El cambio climático III: pasado, presente y futuro
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El cambio climático I: catastrofismo
El cambio climático II: lo que (no) sabemos.
La expresión “cambio climático” no deja de ser un pleonasmo, por cuanto el clima, por definición, es siempre cambiante. Nuestro planeta alterna diversos ciclos de calentamiento y de enfriamiento, en forma de glaciaciones y períodos interglaciares, y gran parte de lo que sabemos sobre ello no proviene de un climatólogo sino de un ingeniero serbio, Milutin Milanković, que estudió cómo las variaciones orbitales de nuestro planeta alrededor del Sol afectan al clima terrestre, determinando así la alternancia de períodos glaciares e interglaciares.
En el presente nos encontramos en un período interglaciar posterior al fin de la última glaciación hace 12.000 años y previo a la siguiente, que se estima para dentro de varios miles de años. Dicho de otro modo: la Tierra lleva milenios calentándose.
Cambios a menor escala en el pasado
A escalas más reducidas también se producen ciclos climáticos menores, cuyas causas desconocemos en buena medida. Éstos han influido notablemente en el auge y la caída de las distintas civilizaciones humanas, y son los siguientes.
- Óptimo climático minoico (1500 a.C. – 1200 a.C.): con temperaturas comparables o ligeramente superiores a las actuales en algunas zonas, favoreció el auge de civilizaciones como la micénica o la minoica.
- Pequeña edad de hielo de la Edad del Hierro (1200 a.C. - 800 a.C.): descenso térmico y aumento de lluvias, lo que llevó a la crisis en el Mediterráneo oriental y al colapso de varias culturas de la Edad del Bronce Final.
- Óptimo climático de la Edad del Hierro (800 a.C. - 400 a.C.): con condiciones templadas y relativamente estables, lo que favoreció el auge de las culturas celtas en Europa central.
- Enfriamiento subatlántico temprano (400 a.C. - 250 a.C.): asociado a la crisis de la Grecia clásica y al declive de algunas culturas celtas.
- Óptimo climático romano (250 a.C. - 400 d.C.): con temperaturas suaves en la mayor parte de Europa, lo que implicó la expansión agrícola en zonas altas y nórdicas y facilitó el apogeo del imperio romano.
- Enfriamiento de la antigüedad tardía (400 - 800): caída abrupta de las temperaturas que contribuyó a la caída del imperio romano.
- Óptimo climático medieval (800 - 1300): temperaturas más altas en el Atlántico Norte; viñedos en Inglaterra; expansión agrícola en Escandinavia y colonización vikinga de Groenlandia.
- Pequeña edad de hielo (1300 - 1830): etapa de inestabilidad climática y enfriamiento progresivo.
Finalmente, a partir de 1830 y hasta aproximadamente 1900, se produce un lento aumento de las temperaturas, previo a la fase de incremento acelerado que estamos experimentando durante el siglo XX y XXI.
Las consecuencia del cambio climático en el presente
En la actualidad estamos viviendo un calentamiento relativamente suave: el aumento de la temperatura ha sido de aproximadamente un grado centígrado desde 1880. Tanto es así que sólo comenzamos a percibirlo aproximadamente un siglo después de su inicio. Es más: como ya se indicó en el primer artículo de esta serie, durante la década de 1970 parte de la comunidad científica auguraba un inminente enfriamiento del clima mundial. Fue sólo a partir de la década de 1980 cuando se empezó a discutir seriamente la posibilidad de que nos encontrásemos ante un calentamiento global, y hubo que esperar hasta 1988 para que se fundase el Panel Intergubernamental del Cambio Climático de las Naciones Unidas (IPCC).
Y es cierto que basta ese ligero aumento de la temperatura para afectar al clima de diversas regiones de la Tierra, e incluso al planeta mismo. Pero lo cierto es que a día de hoy (2025) nuestro mundo no parece haber sufrido grandes ni graves cambios en ningún sentido. Por ejemplo, ninguna región ha pasado de 42º de temperatura media a 50º, ni de -30º a -10º. En todo caso, la cuestión radica en saber si el resultado neto de tales consecuencias es positivo o negativo.
Así pues, ¿cuáles han sido las consecuencias? Veámoslo.
En contra de la idea que se transmite, el calentamiento se está produciendo más en invierno que en verano, lo que significa menos frío extremo y algo más de calor extremo. El IPCC señala un incremento de olas de calor y de temperaturas extremas, pero también admite que el frío extremo es cada vez menos frecuente e intenso: "Es virtualmente seguro que los extremos fríos (incluyendo olas de frío) son menos y menos intensos, habiendo alta confianza en que el cambio climático antrópico es la causa principal", dice el IPCC en el resumen ejecutivo (página 8) de su último informe (AR6). Por ello, uno de los grandes efectos positivos del calentamiento global es la reducción de la mortalidad asociada al frío, que supera con creces el aumento de muertes vinculadas al calor. O, dicho de otro modo, hasta ahora el calentamiento global ha salvado más vidas de las que ha costado. Concretamente, desde hace décadas se están reduciendo los fallecimientos a nivel global por temperaturas no óptimas en cantidad aproximada de 150.000 personas cada año. En España se han reducido las muertes por frío desde el 7,2% en el período 1979-1988 al 3,1% entre 2009-2018, al igual que los fallecimientos por calor desde el 1,7% al 1,1% entre los mismos períodos.
Se ha dicho que basta el pequeño incremento en la temperatura que estamos sufriendo para poner en riesgo al planeta, pero no es cierto. Hace 50 millones de años, por ejemplo, la temperatura global era hasta 14 grados superior a la actual, y, sin embargo, la vida florecía con abundancia. En épocas de CO2 mucho más elevado (incluso 1.000–1.500 ppm, frente a las 420 actuales), la vida vegetal y animal se desarrollaba con normalidad.
También se nos alerta de la extinción masiva de cientos de miles de especies, sin tener en cuenta que se estima que en el mundo hay más de ocho millones de especies, de las que apenas conocemos dos. Es cierto que el calentamiento global está afectando a la biodiversidad, pero muchas especies están ganando con el calentamiento, y la desaparición de un número limitado de ellas no implica un perjuicio directo al ser humano ni al planeta en su conjunto, por mucho que sí debamos proteger a aquellas que cumplen funciones críticas en los ecosistemas, como los polinizadores (abejas, por ejemplo).
Por otro lado, resulta difícil que el calentamiento global esté dañando al planeta cuando uno de sus efectos directos es el aumento de la vegetación mundial, constatado incluso por la NASA: el planeta se está reverdeciendo gracias al incremento de CO2 atmosférico, que actúa como fertilizante natural. Y cualquier agricultor sabe que el frío perjudica más a las cosechas que el calor: a nivel agrícola, la producción de alimentos no deja de crecer, tanto en volumen total como en rendimiento por hectárea, gracias a una combinación de temperaturas más suaves, más CO2 y, sobre todo, avances tecnológicos (como los transgénicos).
Tampoco es cierto que el ritmo del calentamiento esté siendo demasiado acelerado. A lo largo de su historia geológica la Tierra ha atravesado cambios climáticos mucho más abruptos y extremos. Así, hace 14.500 años, las temperaturas del hemisferio norte aumentaron 4 o 5 grados en apenas unas décadas. Por el contrario, en el año 536 (considerado por los historiadores como “el peor año para estar vivo”) se produjo el enfriamiento más acusado de los últimos 2.000 años, probablemente debido a una gran erupción volcánica: el Sol se oscureció durante un año y medio, las temperaturas cayeron entre 2 y 6 grados y las hambrunas se extendieron por Europa, Oriente Medio y China, coincidiendo con la peste de Justiniano que diezmó al imperio bizantino.
En cuanto al supuesto e inminente derretimiento de los polos, la realidad es que la Antártida gana más hielo del que pierde. El Ártico, en cambio, sí ha perdido hielo, pero no de forma lineal ni catastrófica, teniendo en cuenta, además, que el Ártico nunca ha estado libre de oscilaciones: hay registros históricos que muestran fases con aguas abiertas al norte de Groenlandia en épocas previas al actual calentamiento. Es cierto que el mínimo estival de hielo ártico ha disminuido desde 1979, pero desde 2012 la tendencia es bastante estable, e incluso con años de recuperación parcial. Es evidente, por tanto, que la famosa predicción de que “el Ártico quedará libre de hielo en 2013” (realizada por Al Gore y otros científicos mediáticos) ha fallado estrepitosamente.
Esa relativa buena salud de los polos explica que el nivel del mar haya subido apenas 20 centímetros en un siglo, una cifra insuficiente para hacer desaparecer islas o regiones costeras, como se ha venido anunciando hasta ahora.
Cambio climático, desastres naturales y “emergencia climática”
¿Y qué hay de los desastres naturales? Lo cierto es que, a pesar de los pronósticos catastrofistas, el IPCC no detecta en absoluto un aumento en el número de huracanes o de inundaciones en el Mediterráneo. Tampoco detecta un aumento en la frecuencia global de sequías, aunque sí es cierto que han aumentado en algunas zonas del mundo y es posible (no seguro) que haya un incremento en el futuro. Pero no parece demasiado preocupante si tenemos en cuenta que, en las últimas décadas y gracias al desarrollo económico y las mejoras tecnológicas, la mortandad producida por las sequías se ha desplomado, mientras que los daños económicos (medidos en porcentaje del PIB) no han parado de disminuir.
A ello se suma la constatación de que la mortalidad por desastres naturales ha caído en picado en el último siglo, a pesar de que la población mundial se ha triplicado. Con independencia de que los desastres naturales hayan podido aumentar o no, el ser humano se adapta cada vez más y mejor a ellos. Según Our World in Data (Universidad de Oxford), entre 1970 y 2019 las víctimas mortales se redujeron a una tercera parte, pasando de más de 50.000 al año a menos de 20.000. Hoy mueren unas 40 personas al día por fenómenos extremos, frente a las 170 diarias de los años setenta. Algo similar ocurre con los daños económicos: aunque hayan aumentado en términos absolutos, en proporción al PIB mundial son cada vez menores. Todo ello demuestra que el desarrollo económico y tecnológico no sólo es la causa última de las emisiones, sino también la mejor defensa frente al clima.
Por otro lado, si el pasado nos enseña algo es que los períodos fríos han sido mucho más duros para la humanidad que los cálidos. Como vimos al inicio de este artículo, la historia demuestra que las sociedades prosperan en fases templadas y retroceden en las épocas de enfriamiento. Hoy, tras 150 años de un calentamiento suave de alrededor de un grado, los datos son claros: la esperanza de vida global ha aumentado, la pobreza extrema ha caído, la mortalidad infantil se ha desplomado y la humanidad nunca ha vivido mejor. Desde que la temperatura global comenzó a subir, ni un solo parámetro humano ha empeorado; más bien al contrario: nunca ha mejorado más la vida del ser humano que en las últimas cinco décadas. Por comparar, la crisis del COVID-19 se llevó por delante toda una década de progreso humano, lo que nos lleva a pensar si no estaremos despistados respecto a cuáles son nuestras amenazas existenciales y hacia dónde deberíamos dirigir nuestros recursos.
En cualquier caso, y a la vista de todo lo anterior, la afirmación (tan repetida últimamente) de que estamos viviendo una “emergencia climática” resulta muy difícil de justificar. No hemos visto ninguna catástrofe climática, ni la evidencia científica sugiere que la humanidad esté cerca de la destrucción, ni siquiera de un desastre a corto o medio plazo. Sí, el cambio climático existe; sí, el planeta se está calentando; y sí, habrá desafíos asociados. Pero la realidad nos muestra que, al menos hasta hoy, el calentamiento ha sido suave, manejable e incluso beneficioso en algunos aspectos. Sus efectos sobre el ser humano han sido limitados y, en términos netos, probablemente positivos, muy lejos de justificar el alarmismo generalizado.
El futuro: entre la incertidumbre y la prudencia
Ahora bien, ¿qué sucederá en el futuro? ¿Cómo nos afectará el cambio climático en los próximos años? La respuesta es sencilla: no lo sabemos. La ciencia climática, pese a los enormes avances de las últimas décadas, sigue siendo una disciplina en pañales. Como ya vimos en el artículo anterior de esta serie, los modelos que pretenden anticipar el comportamiento del planeta han demostrado hasta ahora una clara tendencia a sobrestimar el calentamiento, y cuando proyectan escenarios hacia el futuro lo hacen con horquillas muy amplias para ciertos parámetros, lo que implica niveles de incertidumbre enormes. Así que es tan posible que el calentamiento global siga siendo relativamente suave como que, por el contrario, alcance dimensiones muy perjudiciales.
Previsiblemente el planeta continuará calentándose, pero aquí la magnitud lo cambia todo: no es lo mismo un aumento de 4 o 5 grados en un siglo, con consecuencias graves para la biodiversidad, los hábitats humanos y la estabilidad de nuestras sociedades, que uno de apenas 1,5 o 2 grados en el mismo periodo, bastante más asumible a todos los niveles.
Además, conviene tener en cuenta que la relación entre CO2 y temperatura no es lineal. Un incremento exponencial de la concentración de CO2 produce un incremento lineal de la temperatura. Dicho de otra forma: a medida que nuestras emisiones sigan aumentando, será cada vez más difícil que la temperatura continúe subiendo al mismo ritmo. El planeta puede seguir calentándose, pero muy probablemente lo hará con una intensidad decreciente.
Se podría objetar que incluso un pequeño aumento de la temperatura ya podría resultarnos perjudicial, pero ¿quién ha establecido que la temperatura ideal para el planeta o para el ser humano es la de 1850, la de 1980 o la de 2025? La Tierra ha atravesado períodos mucho más fríos y mucho más cálidos, y la vida siempre se ha adaptado. También el ser humano ha pasado por enfriamientos extremos y óptimos climáticos, y hoy habitamos con relativa comodidad desde desiertos abrasadores hasta regiones polares (vivimos en variaciones diarias de 20-30 grados y anuales de hasta 60-70). No es descabellado pensar, de hecho, que estemos viviendo un momento relativamente benigno para nuestra especie precisamente gracias a experimentar este calentamiento.
Por otro lado, conviene recordar de nuevo que, al margen de la influencia humana, la Tierra atraviesa sus propios ciclos climáticos naturales. Los de Milanković, por ejemplo, aseguran la alternancia de glaciaciones y períodos interglaciares. Hoy nos encontramos en un interglaciar, pero antes o después volverá una glaciación, y cuando eso ocurra sí que estaremos ante una catástrofe. Quién sabe si el actual calentamiento antropogénico, lejos de ser únicamente un problema, podría retrasar o mitigar en parte esa amenaza mucho mayor. Un episodio similar al sufrido en el año 536, con un enfriamiento de entre 2 y 6 grados en apenas unas décadas a causa de una erupción volcánica, tendría efectos devastadores sobre la agricultura y las poblaciones humanas y volvería a alterar por completo el contexto actual, relegando el calentamiento global a un segundo plano. Y es que un enfriamiento drástico tendría consecuencias mucho más letales que las de un calentamiento moderado, hasta el punto de que si hoy retrocediésemos a las temperaturas preindustriales, cientos de millones de personas morirían de hambre debido a la pérdida de productividad agrícola.
Aun así, el riesgo de que el calentamiento global tenga efectos negativos existe, y sería imprudente descartarlo. Un aumento de las temperaturas, aunque sea moderado, puede tener efectos adversos: las sequías podrían hacerse más frecuentes e intensas, las olas de calor afectar a la salud de millones de personas, y ciertos cultivos tradicionales podrían volverse inviables en algunas regiones. La subida del nivel del mar, incluso de unos pocos milímetros al año, podría obligar a costosas adaptaciones en zonas densamente pobladas, y los ecosistemas más frágiles, como los arrecifes de coral o la fauna ártica, sufrirán transformaciones difíciles de revertir. Incluso con un calentamiento relativamente suave habrá perdedores: comunidades rurales expuestas a la desertificación, países con menos recursos para adaptarse, especies incapaces de migrar o adaptarse a tiempo…
Así pues, el principio de precaución aconseja tomar medidas, pero lo razonable es hacerlo con perspectiva. No todos los estudios coinciden en pintar un panorama catastrófico. El propio IPCC, en su informe de 2018 (página 256), estimaba que un calentamiento de 3,66°C en 2100 (aunque la previsión más realista actualmente esté por debajo de 3°C) equivaldría a una caída del 2,6% en un PIB per cápita que, para entonces, habrá aumentado probablemente un 200 o 300%. Porque es importante entender que no se refiere a que en 2100 seamos un 2,6% más pobres que hoy, sino que seremos un 2,6% menos ricos de lo que podríamos ser en 2100 sin el calentamiento global. Se trata, en resumidas cuentas, de un impacto económico inferior al que tuvo la recesión de 2009 en la Eurozona (del 4,5%), y por tanto muy alejado de lo que consideraríamos un hundimiento económico.
A la incertidumbre sobre los escenarios futuros se suma otra certeza: la capacidad de adaptación del ser humano. No tiene sentido asumir que en los próximos 80 años la tecnología y el ingenio permanecerán estáticos. De hecho, todos los estudios que proyectan impactos climáticos hacia finales de siglo parten de esa premisa absurda. La realidad es que la humanidad ha demostrado una y otra vez su capacidad para innovar, mejorar la eficiencia, desarrollar nuevas fuentes de energía y hasta imaginar formas de capturar y eliminar CO2 de la atmósfera.
Lo inteligente, pues, es reconocer los riesgos, asumir la incertidumbre y prepararnos con prudencia, sin caer ni en la negación ingenua ni en el alarmismo apocalíptico. Por eso el próximo artículo tratará sobre la cuestión de las políticas implementadas hasta ahora para hacer frente al cambio climático, analizando su fracaso.
(Siguiente artículo: El cambio climático IV: la descarbonización)

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