta un 50% del código ya puede ser generado por IA, de tal manera que un solo programador puede realizar el trabajo que antes requería a varios. 

    - Chatbots avanzados pueden atender consultas telefónicas, resolver problemas en atención al cliente o gestionar ventas, motivo por el cual muchas empresas del sector del Contact Center ya están sustituyendo call centers completos y servicios básicos de soporte técnico por sistemas de IA. Además, esos sistemas pueden operar de forma permanente (las 24 horas del día, los siete días de la semana) a un coste mínimo o casi nulo.

    - Ya existen empresas como Waymo que operan taxis sin conductor, teniendo en cuenta que los sistemas de conducción autónoma basados en IA reaccionan más rápido que los humanos y no sufren cansancio, distracciones ni fatiga al volante.

    Como vemos, la IA empieza a superar al ser humano en tareas cada vez más numerosas y complejas, hasta el punto de que ya es posible sustituir los puestos de trabajo de millones de médicos, científicos, programadores, teleoperadores o conductores… por sistemas de inteligencia artificial.


La IA y los robots harán nuestro trabajo

 

    En tales condiciones, los empresarios verán dispararse sus beneficios como resultado de un abaratamiento drástico de los costes empresariales y de un aumento exponencial de la productividad. El ejemplo se extenderá cada vez más en el mundo empresarial, hasta que muy pocas empresas se muestren reacias al cambio.




    ¿Es posible que exista algún sector profesional capaz de sobrevivir a la IA manteniendo puestos de trabajo humanos? Suele darse por hecho que aquellos sectores relacionados con trabajos más manuales y menos intelectuales se encuentran relativamente a salvo, olvidando quizás que industrias como la automoción, por ejemplo, están cada vez más robotizadas.

    En efecto, el desarrollo de la robótica ha avanzado en paralelo al de la computación, hasta el punto de que los robots actuales habrían parecido ciencia-ficción hace apenas unas décadas. Hoy ya podemos asistir a espectáculos de artes marciales protagonizados por robots cuya fuerza, precisión y agilidad superan a las humanas. En tales condiciones, resulta perfectamente previsible que, tarde o temprano, gran parte del trabajo manual sea reemplazado por robots guiados mediante IA. Y quizá no esté tan lejos el día en que encontremos en todos los hogares robots capaces de realizar cualquier tarea doméstica, desde la limpieza diaria de la casa hasta las labores de cocina.

    En definitiva, parece inevitable que la IA y la robótica terminen por extenderse a prácticamente todos los sectores de la producción humana, aunque la transformación llegue antes a unos ámbitos que a otros. Es probable que exista cierta resistencia cultural a ver robots desempeñando determinados puestos (profesores, psicólogos, cuidadores o sacerdotes, por ejemplo), por muy eficaces que puedan llegar a ser. Sin embargo, la mentalidad de la sociedad irá adaptándose poco a poco a la nueva realidad, y no resulta descartable que en el futuro lleguemos incluso a ver robots ocupando cargos políticos o convirtiéndose en la pareja sentimental de determinados seres humanos.

    Habrá quien alegue que otros grandes avances tecnológicos anteriores (como la revolución industrial o la aparición de las primeras computadoras) también despertaron temores sobre un aumento masivo del desempleo, sin que finalmente llegara a producirse ninguna hecatombe. Y es cierto que esos avances, al tiempo que destruyeron determinados empleos, también crearon otros nuevos. Quizás la IA también abra nuevos sectores productivos… pero esta vez esos sectores tampoco tendrían por qué ser ocupados por humanos. La razón es sencilla: la IA y los robots poseen el potencial necesario para reemplazar el trabajo humano en prácticamente cualquier sector, por muy novedoso o diferente que pueda llegar a ser. No es que el trabajo humano vaya simplemente a transformarse: es posible que esté siendo históricamente superado.

    También suele decirse que la IA carece de la capacidad de creación artística propia del ser humano, pero eso tampoco parece del todo cierto. Modelos como DALL·E o Midjourney ya son capaces de generar imágenes originales en segundos, imitar estilos artísticos complejos o producir obras difíciles de distinguir de las humanas, hasta el punto de que algunas de ellas incluso han ganado concursos de arte. El propio ChatGPT es capaz de escribir artículos, ensayos o guiones adaptando estilos y generando argumentos complejos, mientras que otros sistemas de IA pueden componer música original, imitar voces reales o crear bandas sonoras completas. Y muy probablemente, dentro de no mucho tiempo veremos estrenarse en cines películas generadas íntegramente mediante inteligencia artificial.

    Por supuesto, la IA sigue teniendo limitaciones importantes. No “comprende” como un ser humano, ni posee experiencia consciente, motivación, intuición o contexto vital alguno. Simplemente procesa datos y predice patrones (palabras, imágenes, sonidos o cualquier otro tipo de información). Precisamente por ello todavía se producen errores de contexto, respuestas incoherentes en situaciones complejas o invenciones de información presentadas con aparente seguridad. Además, la IA sigue necesitando instrucciones y carece de objetivos propios. Sin embargo, no conviene olvidar que en 1969 internet no era más que una conexión rudimentaria entre dos ordenadores, capaz de transmitir únicamente un simple carácter de uno a otro. ¿Quién habría podido prever entonces que unas décadas después internet se convertiría en una gigantesca estructura global capaz de sostener redes sociales, comercio internacional, vídeo en tiempo real y comunicaciones instantáneas a escala planetaria? Si tenemos en cuenta que la inteligencia artificial aún se encuentra prácticamente en pañales y ya está transformando el mundo… ¿quién sabe hasta qué punto logrará superar sus actuales limitaciones y hasta dónde llegará realmente su desarrollo?


Un cambio de sistema productivo


    Aunque el cambio ya ha comenzado, su desarrollo será gradual, no repentino. Y a medida que avance afectará cada vez más al sistema económico y a los diferentes sectores de la sociedad. Es probable que los empleos más cualificados y de mayor dificultad intelectual logren subsistir durante algún tiempo, así como aquellos relacionados precisamente con la creación y programación de robots e inteligencias artificiales. Sin embargo, a largo plazo incluso esos trabajos acabarán siendo automatizados. La propia IA terminará siendo capaz de programarse a sí misma, repararse y mantenerse sin intervención humana.

    El resultado final de todo ello parece evidente: el sistema económico dejará progresivamente de ofrecer trabajo remunerado para la mayoría de la población, y miles de millones de personas podrían verse abocadas a un desempleo estructural y permanente.

    ¿Cómo reaccionará la sociedad ante un cambio de semejante magnitud?

    No parece posible mantener durante mucho tiempo un mundo en el que una mayoría de la población quede excluida del trabajo sin posibilidad real de reincorporarse, si al mismo tiempo no se garantiza una vida mínimamente digna a quienes han quedado fuera del sistema productivo. Cuando la IA comience a sustituir porcentajes masivos de empleo, el problema podría aparecer con enorme rapidez: caerá el consumo, se desplomará la demanda y surgirán crisis de sobreproducción. Los precios tenderán a hundirse (deflación), provocando crisis financieras y el colapso de sectores económicos completos.




    El problema sería tan grave que habría que ponerle remedio no sólo por el bien de los trabajadores, sino también por el de los propios empresarios. No olvidemos que los beneficios empresariales dependen del consumo realizado por los ciudadanos, y dichos beneficios caerían en picado si la mayoría de la sociedad dejara de disponer del poder adquisitivo necesario para comprar los bienes producidos por la IA y los robots. Si, como todo parece indicar, la automatización consigue multiplicar exponencialmente la producción de bienes y servicios, de poco serviría si la demanda no creciera en la misma proporción.

    Con todo, es perfectamente posible que las sociedades reaccionen tarde y que durante décadas intenten simplemente “parchear” el sistema antes de transformarlo realmente. Esa transición podría convertirse en una importante fuente de conflictos sociales y políticos. Incluso podrían surgir modelos profundamente desiguales, como sociedades duales divididas entre seres humanos “útiles” y “sobrantes”, o formas de tecnofeudalismo oligárquico en las que una minoría controle no sólo los robots y la IA, sino también la energía, los servidores, los datos y los sistemas de vigilancia.

    Sin embargo, tarde o temprano, y por traumática que pueda resultar esa transición, el sistema económico terminará enfrentándose a una conclusión difícil de evitar: será necesario desacoplar definitivamente renta y trabajo. Porque aunque los seres humanos ya no resulten imprescindibles para producir, seguirán siendo indispensables para consumir.

    Como consecuencia, resulta muy probable que termine instaurándose algún tipo de renta básica universal financiada mediante impuestos sobre los beneficios generados por la automatización. Una renta que permita no sólo garantizar una vida digna a toda la población, sino también sostener el elevado nivel de consumo que necesitará el nuevo sistema productivo. Sólo así podría alcanzarse cierto equilibrio entre las necesidades sociales de los ciudadanos y la propia rentabilidad económica del sistema.

    Sin embargo, incluso ese nuevo pacto social podría acabar resultando inestable a largo plazo. ¿Por qué iba la mayoría de la sociedad a aceptar indefinidamente que sólo una minoría se apropie de la mayor parte de los beneficios generados por un sistema económico en el que prácticamente todo el trabajo es realizado por máquinas?

    Hoy la función de la clase empresarial resulta indiscutible: detectar demandas sociales, invertir allí donde existen oportunidades de negocio, organizar la producción y asumir riesgos económicos. Pero ¿qué ocurrirá cuando la IA sea capaz de realizar todas esas tareas de forma mucho más eficiente que cualquier ser humano, gracias a su capacidad para procesar millones de datos en milisegundos?

    No hay que olvidar que, dentro de una economía de mercado, cada empresa opera de forma autónoma respecto a las demás, con toda la ineficiencia que ello puede implicar. Sin duda, esa autonomía también tiene aspectos positivos, como la libre competencia y el incentivo permanente hacia la innovación. Sin embargo, una IA podría ser programada para introducir de forma constante todas las mejoras posibles en la producción, disponiendo además de información económica global en tiempo real: desde los costes de cada empresa hasta las ventas realizadas en cada instante mediante la lectura de códigos de barras o sistemas equivalentes. La IA conocería en tiempo real tanto los recursos disponibles como las demandas generales de la sociedad, procesando trillones de datos y realizando cálculos constantes sobre precios, producción y asignación de recursos. Incluso podría anticiparse a futuras tendencias económicas y adaptarse a ellas modificando continuamente sus propios cálculos. Un problema que autores como Friedrich Hayek o Ludwig von Mises consideraban irresoluble (la imposibilidad de centralizar toda la información dispersa del mercado) podría quizá llegar a ser superado mediante sistemas avanzados de inteligencia artificial.

    En una situación así, ¿qué función tendría entonces la clase empresarial? ¿No acabaría volviéndose históricamente obsoleta? ¿Qué sentido tendría mantener sus privilegios si el sistema productivo pudiera transformarse en un patrimonio colectivo administrado por la propia IA para beneficio de toda la sociedad?

    Parece lógico pensar, por tanto, que el capitalismo en su última fase tecnológica podría terminar siendo reemplazado por algún tipo de economía altamente planificada y automatizada, quizá incluso en el marco de una sociedad sin clases. El gran sueño histórico del marxismo (la construcción de una sociedad socialista) podría llegar así a hacerse realidad… aunque no precisamente por las vías que los propios marxistas imaginaron (y probablemente tampoco de una forma que muchos de ellos aceptarían).

    ¿Quizá hemos ido demasiado lejos? ¿Cómo podemos estar seguros de que una transformación semejante llegará realmente a producirse?

    En 2015, el físico Stephen Hawking planteó claramente esta disyuntiva cuando afirmó: Si las máquinas producen todo lo que necesitamos, el resultado dependerá de cómo se distribuyan las cosas. Todo el mundo podrá disfrutar de una vida de lujo ociosa si la riqueza producida por las máquinas es compartida, o la mayoría de la gente puede acabar siendo miserablemente pobre si los propietarios de las máquinas presionan con éxito contra la redistribución de la riqueza”.

    Sin embargo, existe aquí una contradicción fundamental: los robots y las inteligencias artificiales no consumen nada de lo que producen. Y si los propietarios de las máquinas quieren seguir obteniendo beneficios, necesitan necesariamente que los ciudadanos continúen consumiendo. Por tanto, incluso desde la propia lógica del sistema económico, a los dueños de las máquinas también les interesará evitar que la mayoría de la población termine siendo miserablemente pobre.


El fin del trabajo asalariado


    Y ahora analicemos las implicaciones más profundas del panorama que estamos describiendo. Sean las máquinas propiedad de una minoría o de toda la sociedad, y siempre que finalmente se termine instaurando algún tipo de renta básica universal, parece inevitable que el nuevo sistema termine fundamentándose sobre dos principios esenciales.

    El primero sería el fin de la pobreza tal y como la hemos conocido históricamente. La inmensa productividad generada por la automatización podría dar lugar a una superabundancia material capaz de eliminar gran parte de las necesidades económicas tradicionales. Por primera vez en la historia, la pobreza dejaría de ser una consecuencia inevitable de la escasez y pasaría a depender únicamente de decisiones políticas y sociales.

    El segundo principio sería aún más trascendental si cabe, y es el fin del trabajo asalariado. Y ello supondría una transformación histórica sin precedentes: la liberación definitiva de la humanidad respecto a la necesidad de trabajar para sobrevivir y la conquista de todo nuestro tiempo y esfuerzo para dedicarlos a aquello que realmente deseemos.



    A buen seguro, la mera idea provocará vértigo en muchas personas. ¿A qué nos dedicaríamos a partir de ese momento? ¿Seríamos realmente capaces de vivir toda una vida sin la obligación de trabajar para subsistir? ¿Acabaríamos aburridos o vacíos?

    La situación podría asemejarse a vivir en unas vacaciones permanentes. O mejor aún: en una especie de jubilación anticipada desde el nacimiento. Las posibilidades serían prácticamente infinitas: disfrutar del ocio, socializar cuanto deseemos, practicar deporte, viajar, estudiar simplemente por el placer de adquirir conocimientos, crear, investigar o explorar cualquier ámbito del saber humano.

    Y sí, por supuesto que seguiría existiendo el trabajo. Pero ya no sería obligatorio. Nadie se vería forzado a aceptar determinadas condiciones laborales, horarios o jerarquías simplemente para poder sobrevivir. El trabajo pasaría a convertirse en una actividad voluntaria, realizada únicamente en aquellas condiciones que cada individuo considerase deseables.

    No sólo ganaríamos tiempo libre, sino también una seguridad existencial desconocida hasta ahora: la tranquilidad de saber que, pase lo que pase, tendremos garantizados los recursos necesarios para vivir dignamente durante toda nuestra vida. Desaparecerían el miedo al despido, la angustia ante la pobreza o la incertidumbre permanente sobre el futuro propio o el de nuestros hijos.

    Sin embargo, en unas circunstancias así el principal reto dejaría de ser tecnológico para convertirse en algo mucho más profundo: un desafío psicológico, cultural y filosófico. Sería necesario redefinir el papel del ser humano en el mundo, replantear nuestro propósito vital y aprender a adaptarnos socialmente a una civilización de abundancia producida por máquinas.

    La gran pregunta ya no sería entonces cómo sobrevivir… sino cómo dar sentido a nuestra existencia en un mundo donde sobrevivir haya dejado de ser un problema.


Retos y desafíos


    La película WALL-E (Disney-Pixar, 2008) plantea una crítica satírica y pesimista sobre un futuro completamente dependiente de la automatización y la tecnología. En ella, los seres humanos aparecen obesos, físicamente atrofiados y extremadamente pasivos porque las máquinas realizan absolutamente todo por ellos. Se trata de una humanidad decadente cuyos individuos apenas caminan, no trabajan, casi no interactúan entre sí y viven permanentemente entretenidos y distraídos.

    Sin necesidad de llegar a un extremo semejante, no es descartable que en el futuro surjan problemas que hoy ni siquiera somos capaces de imaginar. Podrían aparecer nuevas formas de desigualdad completamente distintas a las actuales, o quizá una dependencia psicológica excesiva respecto a los robots y las inteligencias artificiales. Pero creo que el mayor desafío al que se enfrentará la humanidad será otro mucho más profundo.

    Es perfectamente posible que la humanidad termine sufriendo una crisis existencial masiva provocada por el vacío y la pérdida de propósito que podría dejar tras de sí el fin del trabajo asalariado. No debemos olvidar que, en nuestra sociedad actual, el trabajo no sólo produce bienes y servicios: también estructura nuestro tiempo, nuestra identidad, nuestro reconocimiento social y buena parte de nuestro propósito vital.

    En mi opinión, la solución a este problema pasará por comenzar a entender la vida humana como un amplio proceso de aprendizaje, desarrollo intelectual y comprensión del universo y de nosotros mismos. Si hasta ahora la mayor parte de nuestra existencia ha estado dedicada a trabajar para producir y sobrevivir, en el futuro los seres humanos podrían dedicar gran parte de su tiempo al conocimiento, la ciencia, el arte, la filosofía o la investigación, con el objetivo último de comprender mejor la realidad y nuestro lugar dentro de ella.

    La consecuencia final de ese cambio podría ser también una nueva forma de desarrollo espiritual, menos vinculada a las antiguas religiones y más relacionada con la búsqueda racional y científica del sentido de nuestra existencia. Una búsqueda que quizá permita dotar de significado a nuestras vidas y superar parte de ese vacío permanente que sufren muchas personas en la sociedad actual, y del que ya hablé en este artículo.

    Por otro lado, conviene recordar que todo lo que la humanidad ha creado a lo largo de la historia (desde la ciencia hasta el arte o la filosofía) ha sido desarrollado mientras la inmensa mayoría de la población dedicaba casi toda su vida a trabajar para sobrevivir, con muy pocas oportunidades reales de desarrollarse intelectualmente. ¿Qué podría llegar a alcanzar la humanidad si dispusiera, por primera vez, de todo el tiempo del mundo para estudiar, crear, investigar y explorar?

    Tal vez entonces comience verdaderamente la gran aventura humana que expliqué en otra ocasión.

    Y en ese momento la sociedad contemplará con asombro el hecho de que durante milenios los seres humanos se vieran obligados a vender la mayor parte de su tiempo y de su vida simplemente para poder sobrevivir. Resultará difícil de creer que millones de personas dedicaran casi toda su existencia a trabajar únicamente para no morir de hambre. Quizás el trabajo asalariado llegue a ser visto algún día con la misma mezcla de asombro, repugnancia y compasión con la que hoy contemplamos prácticas como la esclavitud o el trabajo infantil.

    Y es que, si el fuego permitió el nacimiento de una inteligencia capaz de transformar el mundo, la inteligencia artificial podría permitir por fin que esa misma inteligencia deje de estar esclavizada por la necesidad de sobrevivir.




©JRGA

Comentarios

Entradas populares de este blog

El conflicto palestino-israelí (en 30 puntos)

El cambio climático I: catastrofismo

Hunos y hotros