Jesús de Nazaret IV: primeros años
Los evangelios I: introducción a los evangelios
Los evangelios II: el problema sinóptico
Los evangelios III: autores y composición
Jesús de Nazaret I: nacimiento
Los primeros años de Jesús de Nazaret son una de las etapas más difíciles de reconstruir históricamente, y en los evangelios impera el silencio sobre sus primeros treinta años.
Sólo el evangelio de Lucas describe (Lc 2:41-52) un único episodio de la vida de Jesús entre la infancia y el comienzo de su vida pública: cuando contaba con 12 años de edad subió a Jerusalén junto con sus padres para celebrar la Pascua judía; al finalizar ésta, y volviendo ya a Galilea, María y José creían que Jesús iba con otros familiares o conocidos, pero tras un día de camino se dieron cuenta de que en realidad no estaba en la comitiva, por lo que volvieron a Jerusalén para buscarle. Tres días después le encontraron por fin en el Templo conversando con los maestros de la Torah, quienes se sorprendían de su comprensión y sus respuestas. Jesús, al ser reprendido por su madre, les contesta: “¿No sabíais que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?”.
Si bien es posible que el relato contenga un núcleo histórico real (quizás que Jesús se perdió durante una peregrinación a Jerusalén y fue hallado en el Templo) procedente de alguna tradición oral, incluso familiar, la mayor parte de su contenido parece puramente legendario. Sin ir más lejos, la idea de que un niño de doce años dialogue en pie de igualdad con grandes maestros religiosos resulta de por sí bastante inverosímil. Sin embargo, la presentación de grandes figuras como niños extraordinarios es un motivo que aparece con frecuencia en antiguas biografías, y a Lucas le sirvió para mostrar que ya de niño Jesús poseía una sabiduría excepcional y una relación especial con Dios. Por otro lado, el episodio contiene varios elementos simbólicos, como la edad de Jesús (doce tribus de Israel, doce apóstoles, etc.) o los tres días que aparece separado de sus padres (un probable paralelismo con su resurrección al tercer día). Finalmente, el relato proviene de una única fuente (Lucas), sin que veamos nada parecido en Marcos, Mateo o Juan, ni tampoco en las cartas de Pablo de Tarso o en ninguna otra fuente independiente de los evangelios.
Más allá de ese único episodio que encontramos en Lucas, los evangelios guardan silencio sobre la vida de Jesús antes del inicio de su vida pública, en torno a los 30 años. En ocasiones se ha pretendido llenar tal vacío con todo tipo de especulaciones: que viajó a la India, que estuvo en Egipto, que aprendió entre los esenios, que contactó con tradiciones budistas o persas… Ninguna de esas posibilidades cuenta con evidencia histórica alguna.
En realidad, si los evangelios no nos dicen nada sobre ese período es, sencillamente, porque no había nada que decir. Es de suponer que la vida de Jesús transcurrió con total normalidad, con los suyos y en Nazaret, y que durante sus primeros treinta años no hizo nada que llamase especialmente la atención: se alfabetizó (hablaba arameo, hebreo para los textos religiosos y quizás algo de griego), recibió algún tipo de formación religiosa (conocía bien las Escrituras judías), trabajó (probablemente como constructor, como ya vimos en un artículo anterior), convivió con su familia, acudió a las celebraciones religiosas habituales y vivió como un judío galileo corriente. Tanto es así que, cuando años después comenzó a predicar, sus propios vecinos reaccionaron con sorpresa en Mc 6:3: “¿No es éste el carpintero, el hijo de María?”. Esa frase indica que Jesús era conocido como el tékton (carpintero, albañil o constructor en griego) local del pueblo. Y si bien no disponemos de ninguna prueba en ese sentido, es muy posible que trabajase con su padre en Séforis, una ciudad cercana a Nazaret (la más grande de Galilea, según Flavio Josefo) que en aquella época estaba siendo reconstruida.
Lo que sí parece claro es que, al comienzo de su actividad pública, Jesús tenía en Cafarnaúm su principal centro de actividad, tal vez porque previamente se había mudado allí con su familia desde Nazaret. En efecto, en Mateo 4:12-13 se nos dice que “cuando Jesús oyó que Juan [el Bautista] estaba preso, volvió a Galilea, y dejando a Nazaret, vino y habitó en Cafarnaúm, ciudad marítima”. También Marcos nos dice en 2:1 que “entró Jesús otra vez en Cafarnaúm después de algunos días”, mientras que Juan 2:12 afirma que después de las bodas de Caná “descendieron a Cafarnaúm, él, su madre, sus hermanos y sus discípulos; y estuvieron allí no muchos días”, lo que sugiere que posiblemente toda la familia vivía allí.
Las tentaciones en el desierto
El silencio de los evangelios sobre la vida de Jesús se interrumpe para relatar su supuesta retirada al desierto. Según Marcos (1:12-13), “el Espíritu lo impulsó al desierto. Estuvo en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás; estaba entre las fieras y los ángeles le servían”. Mateo (4:1-11) y Lucas añaden a ese episodio las famosas tentaciones: el Diablo tienta a Jesús con convertir las piedras en pan para saciar su hambre; con arrojarse desde el Templo de Jerusalén para ser salvado por los ángeles; y con recibir poder sobre todos los reinos del mundo a cambio de adorarle. Por supuesto, Jesús supera las tres pruebas sin dejarse tentar en ninguna de ellas.
El episodio también parece ser meramente simbólico, expresando cómo Jesús logró vencer las tentaciones de la prosperidad material, el poder terrenal y la gloria espiritual. Tampoco parece casual que cuarenta días fuese precisamente la duración del viaje de Elías y de la estancia de Moisés en el monte, y cuarenta los años que Israel pasó deambulando por el desierto tras la salida de Egipto y antes de la llegada a la tierra prometida.
Sin embargo, de nuevo es probable que el relato contenga un poso de realidad histórica. Y es que esa retirada al desierto quizás guarde relación con una posible etapa de Jesús junto a Juan el Bautista y su movimiento en el desierto del Jordán, antes de iniciar su propia predicación por Galilea.
Juan el Bautista y su identificación con Elías
Pero comencemos por explicar quién era Juan el Bautista. El evangelio de Marcos comienza precisamente describiéndolo de la siguiente manera:
“Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Como está escrito en Isaías el profeta: ‘He aquí yo envío mi mensajero delante de tu faz, el cual preparará tu camino delante de ti. Voz del que clama en el desierto: preparad el camino del Señor; enderezad sus sendas’. Bautizaba Juan en el desierto, y predicaba el bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados. Y salían a él toda la provincia de Judea, y todos los de Jerusalén; y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados. Y Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un cinto de cuero alrededor de sus lomos; y comía langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo: Viene tras mí el que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar encorvado la correa de su calzado. Yo a la verdad os he bautizado con agua; pero él os bautizará con Espíritu Santo.” (Mc 1:4-8).
El evangelio de Mateo, por su parte, nos dice:
“En aquellos días Juan el Bautista se presentó predicando en el desierto de Judea, y decía: Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos se ha acercado. Éste es aquel de quien el profeta Isaías dijo: “Una voz clama en el desierto: preparen el camino del Señor; enderecen sus sendas”. Juan usaba un vestido de pelo de camello, llevaba un cinto de cuero alrededor de la cintura, y se alimentaba de langostas y miel silvestre. A él acudía la gente de Jerusalén y de toda Judea, y de toda la provincia cercana al río Jordán, y allí en el Jordán la gente confesaba sus pecados y Juan los bautizaba. Cuando él vio que muchos de los fariseos y de los saduceos venían a su bautismo, les decía: '¡Generación de víboras! ¿Quién les enseñó a huir de la ira venidera? Produzcan frutos dignos de arrepentimiento, y no crean que pueden decir: Tenemos a Abraham por padre, porque yo les digo que aun de estas piedras Dios puede levantar hijos a Abraham. El hacha ya está lista para derribar de raíz a los árboles; por tanto, todo árbol que no dé buen fruto será cortado y echado en el fuego. A decir verdad, yo los bautizo en agua en señal de arrepentimiento, pero el que viene después de mí, de quien no soy digno de llevar su calzado, es más poderoso que yo. Él los bautizará en Espíritu Santo y fuego. Ya tiene el bieldo en la mano, de modo que limpiará su era, recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en un fuego que nunca se apagará'". (Mt 3:1-12).
Tanto Marcos como Mateo afirman que Juan vestía con “pelo de camello” y un “cinto de cuero alrededor de sus lomos”, claras referencias a la vestimenta de Elías, el profeta del siglo IX a.C. que vestía con “una capa peluda y un cinturón de cuero en la cintura”. Según las Escrituras, Elías no murió, sino que un “carro de fuego” se lo llevó al cielo, razón por la cual desde entonces se asumía que seguía vivo y que algún día regresaría. En tiempos de Jesús era una creencia común que Elías volvería a aparecer justo antes de los días del Mesías, y de hecho el profeta Malaquías (siglo V a.C.) así lo había vaticinado:
“He aquí, yo os envío al profeta Elías, antes de que venga el día de Yahveh, grande y terrible. Él hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición”. (Malaquías 4, 5-6).
Así pues, al identificar a Juan el Bautista con Elías, Marcos y Mateo pretenden aportar una “prueba” del mesianismo de Jesús, puesto que el Mesías debía aparecer inmediatamente después de la reaparición de Elías.
Ahora bien, resulta curioso que Lucas evite identificar directamente a Juan con Elías (aunque en Lc 1:17 sí dice que actuaría “con el espíritu y el poder de Elías”), hasta el punto de que no menciona en ningún momento la vestimenta de Juan ni cita las frases de Jesús en las que éste lo identifica con Elías. Lucas llega incluso a narrar el encarcelamiento de Juan antes de mencionar el bautismo de Jesús, que relata sin decir expresamente quién lo bautizó:
“Entonces Herodes el tetrarca, siendo reprendido por Juan a causa de Herodías, mujer de Felipe su hermano, y de todas las maldades que Herodes había hecho, sobre todas ellas, añadió además esta: encerró a Juan en la cárcel. Aconteció que cuando todo el pueblo se bautizaba, también Jesús fue bautizado; y orando, el cielo se abrió, y descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como paloma, y vino una voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado, en ti tengo complacencia”. (Lc 3:19-22).
Por otro lado, cuando Juan anuncia la futura llegada del Mesías, no dice “viene detrás de mí”, como lo hacen los demás evangelios, sino “viene uno más poderoso que yo”, fórmula que ya no implica la misma inmediatez y por tanto ya no aparece abriéndole el camino como precursor:
“Como el pueblo estaba en expectativa, preguntándose todos en sus corazones si acaso Juan sería el Cristo, respondió Juan, diciendo a todos: Yo a la verdad os bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. Su aventador está en su mano, y limpiará su era, y recogerá el trigo en su granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará. Con estas y otras muchas exhortaciones anunciaba las buenas nuevas al pueblo”. (Lc 3:15-18).
Por su parte, el Juan de Lucas jamás señala a Jesús, ni habla directamente de él, ni lo presenta como el enviado de Dios. Y en cuanto al cuarto evangelio, niega directamente la identificación entre Juan y Elías: “Y le preguntaron [a Juan el Bautista]: ¿qué pues? ¿Eres tú Elías? Dijo: no soy. ¿Eres tú el profeta? Y respondió: no”. (Jn 1:21).
Aparte de los evangelios tenemos otra fuente muy importante para conocer a Juan el Bautista: el historiador judío romanizado Flavio Josefo. En efecto, en sus Antigüedades judías (18 5.2) Juan es descrito, al igual que en los evangelios, como un predicador que actuaba en el desierto:
"Algunos judíos creyeron que el ejército de Herodes había perecido por la ira de Dios, sufriendo el condigno castigo por haber muerto a Juan, llamado el Bautista. Herodes lo hizo matar, a pesar de ser un hombre justo que predicaba la práctica de la virtud, incitando a vivir con justicia mutua y con piedad hacia Dios, para así poder recibir el bautismo. Era con esta condición que Dios consideraba agradable el bautismo; se servían de él no para hacerse perdonar ciertas faltas, sino para purificar el cuerpo, con tal que previamente el alma hubiera sido purificada por la rectitud. Hombres de todos lados se habían reunido con él, pues se entusiasmaban al oírlo hablar. Sin embargo, Herodes, temeroso de que su gran autoridad indujera a los súbditos a rebelarse, pues el pueblo parecía estar dispuesto a seguir sus consejos, consideró más seguro, antes de que surgiera alguna novedad, quitarlo de en medio, de lo contrario quizá tendría que arrepentirse más tarde, si se produjera alguna conjuración. Es así como por estas sospechas de Herodes fue encarcelado y enviado a la fortaleza de Maqueronte, de la que hemos hablado antes, y allí fue muerto. Los judíos creían que en venganza de su muerte fue derrotado el ejército de Herodes, queriendo Dios castigarlo”.
Como vemos, Josefo no aporta dato alguno que vincule a Juan con Elías, por lo que no podemos saber si esa identificación se remontaba al propio Bautista o surgió posteriormente entre los seguidores de Jesús con el objetivo de identificar asimismo a Jesús con el Mesías. Es incluso posible que se remonte al propio Jesús para resaltar su propia mesianidad, como parece sugerir la tradición conservada en Mateo:
“Entonces los discípulos le preguntaron a Jesús: ¿Por qué dicen los maestros de la ley que Elías tiene que venir primero? Sin duda Elías viene, y restaurará todas las cosas -respondió Jesús-. Pero les digo que Elías ya vino, y no lo reconocieron, sino que hicieron con él todo lo que quisieron. De la misma manera va a sufrir el hijo del hombre a manos de ellos. Entonces entendieron los discípulos que les estaba hablando de Juan el Bautista”. (Mt 17:10-13).
Jesús como discípulo de Juan
La relación entre Juan y Jesús parece haber sido bastante más estrecha de lo que dejan entrever los evangelios. Y es que en ellos encontramos ciertos indicios de que, antes de comenzar su vida pública y su predicación por Galilea, Jesús pudo formar parte durante algún tiempo del movimiento de Juan el Bautista, tal vez como discípulo suyo. Uno de los indicios más evidentes en ese sentido es el bautismo de Jesús por Juan, un episodio sobre el que volveremos más adelante, pero también encontramos declaraciones del propio Jesús (“en verdad os digo que entre los nacidos de mujer no se ha levantado nadie mayor que Juan el Bautista”, Mt 11:11) que demuestran su admiración por él. Que Jesús fuese discípulo de Juan explicaría la retirada al desierto que hemos tratado anteriormente, no en solitario, sino junto a la comunidad de discípulos del Bautista. No hay que olvidar que el cuarto evangelio dice que al menos dos de los discípulos de Jesús (uno de los cuales era Andrés, el hermano de Pedro) lo habían sido previamente de Juan (Jn 1:37 y 40), y la asociación entre ambos debía ser lo suficientemente estrecha como para que hubiese quienes los confundieran. Así, Mc 8:27-28 dice: “Y en el camino preguntó a sus discípulos, diciéndoles: ¿Quién dicen los hombres que soy yo? Ellos respondieron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas”. También encontramos una confusión similar en Mc 6:14-16: “Oyó el rey Herodes la fama de Jesús, porque su nombre se había hecho notorio; y dijo: Juan el Bautista ha resucitado de los muertos, y por eso actúan en él estos poderes. Otros decían: Es Elías. Y otros decían: Es un profeta, o alguno de los profetas. Al oír esto Herodes, dijo: Este es Juan, el que yo decapité, que ha resucitado de los muertos”.
Por tanto, resulta tentador pensar que el grupo de Jesús y sus discípulos constituyó una escisión de la comunidad de Juan, surgida probablemente a raíz del encarcelamiento de éste. Esta posibilidad encaja bien con la secuencia que presenta Marcos: “Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea proclamando el evangelio de Dios” (Mc 1:14).
Una de las prácticas que acabarían compartiendo el movimiento de Juan y los primeros cristianos fue precisamente el bautismo. Pero Juan 4:2 nos dice que “Jesús no bautizaba, sino sus discípulos”, y en realidad tampoco está nada claro que los discípulos de Jesús practicasen el bautismo, al menos en vida de éste. Los relatos evangélicos que apuntan en ese sentido parecen reflejar más bien las prácticas de los primeros cristianos tras la muerte de su maestro. Pero si Jesús no bautizaba... ¿por qué los primeros cristianos sí comenzaron a hacerlo? Evidentemente, el antecedente del bautismo de Juan está ahí, y parece probable que tanto Jesús como sus discípulos, o al menos parte de ellos, fuesen bautizados por él. Por tanto, cabe pensar que los primeros cristianos, después de la muerte de Jesús, considerasen que estar bautizado era un requisito para entrar en el inminente reino de Dios.
La rivalidad entre las dos comunidades
Por lo que se ve, los seguidores de Juan el Bautista debían constituir una comunidad bastante potente no sólo en tiempos de la predicación de Jesús, sino incluso mucho después. Así lo demuestran dos pasajes de Hechos de los Apóstoles:
"Llegó entonces a Éfeso un judío llamado Apolos, natural de Alejandría, varón elocuente, poderoso en las escrituras. Éste había sido instruido en el camino del Señor; y siendo de espíritu fervoroso, hablaba y enseñaba diligentemente lo concerniente al Señor, aunque solamente conocía el bautismo de Juan”. (Hc 18:24-25)
Y:
“Mientras Apolo estaba en Corinto, Pablo cruzó la región montañosa y llegó a Éfeso, donde encontró a varios creyentes. Les preguntó: ¿recibieron ustedes el Espíritu Santo cuando se hicieron creyentes? Ellos le contestaron: ni siquiera habíamos oído hablar del Espíritu Santo. Pablo les preguntó: pues ¿qué bautismo recibieron ustedes? Y ellos respondieron: el bautismo de Juan. Pablo les dijo: sí, Juan bautizaba a los que se volvían a Dios, pero les decía que creyeran en el que vendría después de él, es decir, en Jesús. Al oír esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús; y cuando Pablo les impuso las manos, también vino sobre ellos el Espíritu Santo, y hablaban en lenguas extrañas, y comunicaban mensajes proféticos. Eran entre todos unos doce hombres”. (Hc 19:1-7).
Estos pasajes son importantes porque indican que en los años 50 del siglo I, varias décadas después de la actividad de Juan, aún existía una comunidad de discípulos suyos en un lugar tan alejado del Jordán como Éfeso, en Asia Menor. Esa tradición pudo sobrevivir durante mucho más tiempo, y en ese sentido resulta especialmente interesante el mandeísmo, una religión de Oriente Medio que concede un papel destacado a Juan el Bautista (Yahia-Yohanna, en su tradición) y conserva tradiciones muy críticas con Jesús, presentado en algunos de sus textos como un falso mesías.
Otra cuestión que podemos inferir de ambos pasajes es que los seguidores de Juan el Bautista mantuvieron una identidad propia frente a los primeros cristianos, con quienes parece haber existido cierta rivalidad. A esa diferenciación apunta también Marcos 2:18: “Y los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunaban; y vinieron, y le dijeron: ¿Por qué los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunan, y tus discípulos no ayunan?”. A tenor de dicha rivalidad, resulta lógico que los seguidores de Jesús pretendieran atraer a los discípulos de Juan a su causa, tal y como hizo Pablo en el pasaje de Hechos de los Apóstoles citado. En realidad, los propios evangelios no son ajenos a esa estrategia cuando presentan a Juan como pariente de Jesús (Lc 1:36), o cuando Mateo (11:2-6) y Lucas (7:18-23) le hacen preguntar si Jesús es el mismísimo Mesías (“¿Eres tú el que ha de venir, o esperamos a otro?”), una duda que en el cuarto evangelio, redactado posteriormente a Mateo y Lucas, se convierte en auténtica certeza: Juan reconoce a Jesús como el Mesías de principio a fin, llegando incluso a llamarlo “el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo” poco después de su bautismo.
El bautismo de Jesús
Todo ello parece responder a una misma estrategia: vincular lo suficiente a los dos personajes como para eliminar cualquier rivalidad entre ambos, pero dejando al mismo tiempo clara la primacía mesiánica de Jesús y el papel de Juan como mero precursor de éste. Sin embargo, había un hecho difícil de conciliar con esa pretendida superioridad de Jesús sobre Juan: que el propio Jesús hubiese sido bautizado por éste, un episodio reconocido tanto por Marcos como por Mateo (Lucas no dice que fuese Juan quien le bautizó, y el cuarto evangelio no menciona el bautismo) y que el autor de Mateo se vio obligado a justificar de una extraña manera:
“Jesús fue de Galilea al río Jordán, donde estaba Juan, para que éste lo bautizara. Al principio Juan quería impedírselo, y le dijo: yo debería ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Jesús le contestó: déjalo así por ahora, pues es conveniente que cumplamos toda justicia. Entonces Juan consintió”. (Mt 3:13-15).
Curiosamente, el evangelio de Marcos, el más antiguo de los cuatro, no conoce ese diálogo, y su versión del bautismo es mucho más sencilla: “Jesús vino de Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán” (Mc 1:9). Por ello, el bautismo de Jesús por Juan es probablemente histórico: resulta difícil imaginar que los primeros cristianos hubiesen inventado que Juan bautizó a Jesús, y no al revés, dado que recibir su bautismo podía sugerir una posición de subordinación respecto a él. De ahí que la reticencia de Juan a bautizar a Jesús sólo se encuentre en Mateo, y es por ello que resulta claramente sospechosa de no ser histórica.
La relación entre Jesús y Juan terminó bruscamente con la ejecución de éste por Herodes Antipas, un hecho tan inesperado para Jesús que pudo suponerle un shock importante, tal y como se intuye en Mateo 14:12-13, donde se nos dice que al conocer la noticia se retiró apenado a estar solo:
“Entonces llegaron sus discípulos, y tomaron el cuerpo y lo enterraron; y fueron y dieron las nuevas a Jesús. Oyéndolo Jesús, se apartó de allí en una barca a un lugar desierto y apartado”.
La muerte de Juan demostró además a Jesús, y de una manera muy concreta, qué podía ocurrirle a un predicador religioso con cierta repercusión pública. Un aviso a navegantes del que Jesús debió tomar muy buena nota…
©JRGA

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