El origen de la vida I: panspermia dirigida


    Nuestro planeta tiene una antigüedad de 4600 millones de años, y las pruebas indican que hace 3800 millones de años ya había vida en él en forma de bacterias. Eso significa que la vida habría tenido un plazo de alrededor de 800 millones de años para su aparición y posterior evolución hasta el estadio bacteriano.

    Pero durante sus primeros cientos de millones de años de existencia la Tierra era poco más que una enorme bola incandescente que no era capaz de albergar ningún tipo de vida. Además, hace alrededor de 4000 millones de años el planeta estuvo sometido a frecuentes y violentos impactos de asteroides (el LHB, o Bombardeo Intenso Tardío) que causaron cataclismos de tal magnitud que aniquilarían cualquier atisbo de vida en la corteza terrestre. Así pues, o bien la vida surgió y evolucionó en unas condiciones extremadamente difíciles para ella, o bien el período de tiempo de que disfrutó la vida para surgir y evolucionar hasta el estadio de la bacteria se reduce a apenas 200 millones de años




    Ahora bien, ¿es suficiente un período de entre 200 y 800 millones de años para que la primera forma de vida simple evolucione, por medio de la selección natural, hasta el grado de complejidad de las bacterias? Comparemos esa evolución primigenia con la posterior: durante 3000 millones de años la vida en la Tierra se limitó a organismos unicelulares procariotas (bacterias y arqueas), sin que éstos evolucionasen hacia organismos más complejos. Contrasta, pues, la excesiva rapidez evolutiva de la vida primigenia con su posterior estancamiento durante un período mucho mayor.

    ¿Y qué hay de la aparición misma de la vida? Ese período de 200-800 millones de años… ¿es lo suficientemente largo como para que la vida pueda surgir a partir de la materia inanimada? Lo desconocemos. A priori parece poco tiempo (a escala geológica, por supuesto), pero tal vez exista algún tipo de tendencia natural hacia una mayor complejidad química cuando se dan ciertas condiciones físicas. Sin embargo, y pese a que es cierto que Miller y Urey demostraron en su famoso experimento que en determinadas circunstancias se forman espontáneamente moléculas orgánicas a partir de sustancias simples, desde entonces, y pese a todos los intentos que se han realizado, no hemos sido capaces de ir mucho más allá y reproducir la aparición de la vida (o siquiera de algún antecedente remoto de la misma) en un laboratorio.

    En cualquier caso la aparición de la vida dependió de una serie de circunstancias muy concretas y especiales: la existencia de un planeta rocoso y con elementos complejos situado en la zona de habitabilidad de su estrella, una órbita alrededor de la misma lo suficientemente estable, la presencia de agua, una atmósfera que proteja al planeta de los rayos cósmicos y la radiación ultravioleta… La mezcla de todos esos factores permitió la aparición de moléculas cada vez más complejas que, en algún momento, y sin que sepamos cómo ni por qué (quizá por mero azar), comenzaron a ser capaces de autorreplicarse. Ese suceso, ya extremadamente afortunado de por sí, contó a continuación con la ayuda de otras circunstancias igualmente propicias: o bien esa molécula apareció no una vez sino en gran número, lo suficientemente elevado como para asegurar su supervivencia a largo plazo, o bien las pocas moléculas autorreplicantes que aparecieron consiguieron sobrevivir (de algún modo casi milagroso) en un medio ambiente probablemente hostil. A partir de ahí la selección natural hizo su trabajo, pero no cabe duda de que las circunstancias favorables que casualmente tuvieron que darse (¡todas al mismo tiempo!) para que surgiese y se mantuviese la vida convierten a ésta en un fenómeno extremadamente improbable. Tanto que es extraño que se haya dado jamás.



    Y sin embargo aquí estamos. Por improbable que fuese el surgimiento de la vida, sucedió al menos una vez. El teorema de los monos infinitos 
afirma que infinitos monos pulsando al azar las teclas de infinitos ordenadores durante un tiempo infinito terminarían por escribir las obras completas de Shakespeare, y del mismo modo en un Universo infinito, formado por infinitos planetas, tarde o temprano han de darse las condiciones adecuadas para que cualquier evento posible, por muy improbable que sea, pueda suceder. Lo curioso es que en nuestro planeta sucedió más pronto que tarde: en cuanto estuvo mínimamente preparado para ello.

    Eso no tendría nada de extraño si suponemos que las condiciones de nuestro planeta en aquel momento eran propicias para el surgimiento de la vida. Indudablemente un ambiente favorable ayuda a aumentar las probabilidades de que suceda un fenómeno tan extraordinario. Continuando con ese razonamiento, si las condiciones de la Tierra eran tan propicias para la aparición de la vida, hasta el punto de que ésta apareció enseguida, debió hacerlo no una sino varias veces de forma independiente, de distintas formas y por tanto con códigos genéticos diferentes. Quizá una de esas formas de vida (la nuestra) se impusiese a las demás, pero no cabe duda de que en algún momento coexistieron a la vez, del mismo modo que nuestra especie particular coexistió durante miles de años con otras especies del género homo antes de imponerse a las demás.

    Sin embargo, y sorprendentemente, no conocemos a ningún descendiente directo de ninguna otra forma de vida alternativa (todas las especies conocidas compartimos el mismo código genético), ni tenemos pruebas de que tales otras formas de vida hayan aparecido jamás. Hasta donde sabemos la vida apareció una única vez. Es más: tampoco tenemos pruebas de la transición gradual entre la materia inerte y las primeras bacterias.

    Así pues, y recapitulando….

    a) La vida apareció muy pronto en la Tierra, en cuanto el planeta se hizo mínimamente habitable e incluso tal vez antes.

    b) A pesar de aparecer tan rápido, como si lo hubiese hecho en cuanto tuvo oportunidad de hacerlo, la vida sólo apareció una única vez. No tenemos prueba alguna de que haya surgido más veces.

    c) La forma de vida más primitiva que hemos encontrado se encuentra ya al nivel evolutivo de las bacterias, a pesar de que el tiempo que tuvieron las primeras moléculas autorreplicantes para evolucionar hasta las bacterias fue bastante limitado.

    d) No tenemos prueba alguna de ninguna forma de vida intermedia entre las primeras moléculas autorreplicantes y las primeras bacterias.

    e) Contrasta la velocidad evolutiva de las primeras formas de vida con los miles de millones de años siguientes en los que las bacterias dominaron la Tierra sin evolucionar hacia otras formas de vida más complejas.

    Ante este panorama, es tentador preguntarse si realmente la vida apareció por primera vez en la Tierra o si más bien llegó a ésta ya en forma de bacterias procedentes de algún otro planeta en el que, esta vez sí, hubiese surgido la primera forma de vida. Esa posibilidad nos proporcionaría unos cuantos miles de millones de años más de tiempo para que la vida pueda surgir y evolucionar desde su forma más simple hasta la complejidad bacteriana. Asimismo es posible que en ese otro planeta hubiera unas condiciones lo suficientemente óptimas para el surgimiento de la vida, tanto como para que ésta haya podido surgir y evolucionar varias veces de forma independiente.



    ¿Pero cómo habría llegado la vida a la Tierra desde ese planeta? La existencia de los organismos extremófilos demuestra la increíble capacidad de adaptación de la vida microbiana, pero aún así cuesta creer que ningún ser vivo, por resistente que sea, pueda sobrevivir a un viaje interestelar desde algún planeta situado a decenas de años-luz (como mínimo). Tengamos en cuenta que la duración de ese viaje podría haber sido de miles o incluso decenas de miles de años, en unas condiciones absolutamente hostiles para cualquier ser vivo.

    Pero hay otra posibilidad: que esas bacterias fuesen protegidas intencionadamente para sobrevivir a ese viaje.

    Recordemos además que la vida en la Tierra no apareció en cualquier momento de su historia, al azar, sino justo en cuanto el planeta reunió unas condiciones mínimas de habitabilidad, o en cuanto estuvo a punto de hacerlo. ¿Se trató de una mera casualidad o fue más bien una decisión deliberada?

    La idea de que la aparición de la vida en la Tierra sea el resultado de un experimento biológico realizado por una civilización extraterrestre hace nada menos que 4000 millones de años (cuando nuestro Universo ya contaba con una edad de casi 10.000 millones de años) es turbadora y puede parecer terreno de la ciencia-ficción, pero es absolutamente verosímil. Ya en 1961 el astrónomo Carl Sagan propuso colonizar Venus mediante algas microscópicas, idea que la propia NASA llegó a considerar seriamente. Otras civilizaciones extraterrestres que cuenten con la tecnología necesaria para ello podrían haber llevado a la práctica ese tipo de planes. La vida siempre tiende a extenderse.

    Podemos incluso imaginar a una civilización que, consciente de que la vida ha surgido en su propio planeta por primera y única vez en todo el Universo (y por tanto con una importancia cósmica fundamental), decidan colonizar biológicamente la mayor cantidad de planetas posibles. Esos hipotéticos «sembradores de vida» rastrearían las galaxias en busca de candidatos a ser colonizados, planetas recién formados y que reúnen las condiciones necesarias para albergar la vida, como fue la propia Tierra hace 4000 millones de años. Tal vez incluso hayan continuado observando posteriormente cómo evoluciona la vida en cada uno de esos planetas…

    Si tal hipótesis fuese cierta se daría la curiosa paradoja de que el Universo entero rebose vida por todas partes… aunque ésta haya surgido a partir de la materia inerte una única vez.


©JRGA

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