Por algún motivo, los test de CI (cociente intelectual) se resisten a desaparecer.
Lejos de caer en el olvido, siguen gozando de una sorprendente popularidad: millones de personas aún otorgan credibilidad a estas pruebas, pese a su cuestionable historia en el marco del determinismo biológico, duramente denunciado por Stephen Jay Gould en su célebre obra de 1981 La falsa medida del hombre.
En realidad, la inteligencia es difícilmente medible porque no es una facultad simple ni unidimensional, sino más bien una estructura compleja, irregular y poliédrica, con múltiples aristas que interactúan de forma no lineal. Más que hablar de una única "inteligencia", deberíamos referirnos a "inteligencias", entendidas como un entramado dinámico de habilidades diversas que no se alojan en compartimentos estancos, sino que se entrecruzan y se expresan de manera única en cada individuo.
A ello se suma el hecho de que los seres humanos estamos plagados de contradicciones, sesgos y discontinuidades. Incluso las personas más brillantes pueden presentar limitaciones cognitivas, prejuicios persistentes o una asombrosa incapacidad para aplicar su talento en ciertos contextos. Así, un genio matemático puede ser socialmente torpe; un artista deslumbrante puede ser caótico en su vida cotidiana; o un astuto político puede ser ingenuo en sus decisiones personales. Hay quienes destacan en lo teórico pero fallan en lo práctico, y quienes, sin un pensamiento abstracto notable, poseen una intuición social descomunal. Incluso yo mismo, siendo niño, hice un test de CI y obtuve una puntuación de 120 (superior a la media de 100) y sin embargo sigo cometiendo a menudo todo tipo de estupideces... incluso a sabiendas de que lo son.
Por otro lado, hay personas cuya inteligencia sólo se manifiesta en situaciones límite, mientras que en contextos normales parecen lentas o torpes, lo que confirma que la inteligencia humana no es constante sino una cualidad dinámica, moldeada por el entorno, las emociones y la experiencia. No consiste únicamente en resolver problemas o acumular conocimientos, sino en la interacción impredecible entre intuición, razonamiento, limitaciones, creatividad y contexto. Incluso nuestra capacidad de adaptación (uno de los pilares clásicos de la inteligencia) se manifiesta de manera asimétrica y errática, con fortalezas sorprendentes en unas áreas y notorias carencias en otras. Esa es una de las razones por las que cada persona posee una configuración cognitiva única, una especie de huella dactilar mental que es irreductible a una métrica universal.
Desde esta perspectiva, pretender que algo tan complejo y cambiante como la inteligencia pueda cuantificarse con un test único es tan ingenuo como lo fue en su día la craneometría o la frenología. La diversidad intelectual no cabe en una sola cifra. Sí, es cierto que los test de CI pueden medir determinadas habilidades bajo condiciones controladas, y eso nadie lo niega. Pero en última instancia, lo que los tests de inteligencia evalúan con más eficacia es precisamente la capacidad para resolver tests de inteligencia, una destreza que, como cualquier otra, se puede entrenar.
Sobre este asunto no me resisto a citar un fragmento de un artículo ("Más pensamientos acerca del pensamiento", incluido en el libro-recopilación de 1981 El secreto del universo) del genial escritor Isaac Asimov, que ilustra con lucidez cómo el ser humano tiende siempre a definir la inteligencia según le convenga, incluso a un nivel más fundamental:
"Tenemos tendencia a asociar el cerebro con la inteligencia y viceversa, y no nos falta razón.
El cerebro de un hombre adulto tiene una masa aproximada de 1,4 kilos por término medio, y es mucho mayor que el cerebro de cualquier animal no mamífero del presente o del pasado. Esto no es demasiado sorprendente si tenemos en cuenta que los mamíferos son los organismos vivos más inteligentes y con mayores cerebros de todos los seres vivos. Dentro de los mamíferos, tampoco tiene nada de extraño que cuanto mayor sea un organismo, mayor sea su cerebro, pero el cerebro humano se desvía de esta regla general. Es más grande que el de otros mamíferos mucho mayores que el hombre. El cerebro humano es más grande que el del caballo, el del rinoceronte o el del gorila, por ejemplo.
Y, sin embargo, no es el cerebro más grande que existe.
El del elefante es mayor; se ha comprobado que los cerebros más grandes de elefantes alcanzan masas de 6 kilos aproximadamente, más o menos 4 1/4 veces más que el cerebro humano. Y los cerebros de las grandes ballenas son todavía mayores. El récord lo ostenta el cerebro de un cachalote, con una masa de unos 9,2 kilos, seis veces y media más que la del cerebro humano.
Pero aunque los elefantes y las grandes ballenas son más inteligentes que la mayoría de los animales, su inteligencia nunca se ha considerado ni remotamente comparable a la de los seres humanos. Es evidente que la masa cerebral no es el único factor a tener en cuenta en lo relativo a la inteligencia.
El cerebro humano representa aproximadamente el 2% de la masa total del cuerpo humano. Pero un elefante con un cerebro de 6 kilos pesa aproximadamente 5.000 kilos, así que su cerebro representa aproximadamente sólo el 0,12% de su masa total. En cuanto al cachalote, que puede llegar a pesar 65.000 kilos, su cerebro de 9,2 kilos sólo representa aproximadamente el 0,014% de su masa total.
Es decir, la masa del cerebro humano por unidad de masa corporal es 17 veces mayor que la del elefante y 140 veces mayor que la del cachalote.
¿Es justo dar más importancia a la relación cerebro/cuerpo que a la masa cerebral sin más? Bueno, aparentemente al menos nos proporciona una respuesta veraz, ya que pone de relieve el hecho manifiestamente evidente de que los seres humanos son más inteligentes que los elefantes y las ballenas, cuyos cerebros son más grandes. Además, también podríamos hacer el razonamiento de este modo (posiblemente un tanto simplista): el cerebro controla el funcionamiento del cuerpo; aquellas partes de éste que no se ocupan de estas tareas de control automático pueden dedicarse a otras actividades como la imaginación, el razonamiento abstracto y las fantasías creativas. Aunque los elefantes y las ballenas tienen grandes cerebros, sus cuerpos son enormes, de tal manera que sus cerebros, a pesar de su gran tamaño, están totalmente concentrados en las tareas rutinarias de mover esas enormes masas, y no les queda mucho espacio para preocuparse por funciones «más elevadas». Por tanto, los elefantes y las ballenas son menos inteligentes que los seres humanos, a pesar del tamaño de sus cerebros.
(Y ésta es la razón de que por término medio los cerebros de las mujeres sean un 10% más pequeños que los de los hombres sin que esto implique que sean un 10% menos inteligentes. Sus cuerpos también son más pequeños, y la relación masa cerebral/masa corporal es, en todo caso, un poco mayor que la de los hombres.)
Sin embargo, la relación entre las masas del cerebro y el cuerpo tampoco puede explicarlo todo. Todos los primates (los simios y monos) tienen una relación masa cerebral/masa corporal bastante alta; en general, cuanto menor es el primate más alta es esta relación. En algunos monos pequeños el cerebro representa el 5,7% de la masa corporal, casi tres veces más que en los seres humanos.
¿Por qué no son entonces estos pequeños monos más inteligentes que los seres humanos? Es posible que la respuesta esté en que sus cerebros son demasiado pequeños para ello. Para alcanzar una inteligencia verdaderamente considerable es necesario que el cerebro sea lo bastante grande como para proporcionar la capacidad de pensamiento requerida, y que el cuerpo sea lo bastante pequeño como para no acaparar todo el cerebro y dejar espacio para el pensamiento. Esta combinación de un cerebro grande y un cuerpo pequeño parece encontrar el equilibrio ideal en el ser humano.
¡Pero un momento! La relación cerebro/cuerpo tiende a aumentar en los primates a medida que disminuye su tamaño, y lo mismo ocurre con los cetáceos (la familia a la que pertenecen las ballenas). El delfín común tiene aproximadamente la misma masa que un hombre, pero su cerebro tiene una masa de unos 1,7 kilos, 1/5 más que el cerebro humano. La relación cerebro/cuerpo es del 2,4%.
En ese caso, ¿por qué el delfín no es más inteligente que el ser humano? ¿Acaso existe alguna diferencia cualitativa entre las dos clases de cerebro que condene al delfín a una estupidez relativa?
Por ejemplo, las células cerebrales efectivas se encuentran en la superficie del encéfalo y constituyen la «materia gris». El interior del cerebro está formado en gran parte por las prolongaciones de las células envueltas en grasa; esta parte (debido al color de la grasa) se conoce con el nombre de «materia blanca».
La materia gris está asociada a la inteligencia, y, por tanto, la superficie del cerebro es más importante que su masa. Si observamos distintas especies de seres vivos de inteligencia cada vez mayor, veremos que la superficie del cerebro aumenta más rápidamente que la masa. Una de las manifestaciones visibles de este fenómeno consiste en que la superficie aumenta hasta tal punto que ya no puede extenderse uniformemente por encima del interior del cerebro y se arruga formando circunvoluciones. Un cerebro con circunvoluciones tiene una superficie mayor que un cerebro liso de igual masa.
Por tanto, asociamos las circunvoluciones a la inteligencia y, efectivamente, los cerebros de los mamíferos presentan circunvoluciones y los de los no mamíferos, no.
El cerebro de un mono tiene más circunvoluciones que el de un gato. No es de extrañar que el cerebro humano presente más circunvoluciones que el de cualquier otro mamífero terrestre, incluidos algunos relativamente inteligentes como los chimpancés y los elefantes. Y, sin embargo, el cerebro del delfín tiene una masa mayor que el cerebro humano, la relación masa cerebral/ masa corporal es más alta y además presenta más circunvoluciones que el cerebro humano.
Entonces, ¿por qué los delfines no son más inteligentes que los seres humanos? Para explicarlo, tenemos que volver a la hipótesis de que la estructura de las células cerebrales del delfín o su organización cerebral presentan alguna deficiencia, y no tenemos ninguna prueba de que sea así.
Pero permítanme adelantar una hipótesis alternativa.
¿Cómo sabemos que los delfines no son más inteligentes que los seres humanos? Claro que no han desarrollado ninguna tecnología, pero no es de extrañar. Viven en el agua, donde es imposible hacer fuego, y la tecnología humana está basada fundamentalmente en la utilización inteligente del fuego.
Además, las formas aerodinámicas son esenciales para la vida en el agua, así que los delfines no disponen de ningún equivalente de las manos humanas, capaces de las manipulaciones más delicadas.
Pero ¿basta con la tecnología para medir la inteligencia? Nosotros nos olvidamos de ella cuando más nos resulta conveniente. Pensemos en las estructuras construidas por insectos que viven en sociedad, como, por ejemplo, las abejas, las hormigas y las termitas, o el delicado diseño de la tela de araña. ¿Son estas estructuras una prueba de que una abeja, una hormiga, una termita o una araña son más inteligentes que el gorila, que construye su tosco refugio en los árboles?
A esto respondemos que no sin dudarlo un instante.
Consideramos que las maravillosas realizaciones de los animales inferiores son obra del instinto, que es inferior al pensamiento consciente. Pero es posible que esto no sea más que
una opinión interesada.
¿No es acaso posible que los delfines opinen interesadamente que nuestra tecnología es el resultado de una forma inferior de pensamiento y que la descarten como prueba de inteligencia?
Claro que los seres humanos tienen la facultad del lenguaje. Nos servimos de complejas modulaciones de sonidos para expresar ideas infinitamente sutiles, y no existe ninguna otra especie que tenga esta facultad ni nada que se le parezca. (Y, que nosotros sepamos, tampoco pueden comunicarse entre sí por otros medios que les permitan una complejidad, versatilidad y sutileza comparables a las del lenguaje humano.)
Y, sin embargo, la ballena corcovada canta complejas «canciones», y el delfín es capaz de emitir un número mayor de sonidos diferenciados que nosotros. ¿Por qué estamos tan seguros de que los delfines no son capaces de hablar?
Pero la inteligencia es algo tan evidente. Si los delfines son tan inteligentes, ¿por qué no resulta obvio que lo son?
En «Algunos pensamientos sobre el pensamiento» yo sostenía que los seres humanos tienen distintas clases de inteligencia y que por esa razón las pruebas de CI resultan engañosas. Pero aunque así fuera, todas las variedades inteligenciales (he tenido que inventarme esta palabra) del ser humano pertenecen claramente al mismo género. Podemos reconocer estas variedades a pesar de sus diferencias.
Nos damos cuenta de que Beethoven tenia un tipo de inteligencia, Shakespeare otro, Newton otro más y Peter Piper (el experto en selección de embutidos) otro más aún, y comprendemos el valor de cada uno de ellos.
¿Y si existiera una variedad inteligencial totalmente distinta a la de los seres humanos? ¿Seriamos capaces siquiera de darnos cuenta de que es una manifestación de inteligencia, por mucho que la estudiáramos?
Supongamos que el delfín, con su enorme cerebro lleno de circunvoluciones y su enorme repertorio de sonidos armónicos, tuviera una mente capaz de considerar ideas abstractas y un lenguaje capaz de expresarlas con enorme sutileza. Pero supongamos que esas ideas y ese lenguaje fueran tan distintos de todo aquello a lo que estamos acostumbrados que ni siquiera pudiéramos advertir que se trata de ideas y lenguaje, y mucho menos comprender su contenido.
Supongamos que una colonia de termitas tuviera un cerebro comunal, cuyas reacciones fueran tan distintas de las nuestras que fuéramos incapaces de advertir esta inteligencia comunitaria por muy manifiestamente «evidente» que fuera.
Es posible que el problema sea, en parte, semántico.
Insistimos en definir el «pensamiento» de tal forma que llegamos automáticamente a la conclusión de que sólo los seres humanos piensan. (De hecho, a lo largo de la historia siempre ha habido fanáticos que han estado seguros de que sólo las personas del género masculino y de aspecto bastante parecido al suyo eran capaces de pensar, y que las mujeres y las «razas inferiores» no lo eran. Las definiciones interesadas pueden llegar muy lejos.) Supongamos que definiéramos el «pensamiento» como el tipo de acciones emprendidas por una especie cuyo propósito es asegurar su propia supervivencia. Según esta definición, todas las especies tienen algún tipo de pensamiento, y el pensamiento humano no sería más que una variedad del pensamiento, y no necesariamente mejor que todas las demás. En realidad, si tenemos en cuenta que la especie humana, dotada de la capacidad de previsión y sabiendo exactamente qué es lo que está haciendo y lo que puede ocurrir, se enfrenta a pesar de ello a la posibilidad de destruirse a si misma en un holocausto nuclear... entonces, según mi definición, la única conclusión lógica a la que podemos llegar es que el Homo sapiens piensa peor y es menos inteligente que cualquier otra especie que exista o haya existido sobre la superficie de la Tierra.
Por tanto, es posible que de la misma manera que los partidarios del CI llegan a sus conclusiones, teniendo buen cuidado de establecer una definición de la inteligencia que haga de ellos y de sus iguales personas «superiores», la humanidad considerada en su totalidad haga lo mismo con su cuidadosa definición de en qué consiste el pensamiento".
©JRGA
Comentarios
Publicar un comentario
¡Hola! Si tu comentario es lo suficientemente respetuoso y educado se publicará, si no lo es... ni lo intentes.