Más allá del capitalismo y el socialismo
Han transcurrido ya más de cuatro años desde que escribí este pequeño libro, y al releerlo hoy con la perspectiva que da el tiempo, advierto que pasé por alto ciertos aspectos que considero fundamentales para comprender en profundidad el problema que plantea el futuro del capitalismo.
En particular, no desarrollé con suficiente claridad hasta qué punto algunos de los defectos del socialismo no son meras contingencias históricas, sino características estructurales inherentes a su diseño. Más allá de los múltiples problemas específicos que han afectado a los distintos regímenes socialistas en los lugares donde se han implementado, existe un conjunto de dificultades comunes que tienden a reproducirse sistemáticamente, y que crean problemas de coordinación y productividad en el corto plazo y un estancamiento progresivo en el largo.
En esencia, hay tres deficiencias que aparecen de forma recurrente en cualquier modelo clásico de planificación central con propiedad estatal de los medios de producción: la ausencia de señales de mercado (lo que comúnmente se ha denominado el problema del cálculo económico), la falta de incentivos adecuados y las rigideces institucionales.
Los problemas del socialismo
Respecto al primer problema (la ausencia de señales del mercado), en una economía en la que los precios no se determinan libremente por la oferta y la demanda no existen indicadores fiables que orienten una asignación eficiente de los recursos. Al no haber propiedad privada sobre los medios de producción ni competencia entre productores en el mercado, los precios dejan de reflejar la escasez relativa de los bienes o su utilidad social, lo que impide a los planificadores responder adecuadamente a la pregunta fundamental de cualquier sistema económico: qué producir, en qué cantidad y con qué destino. Por ejemplo, si no existe un precio libre para el acero, resulta extremadamente difícil decidir si conviene más utilizarlo en la fabricación de trenes, puentes o maquinaria agrícola.
Además, en ausencia de mercado, los objetivos de producción tienden a formularse en términos cuantitativos (toneladas, metros, unidades) en lugar de atender a criterios cualitativos como la utilidad real, la calidad o la sostenibilidad. Y dado que la producción obedece a la lógica del plan antes que a las preferencias individuales de los consumidores, la oferta tiende a ser homogénea y limitada, restringiendo la libertad de elección y reduciendo la satisfacción general de los consumidores. La planificación centralizada, por su propia naturaleza, genera desajustes estructurales recurrentes: excesos de unos bienes, escasez de otros, aparición de mercados paralelos, colas, acumulación de productos sin demanda y proliferación de subproductos inútiles.
El segundo gran obstáculo es la falta de incentivos. En el socialismo tradicional, la ausencia de propiedad privada y de beneficios personales ligados al rendimiento o éxito económico debilita los estímulos tanto para los trabajadores como para los directivos. Sin competencia que los presione, las organizaciones carecen de motivación para innovar, reducir costes o mejorar sus productos. El resultado suele ser una productividad baja, escasa innovación tecnológica y poco interés por la eficiencia o el aprovechamiento de los recursos.
El tercer problema (la rigidez institucional) surge del hecho de que la planificación central implica siempre una concentración del poder económico en manos del Estado, lo que suele desembocar en fenómenos de corrupción estructural, clientelismo político y favoritismo, especialmente si no existen mecanismos eficaces de fiscalización democrática. Incluso en los casos en los que se evita la corrupción, el aparato administrativo requerido para gestionar toda la economía es necesariamente gigantesco, lo que introduce burocracia excesiva, lentitud en la toma de decisiones y una marcada resistencia al cambio. Este tipo de estructuras tienden a volverse estáticas, y adaptarse con gran dificultad a las transformaciones tecnológicas, sociales o culturales.
Frente a ello, la economía de mercado presenta una dinámica distinta. Al igual que en la selección natural, donde sobreviven los organismos mejor adaptados, en el capitalismo las empresas más eficientes, innovadoras o flexibles prosperan, mientras que las ineficaces tienden a desaparecer. Este proceso, que Schumpeter definió como “destrucción creativa”, implica una renovación constante del tejido productivo: los modelos de negocio obsoletos se eliminan y se abren paso nuevas formas de organización y producción. El mercado actúa así como un mecanismo de ajuste permanente, seleccionando a los actores más aptos y descartando a los que no cumplen con las demandas cambiantes del entorno. Desde luego, este proceso no es inocuo (genera desempleo, precariedad y desigualdad), pero a cambio introduce una fuerza de innovación y adaptación que el socialismo no posee, salvo que lo emule deliberadamente. Los sistemas socialistas tienden a conservar estructuras productivas ineficientes con el objetivo de mantener el empleo y la estabilidad social. En lugar de permitir la quiebra de empresas deficitarias, las sostiene mediante subsidios o reformas internas, lo que reduce la presión competitiva y, con ella, los incentivos para mejorar, innovar o responder con agilidad a los cambios tecnológicos y sociales. En resumen, podríamos decir que el mercado “selecciona”, mientras que el socialismo “protege”. En ese sentido ambos modelos tienen virtudes y defectos, pero resulta innegable que el capitalismo incorpora un mecanismo automático de corrección y dinamismo que el socialismo, a menos que lo incorpore de forma explícita, no ofrece de manera natural.
Una teoría incompleta
Todo lo anterior no implica, en modo alguno, que considere al socialismo un sistema fracasado ni que deba ser descartado como alternativa viable al capitalismo. Muy al contrario, creo haber argumentado con suficiente detalle en este libro que el socialismo posee virtudes indiscutibles. Entre ellas, destaca su capacidad para erradicar la miseria material y garantizar condiciones dignas de vida para toda la población, asegurando el acceso universal a derechos fundamentales como el empleo, la vivienda, la alimentación, la sanidad y la educación. Asimismo ha demostrado una notable eficacia para evitar las crisis cíclicas que sacuden periódicamente a las economías de mercado, eliminar el desempleo estructural y contener las desigualdades sociales más extremas. Sin embargo, esta enorme eficiencia social no suele ir acompañada de una eficiencia económica comparable: no basta para satisfacer plenamente los deseos y preferencias individuales, maximizar la producción total, corregir los desequilibrios entre oferta y demanda, ni estimular la innovación tecnológica y organizativa en las empresas. En el caso del capitalismo sucede precisamente lo contrario: ha demostrado una notable capacidad para generar altos niveles de producción, responder con rapidez a la demanda social y estimular la innovación a través de la competencia, pero cuenta también con una tendencia persistente hacia la concentración de la riqueza, las crisis económicas cíclicas, el desempleo estructural, la precarización o la incapacidad de garantizar servicios básicos universales a toda la población (en demasiadas ocasiones a la mayoría).
Lo que sostengo, por tanto, es que la teoría marxista, a pesar de su potencia analítica y su vocación transformadora, permanece incompleta. Como si le faltara un término esencial en sus ecuaciones fundamentales, requiere la incorporación de algún elemento que le permita resolver el problema del cálculo económico y generar el dinamismo e incentivos adecuados que hoy sólo parecen ofrecer, con todas sus limitaciones, los mecanismos del mercado. Sin ese componente el socialismo carece de herramientas eficaces para organizar de forma compleja y adaptable una economía moderna sin recurrir, al menos parcialmente, a la lógica del mercado.
Incluso uno de los pilares teóricos del marxismo, la teoría del valor-trabajo, ha mostrado con el tiempo ciertas insuficiencias que merecen ser revisadas. Si bien no ha sido invalidada por completo, existen numerosas actividades económicas que escapan a sus categorías clásicas. Por ejemplo, la cuestión del "trabajo productivo" es especialmente reveladora: muchas funciones consideradas “improductivas” desde la perspectiva marxista (como la publicidad, el entretenimiento digital o las redes sociales) generan hoy enormes flujos de capital, acumulación de riqueza y poder de mercado, sin que esa contradicción haya sido adecuadamente resuelta en el marco teórico tradicional marxista.
Otro indicio relevante de que la teoría marxista permanece incompleta es la constatación empírica de que, allí donde se ha intentado aplicar el socialismo, ha emergido sistemáticamente una nueva clase social: una élite burocrática-gestora que tiende a instrumentalizar el aparato de planificación en su propio beneficio. Por más democrático que sea el diseño institucional de un sistema socialista, la necesidad misma de delegar funciones de gestión (algo inevitable en cualquier sociedad mínimamente compleja) introduce una división estructural entre el conjunto de la ciudadanía y quienes ejercen el control sobre los medios de producción y las decisiones económicas.
Esa separación genera tensiones inherentes: los gestores, al acumular poder técnico y político, desarrollan lógicas de autopreservación y expansión de su influencia. Aunque no sean propietarios en un sentido capitalista, su posición les permite condicionar los resultados del sistema y, con frecuencia, obtener privilegios vinculados a su rol. Así, se reproduce una dinámica de lucha de clases que no encaja en el esquema tradicional del marxismo. Y es que, aunque el pensamiento marxista reconocía que la lucha de clases no desaparece con la abolición del capitalismo, su análisis se limitaba a prever la persistencia de las clases heredadas del sistema anterior (en particular, la oposición entre trabajadores y capitalistas) sin anticipar la posible formación de nuevas clases dominantes propias del nuevo modo de producción. Sin embargo, si algo ha demostrado la historia es que cada sistema económico genera sus propias configuraciones sociales y sus propios conflictos, y en ese sentido el surgimiento de una clase gestora en el socialismo no debe considerarse una anomalía, sino una evolución coherente con la lógica de cualquier sistema organizado.
Por ello, resulta problemático considerar al comunismo (entendido como la fase superior del socialismo, liberada del dominio burgués y del mercado) como el estadio final y definitivo del desarrollo humano, tal como propone el marxismo clásico. Más bien, debe concebirse como una etapa más dentro de un proceso histórico continuo, tan necesaria y transitoria como lo fueron en su momento el feudalismo o el capitalismo. Este horizonte abierto a nuevas formas sociales y conflictos no está previsto en el marco teórico marxista original, lo que refuerza la idea de que dicha teoría, aunque profunda y reveladora, necesita ser ampliada, actualizada y corregida.
El modelo chino
En definitiva, mientras la teoría marxista no sea completada con los elementos necesarios para resolver sus lagunas estructurales (en particular el problema del cálculo económico y la generación de incentivos), no parece posible construir un sistema socialista plenamente viable sin recurrir, en mayor o menor medida, a mecanismos de mercado. De igual manera, tampoco resulta sostenible un sistema capitalista mínimamente funcional sin el contrapeso redistributivo del Estado, que garantice servicios públicos esenciales como las pensiones, el seguro de desempleo, la educación y la sanidad. Esta constatación empírica ha llevado a que los modelos económicos más exitosos que hemos conocido a lo largo de la historia reciente sean aquellos que combinan elementos de ambos sistemas: desde el capitalismo europeo con su economía mixta y su Estado del bienestar, hasta el modelo híbrido de socialismo de mercado implementado por China.
En este último caso, los resultados económicos son, en términos objetivos, extraordinarios. China ha mantenido durante décadas un ritmo de crecimiento económico cercano al 9–10% anual; su PIB per cápita ha pasado de menos de 300 dólares en 1980 a más de 12.000 dólares en 2023; ha logrado sacar de la pobreza extrema a más de 800 millones de personas (reduciéndola a menos del 1% de la población); ha impulsado un aumento sostenido de los salarios; ha construido una red de infraestructuras de enorme envergadura; ha elevado la tasa de alfabetización del 20% en 1949 a más del 96% actual; y ha incrementado la esperanza de vida de 35 años en 1949 a 76 años en la actualidad.
Sin embargo, muchos analistas liberales tienden a atribuir estos logros exclusivamente a la apertura al mercado, pasando por alto el papel determinante del Estado chino. El Partido Comunista Chino mantiene una dirección centralizada sobre los sectores estratégicos de la economía: planifica de manera directa las empresas públicas e indirectamente las privadas mediante una planificación indicativa, fija metas económicas a través de planes quinquenales, y supervisa al capital privado a través de su presencia estructural en la gobernanza de las principales corporaciones. El Estado retiene el control efectivo de las palancas clave del desarrollo: crédito, sistema bancario, propiedad del suelo, infraestructura, energía, tecnología y planificación industrial. Al menos desde 1978, el desarrollo de China ha estado guiado por esta combinación singular de planificación estatal y economía de mercado.
Es evidente que este modelo no responde al canon clásico del socialismo, pero tampoco puede considerarse, sin más, una forma convencional de capitalismo. Se trata más bien de una síntesis original y pragmática que ha sabido aprovechar las ventajas del mercado bajo una arquitectura de control político y económico centralizado. Tan erróneo sería atribuir su éxito únicamente al mercado como ignorar los efectos positivos que éste ha tenido en el desarrollo del país. Todo indica que el llamado "milagro económico chino" ha sido posible precisamente porque el PCCh ha sabido establecer un equilibrio entre las fuerzas del mercado y la planificación estatal.
Ahora bien, resulta poco probable que este equilibrio se mantenga indefinidamente. Al igual que ha ocurrido en Europa con el Estado del bienestar, es plausible que, con el tiempo, los intereses del capital terminen imponiéndose sobre los de la mayoría social. A pesar de ello, tanto el modelo europeo como el chino representan, hoy por hoy, soluciones de compromiso razonables (por más que sean transitorias) a la espera de una formulación económica marxista más completa y estable que logre, finalmente, superar con éxito al capitalismo.
©JRGA



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