Astronomía REAL
En esta maleta guardo la mayoría de los accesorios de mi telescopio: oculares de 5, 8, 15 y 25 mm, además de un ocular zoom 7–21 mm, una lente de Barlow 2,5x, un reductor de focal, un adaptador wifi, cinco filtros Wratten Kodak (el 8, el 23A, el 47, el 82A y el ND96), así como la cámara planetaria con su cable y su adaptador. Otros accesorios, como el filtro solar o la diagonal dieléctrica, se quedan fuera: son demasiado voluminosos para la maleta.
Y es que, aunque desde fuera la astronomía amateur pueda parecer un pasatiempo sencillo (basta con coger un telescopio y mirar los cráteres de la Luna, los anillos de Saturno o alguna nebulosa), la realidad es muy distinta: no es tan simple.
Para empezar, un telescopio no es barato. Existen equipos básicos y económicos, sí, pero en la práctica suelen frustrar al aficionado: no ofrecen la calidad de imagen que todos esperamos. Ver Saturno como algo más que un punto borroso requiere un telescopio con prestaciones mínimas, y eso significa invertir varios cientos de euros como poco.
Además, los equipos que venden en tiendas especializadas suelen venir con lo justo: uno o dos oculares básicos (normalmente de calidad mediocre) y, con suerte, un filtro lunar. Pero si queremos sacar verdadero partido a esta afición, necesitamos adquirir accesorios adicionales: oculares de mayor calidad para distintos aumentos, filtros planetarios, cámaras, lentes Barlow, adaptadores, etc.
Y si el coste económico ya es considerable, el transporte no lo es menos. Para observar el cielo en condiciones óptimas es necesario alejarse de la ciudad, donde la contaminación lumínica es menor, pero mover un telescopio no es tarea sencilla. A menudo hace falta una bolsa para el tubo óptico y otra para la montura, especialmente si es motorizada, en cuyo caso, si no contamos con un enchufe cercano, necesitaremos una batería externa para alimentar todo el sistema durante horas. El conjunto puede alcanzar fácilmente los 20 kilos de peso o incluso más.
Y no, no basta con llegar, colocar el telescopio y empezar a mirar por él. Montar y desmontar todo el equipo lleva su tiempo, al que hay que añadir el proceso de alineación de la montura, que no siempre es intuitivo, y que si no realizamos de forma correcta corremos el riesgo de que el telescopio no apunte bien.
Tampoco es suficiente con tener un buen equipo: hay que saber usarlo. La astronomía amateur requiere familiaridad con el cielo nocturno, saber qué objetos observar en cada época del año, y apoyarse en mapas estelares, aplicaciones y software para localizar galaxias, cúmulos o planetas.
Por si fuera poco, no podemos utilizar el telescopio cuando queremos, sino sólo cuando podemos. Las nubes son el obstáculo más obvio, pero incluso con cielo despejado la atmósfera puede estar inestable (mal seeing), haciendo que las imágenes tiemblen como si intentáramos ver una moneda en el fondo de un arroyo turbulento. Otras veces, la Luna llena impide ver objetos débiles del cielo profundo, o la humedad forma rocío sobre la óptica si no usamos parasoles o cintas calentadoras. Por cierto que el mantenimiento del telescopio tampoco debe descuidarse: hay que limpiar la óptica con cuidado, colimar el sistema óptico si se ha desajustado, y revisar el equipo periódicamente.
Y todo esto sin entrar en el terreno de la astrofotografía, un mundo en el que no sólo se dispara la inversión económica sino que también exige un nivel de conocimientos mucho mayor: apilado de imágenes, corrección de darks, flats, calibraciones, enfoque electrónico, seguimiento guiado o procesado digital en programas como PixInsight o Astrosurface.
A tenor de todo lo anterior, uno podría pensar que esta afición no compensa toda esa inversión de tiempo, dinero, esfuerzo, conocimiento y paciencia. Y menos aún si tenemos en cuenta que lo que obtenemos a cambio son meras manchitas borrosas e imágenes tenues que nada tienen que ver con las fotografías espectaculares de la NASA.
Pero nada más lejos de la realidad. La astronomía es una actividad extremadamente gratificante. Resulta imposible describir con palabras la emoción de sobrevolar la superficie lunar con la mirada, de ver las lunas de Júpiter cambiando de posición noche tras noche, o de detectar una galaxia situada a millones de años luz. Para quienes sentimos que la realidad no termina en este pequeño planeta, observar el cielo y contemplar el resto del universo es un placer inmenso y un auténtico privilegio.

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