Hunos y hotros



"Entre los unos y los otros (o mejor, entre los hunos y los hotros) están ensangrentando, desangrando, arruinando, envenenando y entonteciendo a España".

Miguel de Unamuno, 1 de diciembre de 1936.



    El panorama político español es sombrío, y cada vez lo es más. No porque gobierne la izquierda, ni porque en algún momento llegue a gobernar la derecha. No, nada de eso. El panorama político español es sombrío porque los españoles estamos divididos, o mejor dicho: nos han dividido. Y nos han dividido en trincheras irreconciliables.

    Si hace unos años era posible debatir de política con familiares y amigos, aunque ciertamente hubiese cierta pasión y vehemencia en las discusiones, hoy día ni siquiera es posible mencionar de pasada ningún tema político sin que salten chispas de inmediato. La política se ha convertido en un tabú que evitamos mencionar salvo en presencia de quienes nos inspiran suficiente confianza y sepamos a ciencia cierta que hablar de ello no va a generar un problema. 

    Y es que todo el mundo ha asumido que estamos encuadrados con unos o con los otros. O como dijo Unamuno, con “los hunos y los hotros”. Don Miguel ironizaba así a cuenta de esa derecha que pintaba a los revolucionarios de 1936 como una moderna invasión de los hunos, comparando a la recién nacida URSS con el imperio de Atila. Unamuno explicaba que, si bien los “hunos” podían resultar temibles, los “hotros” (la derecha y su represión violenta y criminal durante la guerra civil) no les iban a la zaga.


Comunistas VS fascistas


    Afortunadamente los tiempos actuales no son los de Unamuno. Sí, estamos polarizados, pero no tanto porque los ciudadanos nos identifiquemos con posiciones extremas (como sí sucedía en 1936) como porque situamos a los demás en un extremo u otro del espectro político. Así, toda persona de izquierdas, sin importar si se define como socialista, socialdemócrata, republicano o simplemente de izquierdas sin más etiquetas, es tachada de “comunista”, “perroflauta” o “woke” a ojos de la gente de derechas; y para la gente de izquierdas, toda persona de derechas, sin importar si se considera a sí mismo liberal o conservadora, es de “extrema derecha”, “ultra” o “fascista”. Obviamente, tales términos y categorías se usan con el propósito de asustar a la sociedad (“que vienen los fascistas/comunistas”), lo que a su vez justificaría la exclusión del contrario (“los fascistas/comunistas no deben ser tratados como una opción legítima más, si es posible deben ser ilegalizados”). 

    ¿Que la inmensa mayoría de la sociedad repudia tanto el comunismo como el fascismo? Eso es lo de menos: seguirán siendo comunistas/fascistas incluso aunque ellos mismo no lo sepan. 

    Ese tipo de calificativos se extiende a cualquier propuesta o posición que puedan mantener “hunos” y “hotros”: regular los precios de los alquileres, por ejemplo, es una medida “comunista”, mientras que restringir la inmigración masiva es una propuesta “fascista”. Poco importa que el fascismo y el comunismo tengan poco que ver con ese tipo de medidas, lo importante es descalificar lo suficiente al oponente y llevarlo a un terreno donde quede políticamente anulado.

    Y por supuesto, todo el mundo ha asumido que estar en una trinchera u otra exige comprar el pack completo que le corresponde. Por poner un ejemplo evidente, cualquier persona de izquierdas sabe que es obligado estar en contra de la energía nuclear (tenga o no alguna idea del tema), del mismo modo que todo derechista que se precie ha de apoyar incondicionalmente al régimen israelí, por muchas masacres que pueda cometer. ¡Ay de aquel que se resista a comprar el pack completo, o peor aún, que incorpore a su ideología personal algunos elementos del pack de los “hotros”! Provocará desconcierto e incluso sospecha entre ambos bandos, y es probable que los “hunos” le acusen de estar en realidad con los “hotros”. De hecho, la independencia mental y el pensamiento crítico brillan por su ausencia, y cualquier discusión política se basa en los argumentos propalados por los medios de comunicación, que a su vez provienen de los argumentarios elaborados por los propios partidos políticos. 

    El sectarismo termina aplicándose a prácticamente cualquier ámbito de la sociedad: la libertad de expresión es un valor a defender siempre y cuando sean los nuestros quienes son censurados; sólo los periodistas afines a nosotros dicen la verdad y ejercen honradamente su profesión; y únicamente los magistrados que nos dan la razón son buenos profesionales de la judicatura. De ahí que la corrupción sólo exista de forma generalizada en el bando contrario, y que cualquier acusación de corrupción hacia los “nuestros” no sea más que una maniobra política sin fundamento. Cualquier condena en firme no hará sino constatar el alcance y poder del enemigo a la hora de manejar los resortes del Estado.

    Pero vayamos al fondo de la cuestión: ¿realmente tiene algún sentido la dicotomía fascismo/comunismo en la España de hoy? Lo cierto es que, a lo largo de las décadas, la izquierda se ha ido derechizando cada vez más, hasta el punto de que prácticamente ningún partido de cierta importancia se reclama marxista, y el único que lo hace (el PCE) ya sólo concurre a las elecciones con otras organizaciones que tienen bastante poco de marxistas, como Podemos o Sumar. 

    También la derecha se ha ido centrando paulatinamente con el paso de los años, hasta el punto de que la extrema derecha que conocimos en las décadas de 1970-1990 ya ni siquiera existe. Sí, es cierto que hoy se nos alerta más que nunca del peligro que representa el fascismo, pero ¿dónde quedan aquellas celebraciones masivas del 20-N (aniversario de la muerte de Franco y de José Antonio Primo de Rivera) que veíamos en los años 80? ¿Qué fue de aquellas bandas de neonazis violentos que campaban a sus anchas por las calles a principios y mediados de los 90, propinando palizas a todo aquel con el que se cruzaban e incluso asesinando a varias personas al año?

    Más allá de lo que se nos vende desde la clase política, hoy todos los partidos aceptan sin problemas la democracia parlamentaria, el Estado de derecho, la economía de mercado, la participación electoral y la sumisión a organismos internacionales o marcos económicos supranacionales. Ya no existen partidos fascistas que deseen instaurar un Estado corporativo o una dictadura de partido único, ni organizaciones comunistas que aspiren a una revolución obrera o a implantar una economía de planificación socialista. Sí, sigue habiendo una minoría de comunistas en las opciones más escoradas a la izquierda (Podemos, Sumar), como también en VOX hay una minoría de franquistas, pero por muchos guiños discursivos que reciban esas minorías por parte de los dirigentes de dichos partidos con el fin de conservar su apoyo, la realidad es que los gobiernos de coalición PSOE-Podemos y PSOE-Sumar han estado muy lejos de tomar medida alguna que pudiera calificarse de “comunista”, y VOX no ha pasado de ser un partido meramente conservador en los municipios y comunidades autónomas donde ha tenido responsabilidades de gobierno. 

    Es más, la prueba de la escasa distancia que existe entre fuerzas políticas supuestamente contrarias reside en que apenas se aprecian diferencias entre la gestión de “hunos” y “hotros” en las distintas comunidades autónomas donde gobiernan o han gobernado. Por ejemplo, si bien es evidente el deterioro de la sanidad pública en la Comunidad de Madrid en los últimos años, no parece que esté mucho mejor en las comunidades en las que gobierna (o ha gobernado hasta hace poco) la izquierda. Lo mismo puede decirse respecto a cualquier otra área de gestión.

    Debemos, pues, tranquilizar a la ciudadanía: no, en ningún caso habrá un régimen comunista en España, por mucho que Podemos o Sumar llegasen a gobernar en solitario; como tampoco Vox se dedicaría a construir campos de concentración para encerrar a sus oponentes, en el improbable caso de que algún día lograse una mayoría parlamentaria. Todo indica que las diferencias entre ambos gobiernos se limitarían al terreno cultural y poco más, sin que se notase demasiada diferencia en la gestión económica y social. 

    Los partidos políticos (y los medios de comunicación a su servicio) han hecho un buen trabajo a la hora de inocular en la mente del personal una visión del mundo alejada de la realidad. Los hechos han dejado de importarnos: lo que nos preocupa no es el qué, sino el quién, y no tanto por lo que haga como por lo que diga. Así, basta con que un partido afirme que “defiende” un determinado valor o propuesta para que sus votantes lo asuman sin más, sin pararse a pensar si tal defensa se refleja en la práctica. Ahora impera únicamente el discurso, el relato, la simple propaganda. La ideología política, en su forma actual, funciona más como identidad que como análisis racional. El individuo no se adhiere tanto a un conjunto coherente de ideas como a una comunidad emocional.

    En el fondo, esta diferencia entre la realidad y la percepción que la ciudadanía tiene de ella representa una profunda disonancia cognitiva colectiva, que nuestra mente resuelve como puede. Aceptar que las diferencias políticas son más teatrales que sustanciales genera angustia y sensación de impotencia, y para evitarlo se opta por la simplificación moral: “los míos son los buenos, los hotros son fascistas/comunistas”.


El origen


    En cuanto a la causa de dicha polarización, no es en absoluto espontánea ni inocente: ha sido generada desde las propias élites políticas para su conveniencia. La deslegitimación del contrario siempre es útil para afianzar los votos e incluso obtener algunos nuevos, y es una estrategia que no han dudado en utilizar hunos y hotros… aunque todos nieguen haberla usado y afirmen que es únicamente el contrario quien recurre a ella. Los discursos de odio, ya se sabe, siempre salen de nuestros oponentes, nunca de nosotros.

    Una de las pocas ocasiones en que dicha estrategia se manifestó públicamente fue cuando José Luis Rodríguez Zapatero fue cazado en 2008 con el micrófono abierto, una vez finalizada la entrevista que realizó con Iñaki Gabilondo en Cuatro, afirmando que “nos conviene que haya tensión”.



    Zapatero sólo hizo explícito algo que toda la clase política practicaba ya (consciente o inconscientemente) desde años antes. Es probable que el inicio del proceso se remonte a la guerra de Irak de 2003, cuando el gobierno de Aznar no dudó en posicionarse a favor de una intervención militar injusta e ilegal con argumentos falaces (que el gobierno de Saddam Hussein disponía de armas de destrucción masiva, y que por ello EE UU y sus aliados estaban legitimados para derrocarlo invadiendo militarmente el país), y con la mayoría de la ciudadanía en contra. Lo cual fue aprovechado, a su vez, por los partidos de izquierdas para capitalizar políticamente dicha oposición ciudadana y deslegitimar al gobierno, sin dignarse siquiera a condenar los numerosos actos de violencia que se produjeron contra las sedes del PP en toda España durante las manifestaciones convocadas contra Aznar. Luego vendría el atentado del 11 de marzo de 2004, tras el cual hunos y hotros no dudaron en deslegitimar al contrario cuanto fuese necesario con el fin de intentar ganar las elecciones que se celebraban tres días después. Desde entonces, ser votante del PP implicaba apoyar a un partido mentiroso y criminal, y ser de izquierdas equivalía a respaldar a un gobierno (el de Zapatero) que había llegado al poder de forma ilegítima, apoyándose en un atentado terrorista. 

    La polarización no dejó de aumentar con el paso del tiempo, sin que a la clase política le importasen lo más mínimo sus efectos colaterales: la crispación, el enfrentamiento ciudadano y la discordia general.

    Debo dejar claro que con esta exposición no pretendo reivindicar ningún “centro” político. Al contrario, siempre me he identificado ideológicamente con la izquierda marxista, es decir, con la izquierda clásica: aquella que tuvo como horizonte la superación del capitalismo y su sustitución por un sistema socialista en el que queden atrás las desigualdades políticas, económicas y sociales que aún hoy siguen siendo la fuente primordial de la mayor parte de nuestros problemas. Precisamente porque me identifico con esa izquierda es por lo que no puedo simpatizar en absoluto con la pseudoizquierda actual, que abandonó hace tiempo el norte del socialismo para abrazar (aunque sea de forma implícita) la ideología liberal y la economía de mercado, y que relegó a un segundo plano la defensa de la clase trabajadora (esto es, de la mayoría de la sociedad) para priorizar la representación de minorías de todo tipo y color, en ocasiones con políticas absolutamente delirantes. Por otro lado, nunca he tenido reparo alguno en reconocer los aciertos y virtudes que pudiera haber en sectores ideológicos diferentes al mío, y siempre he escuchado otros argumentos e ideas con sumo interés. Es algo que, por desgracia, la gente está cada vez menos dispuesta a hacer. 

    Y ni que decir tiene que mi posición crítica con la izquierda me convierte, a ojos de los hunos, en parte de los hotros: en alguien de derechas y, por tanto, fascista




©JRGA

Comentarios

  1. De acuerdo con todo lo que explicas excepto con una parte. No creo que el PSOE se haya ido derechizando en términos absolutos, creo que se ha ido adaptando para sobrevivir.
    Para sobrevivir ha aceptado el marco de socialdemocracia y conomía de mercado, claramente incompatibles con el marxismo clásico, y a este marco ha traído políticas redistributivas en lo económico y políticas woke en lo sociocultural. De tal modo que se ha ido izquierdizando (en términos de izquierda moderna) en lo “cultural” abrazando políticas identitarias para anular la escalada de los partidos “a su izquierda” y distinguirse de una derecha conservadora con políticas en términos generales prácticamente idénticas a las suyas, pero también se ha ido izquierdizando en lo económico, por ejemplo, las privatizaciones de la época de Felipe González me parecen impensables en el PSOE actual, así como la defensa de las políticas redistributivas es mayor en la actualidad que en el PSOE de hace décadas.
    De todas formas (y aquí hablo de todos los partidos políticos españoles) como políticos que son, su oficio es la supervivencia y no creo que merezcan un análisis desde un punto de vista de filosofía política. Quiero decir que realizarán sus "estudios de mercado", identificarán a su público objetivo, y desarrollarán medidas y políticas que venderán a ese público a cambio de votos, en ese proceso pondrán a trabajar a toda la maquinaria mediática e institucional de la que puedan disponer (legislación, narrativas, etc). Las ideas o filosofías políticas detrás de dichas medidas no les importan lo más mínimo, lo que hoy es sagrado y constitucional, mañana es fascismo y genera confrontación, lo que hoy es obrero, mañana es casta, y lo que hoy es ilegal, mañana es relativo.

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    Respuestas
    1. ¡Hola, Alberto! Muchas gracias por el comentario.

      La verdad, me gustaría que tuvieses razón respecto al PSOE actual, pero me temo que sigue siendo tan liberal como el de la era González. Por ejemplo, el gobierno de Pedro Sánchez ha impulsado la privatización de las torres de control de siete grandes aeropuertos españoles y ha liberalizado el sector ferroviario para permitir la entrada de empresas privadas en él, al tiempo que los diferentes gobiernos autonómicos del PSOE han aumentado el gasto destinado a la sanidad privadas a través de los diferentes conciertos sanitarios.

      Sí, tienes razón en que el actual gobierno no ha llevado a cabo las privatizaciones masivas que llevó a cabo González en los años 80 y 90. Pero tampoco el gobierno de Rajoy llevó a cabo las privatizaciones que hizo Aznar. La razón es sencilla: apenas queda ya nada que privatizar, porque la inmensa mayoría de las empresas públicas se privatizaron en los años 80-90.

      En cuanto a las políticas redistributivas, dudo que el discurso actual del PSOE sea más favorable a ellas que en época de González. Te en cuenta que por entonces se creó la sanidad pública, universal y gratuita que hemos disfrutado hasta hoy; aumentó la escolarización obligatoria hasta los 16 años; y nació el sistema de pensiones tal y como lo conocemos, con la mayor cobertura de la historia. Fueron todas ellas medidas de alto calado redistributivo, y no por casualidad la brecha entre ricos y pobres disminuyó sustancialmente por entonces.

      Por lo que respecta al gobierno de Sánchez, ninguna de sus políticas puede compararse lo más mínimo a aquellos hitos. Sí, Sánchez subió el SMI (una subida modesta en comparación con la llevada a cabo en otros países europeos) y sobre todo aprobó el Ingreso Mínimo Vital, pero ni por esas han conseguido evitar que la clase trabajadora española haya sufrido la mayor pérdida de poder adquisitivo de las últimas cuatro décadas, o que la brecha entre ricos y pobres sea hoy mayor que en época del gobierno de Rajoy.

      Estoy de acuerdo contigo en que la política es hoy un fin en sí misma, un medio para medrar y obtener poder y riqueza en el que la ideología queda en un segundo plano. Es más, ni siquiera creo que la inmensa mayoría de ellos se tomen muy en serio sus planteamientos políticos. No obstante, lo cierto es que todos militan en un partido determinado con un discurso y una ideología oficiales, lo cual les exige posicionarse políticamente de una forma determinada e identificar a unos enemigos concretos. Así, el político del PSOE se ve obligado siempre a identificarse con la “izquierda” (aunque su pensamiento sea liberal y todo su modo de vida sea indistinguible en la práctica de la de cualquier político de derechas), y por tanto debe calificar a sus adversarios de “fascistas”. Lo mismo sucede con quien milita en el PP o en VOX: para poder deslegitimar a sus adversarios ha de calificarlos de “comunistas”.

      En resumidas cuentas, no digo que esta estrategia de polarización obedezca a ninguna radicalización ideológica sincera, ni mucho menos; es más bien un mero recurso de marketing político que pretende aprovechar los más bajos instintos políticos del personal para rentabilizarlos en términos de votos. Porque el poder y la riqueza de la élite política depende precisamente de la cantidad de votos que sean capaces de ganar.

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