El cambio climático V: alternativas


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    En la antigua mentalidad griega, el ser humano debía respetar su condición mortal y no intentar colocarse al nivel de los dioses. Cuando alguien traspasaba ese límite (ya fuera por soberbia, ambición o deseo de poder) cometía hybris, esto es, orgullo excesivo o arrogancia. Se trataba de una transgresión contra el orden del cosmos, una ruptura del equilibrio natural, y por ello los griegos creían también en una fuerza que castigaba la hybris: la némesis. Antes o después, los dioses restablecían el equilibrio, de modo que ninguna hybris quedaba sin su némesis, su castigo. Así, Ícaro murió ahogado al volar demasiado cerca del sol, y Faetón pagó con su vida su arrogancia al pretender conducir el carro solar sin poseer conocimiento suficiente.

    También encontramos claros ejemplos de hybris-némesis en la mitología judeocristiana, como la expulsión de Adán y Eva del jardín del Edén tras comer el fruto prohibido del árbol de la ciencia del bien y del mal, o la confusión de lenguas provocada por la pretensión de alcanzar el cielo con la torre de Babel. 

    Curiosamente, en la historia antropológica hay un patrón que se repite una y otra vez: frente a fuerzas naturales incomprensibles e incontrolables, las sociedades tienden a interpretarlas como castigos divinos (némesis) por el exceso o la soberbia humana (hybris). Y para aplacar esa cólera se ofrece lo más valioso que se posee: la vida. Los ejemplos son múltiples, pero el más paradigmático es el de Mesoamérica, donde el sacrificio ritual formaba parte del día a día religioso y político; dado que en el pasado el dios del Sol había destruido a la humanidad en varias ocasiones, los hombres debían saciar periódicamente su sed de sangre para evitar catástrofes futuras. En los Andes, los incas no practicaban sacrificios masivos, pero sí llegaron a entregar niñas de la realeza en lo alto de los nevados durante épocas de sequía. Incluso en Roma, en circunstancias extremas como la amenaza de Aníbal, se recurrió a sacrificios humanos. Esta lógica sobrevivió en el cristianismo bajo formas atenuadas: penitencias, flagelaciones y todo tipo de mortificaciones que convertían el dolor en ofrenda expiatoria.

    China no fue una excepción a esa dinámica.


La historia de Li Bing


    A escasos kilómetros al norte de la actual Chengdu, en la provincia de Sichuan, se alzan todavía las antiguas obras de Dujiangyan. Se trata de un sistema hidráulico más antiguo (y en muchos aspectos más decisivo) que la propia Gran Muralla, y que hoy forma parte del Patrimonio de la Humanidad. Su construcción marcó un antes y un después en la historia china por una sencilla razón: China fue desde siempre una civilización fluvial, cuya cohesión política y prosperidad económica dependieron de la capacidad de dominar las aguas. Los ríos ofrecían abundancia en forma de cosechas y productividad agraria, pero al mismo tiempo encerraban una amenaza permanente de inundaciones y catástrofes. Quien vivía cerca del río tenía asegurada la riqueza, pero también vivía bajo la constante espada de Damocles que suponían las crecidas. En el caso del río Min, sus imprevisibles desbordamientos dieron origen a un ritual siniestro: se elegía a niñas para ser “casadas” con el dios del río, lo que significaba arrojarlas vivas a sus aguas hasta que se ahogaban. El procedimiento estaba dirigido por las autoridades locales y por una chamana que legitimaba el sacrificio en nombre de la divinidad.

    En ese contexto, a mediados del siglo III a.C. el emperador Zhaoxiang de Qin envió a la región a un alto funcionario llamado Li Bing, con la misión de dominar las violentas crecidas del río Min. A su llegada no sólo se topó con el ritual, sino que descubrió que detrás de él había un negocio de extorsión: la chamana y las élites locales habían montado un sistema de sobornos mediante el cual las familias podían librar a sus hijas del “sorteo”, y el miedo a perderlas se había transformado en fuente de riqueza para unos pocos.

    La respuesta de Li Bing fue inmediata: prohibió los sacrificios, castigó a los responsables, desmanteló la trama corrupta y, lo más importante, resolvió el problema de fondo al diseñar unas obras hidráulicas que permitieron controlar el río. Su legado no es sólo el de un ingeniero visionario, sino también el de quien supo acabar con una práctica bárbara. Por eso el nombre de Li Bing quedó grabado en la historia no sólo por las obras de ingeniería que ideó y ejecutó, sino también porque logró erradicar de China una costumbre cruel y ancestral como eran los sacrificios humanos.


Curiosos paralelismos


    Esta historia, fascinante ya de por sí, adquiere aún más interés cuando se observan los paralelismos con el debate actual sobre el calentamiento global. Buena parte del discurso climático, tal como llega a la sociedad a través de activistas, políticos o periodistas, responde a la misma lógica de las antiguas culturas y reproduce una estructura idéntica: primero se asume que el ser humano ha pecado de arrogancia al explotar sin límites la naturaleza (hybris), después surge el temor de que el planeta nos castigue con catástrofes y desastres (némesis), y finalmente se concluye que sólo a través de sacrificios (renunciar al consumo, al desarrollo, a la carne, a los viajes, a formas básicas de bienestar….) podremos salvarnos. Incluso las formas de activismo más teatrales, como arrojar pintura a una obra pictórica en un museo, siguen esta lógica del sacrificio: destruir algo valioso como supuesta condición para evitar la catástrofe. 

    Pero existe un segundo paralelismo igual de inquietante. El miedo siempre ha sido un negocio formidable, y el miedo al apocalipsis es el más rentable de todos. La “crisis climática” se ha convertido en una fuente de oportunidades (suele decirse que “crisis significa oportunidad”), y en torno a ella florecen proyectos, estructuras de poder y negocios que prosperan a costa de los sacrificios que se piden a la población. Con independencia de que la amenaza sea real o no (al fin y al cabo el río Min se desbordaba de verdad), por doquier surgen empresas que convierten el miedo en beneficio.

    Frente a este problema, y como en la historia de Li Bing, tenemos tres posibles soluciones. La primera sería continuar con los sacrificios: renunciar a los combustibles fósiles y a nuestro bienestar, aunque ello suponga el colapso de nuestra civilización y la condena a la pobreza (e incluso a la muerte) de cientos o miles de millones de personas; la segunda sería resignarse a la catástrofe, esto es, asumir que nada puede hacerse; y la tercera es la que eligió Li Bing: actuar con inteligencia y sentido común. En vez de resignarse o sacrificarse, decidió idear soluciones capaces de contener el problema sin necesidad de realizar más inmolaciones. 


El fin de las actuales políticas climáticas


    En los artículos anteriores he explicado que, aunque la realidad es tozuda al mostrarnos que las predicciones catastrofistas sobre el calentamiento global han fallado una y otra vez, y que los modelos climáticos han sobrestimado de forma sistemática el calentamiento observado, el cambio climático existe y es real. Y por mucho que de momento esté siendo suave e incluso beneficioso en ciertos aspectos, desconocemos sus efectos futuros, por lo que deberíamos tomar precauciones para adaptarnos al porvenir

    Ahora bien, es urgente abandonar una vez las actuales políticas climáticas, que han fracasado desde el momento en que no están consiguiendo reducir unas emisiones de CO2 que cada año son mayores. A día de hoy no existen alternativas reales para sustituir los combustibles fósiles sin recurrir al decrecimiento, lo cual conduce inevitablemente a la pobreza y la muerte. Por si fuera poco, mientras la mayoría de la sociedad sufre los severos costes sociales y económicos de tales políticas, los sectores más privilegiados se enriquecen aún más gracias a ellas; y todo aquel que osa cuestionar algún aspecto de todo lo anterior es acusado rápidamente de “negacionismo”, en un extraño consenso que une a izquierda, derecha, capital, grandes empresas e instituciones públicas y privadas. El principal obstáculo para pensar alternativas es la prohibición de facto de cualquier debate público sobre el asunto; no se nos permite plantear otra estrategia distinta a la que se impone desde el poder.

    Sin embargo, necesitamos llevar a cabo un análisis coste-beneficio de las políticas a aplicar. Y debemos hacerlo de forma científica y democrática, esto es, mediante un debate público amplio en el que participen no sólo climatólogos de la línea oficial, sino también economistas, paleoclimatólogos y expertos de distintas disciplinas.


La clave: adaptación


    ¿Qué alternativa existe a las actuales políticas climáticas? En mi opinión, sería más razonable pensar en la adaptación a los efectos del cambio climático que en intentar revertirlo. Siempre es más sencillo adaptarnos al clima que pretender cambiarlo: no parece lógico intentar frenar a toda costa un proceso que no controlamos, en vez de adaptarnos a él de la mejor manera posible. Y la historia demuestra que el ser humano es un animal de adaptación: si hemos sido capaces de acostumbrarnos sin mayores problemas a un aumento de 1,1 ºC y 25 cm en el nivel del mar con una capacidad tecnológica mucho menor, ¿por qué no habríamos de hacerlo ante 1,6 ºC y 45 cm en los próximos 80 años? 

    Esa adaptación sólo será viable si potenciamos el desarrollo económico y tecnológico, que ha sido siempre nuestra mejor defensa frente a un clima cambiante. Lo razonable no es condenarnos al empobrecimiento, sino al contrario: invertir decididamente en tecnologías que aseguren nuestra prosperidad y nuestra capacidad de adaptación. Y si queremos seguir siendo prósperos, debemos seguir creciendo, aunque eso implique, al menos por ahora, aumentar nuestras emisiones.

    A lo largo de la historia, todos los catastrofistas han fracasado porque subestimaron la capacidad humana de resolver problemas mediante la ciencia y la técnica. Por ejemplo, Holanda lleva siglos bajo el nivel del mar y ha sabido convivir con ello gracias a la tecnología. Del mismo modo, nuestros sistemas de refrigeración y climatización han avanzado hasta hacer perfectamente tolerables condiciones que habrían sido insoportables en el pasado. El ejemplo del desarrollo exprés de las vacunas durante la crisis del COVID-19 nos demostró que nuevas necesidades traen siempre nuevas soluciones.

    No hay razón para pensar que no podremos adaptarnos a un mundo ligeramente más cálido, sobre todo teniendo en cuenta que ya habitamos en todos los climas del planeta. Tampoco tiene sentido que toda una civilización siga sacrificándose económica y socialmente con el fin de intentar cambiar el clima (y menos cuando no lo está consiguiendo), renunciando a recursos y fuentes de energía barata que podrían aprovecharse. Lo inteligente sería, más bien, utilizar esos recursos para invertirlos en infraestructuras y tecnologías que nos permitan adaptarnos a los efectos del cambio climático


I+D y una nueva política energética


    Conviene recordar también cómo todos los vaticinios sobre el inminente agotamiento del petróleo llevan fallando décadas. El famoso peak oil siempre parece inminente, pero lo cierto es que el precio real del crudo hoy es poco más de la mitad del registrado a finales de los setenta o durante el período 2007-2013. La explicación es clara: la tecnología avanza y permite hallar nuevos yacimientos o extraerlos de manera más eficiente y barata. Los países de la OPEP ni siquiera producen todo lo que podrían, prefiriendo mantener los precios en un rango que asegure su rentabilidad sin estrangular la demanda. Además, desconocemos la cantidad total de petróleo existente en el planeta; a grandes profundidades aún no exploradas o bajo los océanos podrían existir reservas inmensas. Es prácticamente seguro que hay petróleo suficiente para siglos, y probablemente dispondremos de la fusión nuclear antes de que la escasez de crudo se convierta en un problema serio.

    Esto no significa que debamos abandonar los esfuerzos por sustituir los combustibles fósiles, pero si realmente el cambio climático puede llegar a convertirse en un problema importante (hasta hoy no lo ha sido de forma significativa, como he señalado en los artículos anteriores), la solución no debería pasar por prohibiciones arbitrarias de ciertas actividades, ni por subvenciones masivas a tecnologías caras e ineficientes, ni por impuestos verdes que encarezcan la vida de todos. La salida razonable está en la investigación y el desarrollo de nuevas tecnologías que permitan seguir realizando nuestras actividades sin emitir gases de efecto invernadero, a igual o menor coste que los sistemas actuales. Sólo mediante un esfuerzo decidido por parte de los Estados y las empresas en favor de la innovación será posible una descarbonización real, porque es harto improbable que podamos lograrlo en apenas tres décadas con las herramientas actuales.

    Por otro lado, también sería sensato apostar con decisión por la energía nuclear, tanto en su modalidad actual de fisión como en la investigación a largo plazo de la fusión nuclear. 

    Resulta, además, especialmente llamativo el desprecio hacia otras fuentes energéticas prometedoras como la geotermia profunda, capaz de suministrar durante millones de años toda la energía que nuestra civilización pueda necesitar, para lo cual bastaría con aprovechar apenas el 0,1% del calor almacenado en el manto terrestre. Se prevé que esta tecnología pueda comenzar a desplegarse a partir de 2028 y, si funciona, transformará radicalmente la sociedad. No faltará, por supuesto, la oposición del movimiento ecologista, con el argumento de que la utilización de la geotermia contribuirá al calentamiento global (lo cual probablemente sea cierto), alegando que “daña a la madre tierra” o atribuyendo cualquier terremoto o anomalía sísmica a su uso. Pero la realidad es que, si queremos reemplazar algún día unos combustibles fósiles que inevitablemente acabarán mostrando límites, hasta ahora las “renovables” no han logrado ese objetivo pese a la cantidad astronómica de dinero que se les ha destinado. La geotermia, y a más largo plazo la fusión nuclear, son auténticas alternativas; los molinos de viento y los paneles solares, por mucho que se insista, no bastan.

    Por todo ello, una política energética sensata debería consistir en 

    a) potenciar al máximo la energía nuclear, construyendo el mayor número posible de centrales e invirtiendo intensamente en investigación y desarrollo de la fusión; 

    b) priorizar el uso del gas frente al petróleo, reservando este último para industrias donde es insustituible (como la producción de plásticos); 

    c) aprovechar todas las fuentes de energía barata y rentable, incluido el carbón, sin cerrar minas ni desperdiciar recursos por prejuicios ideológicos; 

    d) desarrollar otras fuentes energéticas aún sin explotar, como la geotermia profunda.

    Sólo así podremos dejar de depender de los combustibles fósiles sin renunciar al crecimiento económico, lo que nos permitirá encontrar los recursos científicos y tecnológicos necesarios para adaptarnos en el futuro a cualquier cambio climático.




©JRGA

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