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    En la antigüedad la religión desempeñaba un papel esencial en la sociedad. No sólo influía en la vida de las personas desde su nacimiento, moldeando costumbres a través de sacrificios, oraciones, festivales y peregrinaciones, sino que además trascendía el ámbito individual y la fe personal: era el pilar central sobre el que se edificaban las sociedades.  

    Para empezar, y ante la ausencia de la ciencia moderna, las religiones proporcionaban respuestas a cuestiones fundamentales sobre la existencia, el origen del mundo y el destino del ser humano. Explicaban fenómenos naturales como las estaciones o las enfermedades, atribuyéndolos con frecuencia a la intervención de dioses, espíritus o fuerzas cósmicas; brindaban consuelo ante el sufrimiento humano y proponían caminos para superarlo (a través de rituales, buenas acciones o iluminación espiritual); y también ofrecían la esperanza en una vida futura mejor, ya fuese en el más allá o en una próxima reencarnación.

    Pero la religión servía también para legitimar el poder de los gobernantes, que a menudo eran considerados elegidos por los dioses o incluso dioses en sí mismos. Más aún: la religión también establecía normas morales y sociales que, más allá de su dimensión espiritual, organizaban la convivencia y estructuraban el orden social. En un mundo sin códigos legales modernos, la religión ofrecía normas de conducta que regulaban el comportamiento individual y social, y que eran fundamentales para la estabilidad política y la cohesión social. Y cuando aún faltaban milenios para el surgimiento del concepto moderno de nación, la religión actuaba como un elemento unificador de las sociedades: todos los miembros de una comunidad religiosa compartían creencias y rituales comunes. Eso proporcionaba una identidad colectiva que trascendía las diferencias tribales o regionales, lo que ayudaba a estabilizar los diferentes pueblos e imperios.


Primer acto: Asia, siglo VI a.C.


    En este escenario, durante el siglo VI a.C. se produjo un curioso fenómeno: en un lapso de no más de treinta años (aproximadamente entre el 550 a.C. y el 520 a.C.), surgieron en distintos puntos de Asia figuras que transformarían por completo el panorama religioso del continente. En China aparecieron Confucio y Lao Tsé; en la India emergieron Buda y Mahavira; mientras que en Persia los textos antiguos sitúan la aparición de Zoroastro en este mismo período. 




    A pesar de sus diferencias, todos esos pensadores compartían notables similitudes: todos se opusieron a los excesos de las tradiciones religiosas de su tiempo, así como a las prácticas religiosas corruptas y supersticiosas; todos promovieron una vida virtuosa y moral, fundamentada en la sabiduría y la reflexión, con el objetivo de mejorar tanto al individuo como a la sociedad en su conjunto; todos hablaron de un orden cósmico o moral con el que los humanos deben alinearse para vivir correctamente (el Dharma para Buda y Mahavira, el Tao para Lao Tsé, el Mandato del Cielo para Confucio, etc.); todos coincidieron en condenar la violencia y la maldad como fuentes de sufrimiento y desorden; y todos ellos tenían una visión ajena a cualquier fe ciega o dogmática, mostrándose a favor de una espiritualidad práctica basada en el conocimiento, la ética y la autodisciplina.

    En definitiva, todos ellos fundaron o sistematizaron corrientes espirituales o filosóficas (budismo, jainismo, confucianismo, taoísmo y zoroastrismo) que influirían enormemente en las civilizaciones en las que surgieron y que, con el tiempo, se expandirían por toda Asia. Así, y aunque el jainismo permaneció limitado a la India, el budismo se propagó rápidamente por el continente. En la propia India desplazó a la antigua religión védica e influyó en la evolución del hinduismo tal y como las conocemos hoy, mientras que en el resto de Asia llevó a la transformación o sustitución de antiguos cultos animistas (como el sintoísmo japonés) y chamánicos más primitivos. El confucianismo y el taoísmo, por su parte, se consolidaron como los pilares del pensamiento chino, dejando una profunda influencia en su arte, medicina, filosofía y política, y con el tiempo también se expandieron a otros países asiáticos. Y por último el zoroastrismo desplazó a los antiguos cultos politeístas de Persia y se mantuvo como la religión oficial del país hasta la llegada del islam, varios siglos después. Su impacto también trascendió las fronteras persas, influyendo profundamente en el judaísmo, el cristianismo y el islam al introducir conceptos fundamentales como el monoteísmo, la lucha entre el bien y el mal, el juicio final, el cielo y el infierno. 


Segundo acto: Babilonia, circa 550-539 a.C.


    El libro de Isaías, parte del Antiguo Testamento, se atribuye tradicionalmente al profeta Isaías, quien vivió en el siglo VIII a.C. Sin embargo, hoy sabemos que los capítulos 40 al 55 fueron en realidad escritos por un autor desconocido entre el 550 y el 539 a.C., durante el exilio de los judíos en Babilonia. La identidad de este misterioso escritor, evidentemente culto y con acceso a las tradiciones proféticas de su pueblo, sigue siendo una incógnita, y las diferentes teorías al respecto varían desde algún tipo de líder religioso entre los judíos exiliados hasta un sacerdote o escriba vinculado al Templo hebreo.



    El llamado Deutero-Isaías (o “segundo Isaías”) se distingue del resto del libro no sólo por su estilo literario, sino también por el contexto histórico que refleja y, sobre todo, por su teología. Su mensaje se centra en la redención y restauración del pueblo de Israel durante el exilio babilónico, estableciendo un monoteísmo absoluto: Yahveh no sólo es el dios de Israel, sino el único Dios verdadero, soberano de todo el universo y todas las naciones. Hasta entonces, los hebreos no negaban la existencia de otros dioses; simplemente consideraban a Yahveh como su dios nacional, el único digno de adoración para Israel, del mismo que otros pueblos también tenían sus propios dioses. Este desarrollo teológico fue decisivo para la evolución del judaísmo y dejó una profunda huella en el cristianismo y el Islam, que heredaron esta concepción de Dios como único, absoluto y universal.

    Otro aspecto fundamental del Deutero-Isaías es la introducción del concepto del “Mesías sufriente” (el siervo de Yahveh), una figura que redimirá a la humanidad a través de su propio sufrimiento. A diferencia de otras profecías mesiánicas judías, que describen al Mesías como un líder político o militar destinado a liberar a Israel del dominio extranjero, el Mesías del Deutero-Isaías es un individuo pacífico, humilde y perseverante en su misión, que “traerá justicia a las naciones” a pesar de que “no gritará ni alzará su voz”. Su misión no se limita a restaurar el reino de Israel, sino que tiene un alcance universal. Es un enviado de Dios con el propósito de llevar la salvación a todos los pueblos… pero que sin embargo, lejos de recibir reconocimiento inmediato, será humillado, maltratado y sacrificado, aceptando su destino con resignación. Sólo después será reivindicado y exaltado, de modo que su injusto sufrimiento servirá como instrumento de redención para toda la humanidad:

    Fue despreciado y abandonado de los hombres, varón de dolores y familiarizado con el sufrimiento, y como uno de quien se oculta el rostro, le despreciamos y no le estimamos. Sin embargo, nuestros sufrimientos él ha llevado, nuestros dolores él los cargó sobre sí, mientras nosotros le hemos considerado azotado, golpeadísimo y abatido; y él traspasado por causa de nuestros pecados, molido por nuestras iniquidades; el castigo, precio de nuestra paz, cayó sobre él y por sus contusiones se nos ha curado. (…) Fue maltratado, pero él se doblegó y no abre su boca; es como cordero llevado al matadero y cual oveja ante sus esquiladores enmudecida, y no abre su boca. Del poder y el juicio fue cogido, y a su generación, ¿quién tiene en cuenta? Pues ha sido cortado de la tierra de los vivientes, por el crimen de su pueblo ha sido herido de muerte. Y se le ha asignado sepultura con los impíos y con los ricos su tumba, aunque él no había cometido violencia ni engaño hubiera en su boca. Pero a Yahveh ha complacido aplastarle con padecimiento. Si haces de su vida un sacrificio expiatorio, verá descendencia, prolongará sus días y el designio de Yahveh por medio de él prosperará”. (Isaías 53: 3-10).


Tercer acto: desde Jerusalén, circa 30 d.C., hasta la actualidad


    La idea del “Mesías sufriente” fue clave para el nacimiento del cristianismo. Como se ha mencionado, la expectativa judía sobre el Mesías estaba tradicionalmente ligada a la figura de un gran líder glorioso que restauraría la soberanía de Israel. Sin embargo, Jesús no encajaba en esa imagen: no fue un conquistador, ni derrotó a los enemigos de Israel, ni estableció un reino terrenal. Por el contrario, lo único que hizo fue morir. Sin el marco teológico del Deutero-Isaías, la noción de un Mesías destinado a sufrir, morir y luego ser glorificado habría sido inaceptable. Fue precisamente este texto el que permitió a los primeros cristianos reinterpretar la figura de Jesús y justificar su papel como el verdadero Mesías.

    Pero la existencia del Deutero-Isaías no fue el único factor que favoreció el surgimiento y la expansión del cristianismo. No hay que olvidar que, en aquel tiempo, el pueblo judío mantenía una fuerte expectativa sobre la inminente llegada de un Mesías que los liberara del domino romano. Además, la difusión del nuevo mensaje cristiano sería facilitada por el hecho de que la comunidad judía del siglo I ya estaba ampliamente dispersa por el Mediterráneo, una circunstancia que se acentuó aún más tras la destrucción de Jerusalén a manos de los romanos en el año 70 d.C. y que llevó a la diáspora judía a extenderse incluso a regiones tan lejanas como la China de la dinastía Han. 

    Por otro lado, la época en la que apareció Jesús fue un momento histórico excepcional. El Imperio Romano estaba a punto de alcanzar su máxima extensión territorial, lo que finalmente ocurrió durante el reinado de Trajano, a principios del siglo II. Así, la consolidación de la Pax Romana, junto con una extensa red de carreteras seguras y el uso de lenguas comunes (latín en el Mediterráneo occidental y griego koiné en el oriental), facilitó significativamente los viajes de los primeros misioneros cristianos. Además, las religiones paganas tradicionales del Mediterráneo empezaban a mostrar claros signos de desgaste y decadencia, hasta el punto de que comenzaron a ganar popularidad cultos mistéricos como el mitraísmo, lo que sin duda reflejaba una creciente búsqueda espiritual y preparó el terreno para la expansión del cristianismo. 



    Sin embargo, éste también contaba con una serie de características que favorecieron su propia expansión. En primer lugar, la muerte en la cruz de Jesús representó la máxima expresión de los valores de humildad y sacrificio por los demás que él mismo predicó, convirtiéndose en un ejemplo poderoso para quienes buscaban una fe basada en el amor y la entrega. En la narrativa cristiana, la muerte de Jesús no se interpretó simplemente como una condena injusta, sino como un acto voluntario de redención. Esta visión transformó lo que en el mundo romano era una ejecución reservada para criminales y esclavos en un acto supremo de nobleza y amor divino. Así, el cristianismo no sólo difundió el mensaje de Jesús, sino que lo presentó a través de su sacrificio. No es casualidad que los evangelios hayan sido descritos por el teólogo Martin Kähler como “narrativas de la pasión con una larga introducción”. 

    De esta manera se dio la paradoja de que la ejecución de Jesús, lejos de silenciar su mensaje, se convirtió en el punto de partida de su éxito y en el motor que impulsó su expansión. Al presentar a un Dios que sufre por la humanidad, esta nueva religión logró conectar profundamente con los marginados y oprimidos del Imperio Romano. La idea de que el Hijo de Dios se había humillado hasta la muerte por amor a la humanidad dio un sentido de dignidad a quienes carecían de ella en la estructura social romana, brindando esperanza y consuelo a los sectores más desfavorecidos.

    No es de extrañar, pues, que desde los primeros siglos los cristianos comenzaran a representar la cruz en su iconografía y a usarla como un signo de identidad, hasta consolidarla como el símbolo universal de la fe cristiana. Lejos de ser un emblema de la ignominia, el crucifijo se convirtió en un símbolo de esperanza y salvación, y desde los mosaicos bizantinos hasta las representaciones barrocas de la crucifixión, la imagen de Jesús sufriendo y muriendo ha sido una constante en el arte. Su muerte no sólo marcó un acontecimiento histórico, sino que se convirtió en el eje sobre el cual gira toda la doctrina cristiana.

    El ejemplo de Jesús en la cruz también sirvió como modelo para los primeros cristianos, quienes enfrentaron las persecuciones con la convicción de que su martirio los hacía semejantes a su maestro. Durante los siglos I y II, miles de cristianos fueron ejecutados en todo el Imperio Romano por negarse a renunciar a su fe, y muchos aceptaban su destino con valentía creyendo que su sacrificio los unía a Jesús y les garantizaba una resurrección similar a la suya. La veneración de los mártires como santos y la difusión de sus hazañas en los textos cristianos tuvieron un profundo impacto en la sociedad romana, donde la religión tradicional carecía de una dimensión de sacrificio personal comparable. Además, esta devoción atrajo a tantos seguidores que, en el siglo II, Tertuliano llegó a afirmar que “la sangre de los mártires es semilla de cristianos”.


 

   Ahora bien, por muy ejemplar que fuese su muerte, ¿cómo pudo ser tomado en serio un supuesto Mesías que murió sin cumplir sus objetivos? En la mentalidad judía del siglo I, el Mesías debía traer la liberación de Israel y restaurar el reino de Dios en la tierra. Aunque el Deutero-Isaías preveía la humillación y el sacrificio del Mesías, éste debía, de algún modo, triunfar finalmente sobre sus enemigos. Además, la crucifixión era una forma de ejecución especialmente deshonrosa para quien la sufría (“maldito por Dios es el colgado”, dice Deuteronomio 21:23), lo que hacía aún más difícil aceptar a Jesús como el Mesías esperado. De ahí que tras su muerte sus discípulos se encontrasen atemorizados y desorientados, hasta el punto de que el propio evangelio de Lucas menciona a dos de ellos diciendo con desesperanza “nosotros esperábamos que fuera él el que iba a liberar a Israel" (Lc 24:21). Algo similar ocurrió con otros líderes mesiánicos de la época, como Simón bar Kokhba, quien encabezó una revuelta contra Roma en el siglo II y tras cuya muerte su movimiento mesiánico se extinguió por completo. 

    Es probable, pues, que Jesús hubiese sido considerado simplemente otro falso mesías, como tantos otros a lo largo de la historia de Israel, y que sus discípulos hubieran abandonado la causa para regresar a sus vidas anteriores como pescadores y campesinos… si no fuera porque estaban convencidos de que había resucitado de entre los muertos. Sin la certeza de haberlo visto resucitado y de que había vencido a la muerte, difícilmente habrían encontrado la fuerza para predicar su mensaje, y mucho menos para arriesgar sus vidas por él, como finalmente hicieron. No es casualidad que Pablo afirmara que “si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana es también vuestra fe” (1 Corintios 15:14).

    Es importante tener en cuenta que, en la época de Jesús, varias corrientes dentro del judaísmo, especialmente los fariseos (cercanos a las ideas de Jesús), creían que la llegada del Mesías y el establecimiento del Reino de Dios en la tierra estarían acompañados por la resurrección de los muertos. Esta idea era recurrente en la literatura apocalíptica judía de aquellos años. Un ejemplo de ellos se encuentra Segundo Libro de Baruc, un texto apócrifo de finales del siglo I o principios del II, donde leemos (30: 2-5): “Y acontecerá después de estas cosas, cuando se cumpla el tiempo del advenimiento del Mesías, que Él volverá en gloria. Y todos los que durmieron en esperanza en él, resucitarán”. Sin embargo, esta creencia era aún más antigua y ya aparecía en diversos textos del Antiguo Testamento. En Daniel 12:2 (siglo II a.C.) se dice: “Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna y otros para vergüenza y horror eterno”. Mientras que en Isaías 26:19 (siglo VIII a.C.) leemos: “Tus muertos vivirán, sus cuerpos se levantarán. ¡Despertad y cantad, moradores del polvo! Porque tu rocío es cual rocío de luz, y la tierra dará a luz a sus muertos”. Dado que Jesús predicaba que el Reino de Dios ya había llegado, resultaba lógico que la resurrección de los muertos fuera parte de esa realidad. En ese contexto, la creencia en su propia resurrección encajaba perfectamente dentro de las expectativas mesiánicas de su tiempo. 

    Aun así, es probable que los seguidores de Jesús hubieran permanecido como un pequeño grupo dentro del judaísmo, sin una identidad propia, habiendo sido finalmente absorbidos por la historia y desapareciendo con el tiempo, como muchos otros grupos judíos del siglo I. Pero hubo un evento que marcó la diferencia, una visión muy específica de la resurrección de Jesús: la que, según la tradición, presenció San Pablo

    Saulo de Tarso, más tarde conocido como San Pablo, era un fariseo erudito y un ferviente perseguidor de los primeros discípulos de Jesús, a quienes consideraba una amenaza para la pureza de la fe judía. Su celo religioso lo llevó a participar activamente en la represión de la incipiente comunidad cristiana, como él mismo confiesa en una de sus cartas: “Porque ya habéis oído acerca de mi conducta en otro tiempo en el judaísmo, que perseguía sobremanera a la iglesia de Dios, y la asolaba; y en el judaísmo aventajaba a muchos de mis contemporáneos en mi nación, siendo mucho más celoso de las tradiciones de mis padres”. (Gálatas 1; 13-14).



    Sin embargo, todo cambió cuando, aproximadamente dos o tres años después de la muerte de Jesús, Pablo afirmó haberlo visto resucitado. Él mismo menciona esta aparición en su primera Epístola a los Corintios: “Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí, que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras, que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras, que se apareció a Cefas y luego a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen. Luego se apareció a Santiago; más tarde, a todos los apóstoles. Y en último término se me apareció también a mí como al más insignificante. Pues yo soy el último de los apóstoles, indigno del nombre de apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios” (1 Corintios 15: 3-9).

    Según el libro de Hechos de los Apóstoles, en esa visión Jesús convirtió a Pablo en “un instrumento escogido” para evangelizar “a los gentiles, a los reyes, y a los hijos de Israel” (Hechos 9:15). El propio Pablo confirma esta misión en su Epístola a los Gálatas: “Agradó a Dios (…) revelar a su Hijo en mí, para que yo le predicase entre los gentiles” (Gálatas 1:16). A partir de entonces, Pablo emprendió al menos tres viajes misioneros por el Imperio Romano, difundiendo su propia interpretación del cristianismo, ya desvinculada del judaísmo y su ley, y llevándola más allá de las comunidades judías para alcanzar a numerosos pueblos gentiles. Su primer viaje comenzó en Antioquía, pasó por Chipre y concluyó en Asia Menor; en el segundo recorrió Macedonia y Grecia, a donde regresaría también en el tercer viaje. A lo largo de estas misiones fundó o fortaleció varias iglesias cristianas, entre ellas las de Antioquía, Iconio, Listra, Derbe, Éfeso, Galacia y Troas en Asia Menor (actual Turquía), así como las de Filipos, Tesalónica, Berea y Corinto en Grecia.

    A partir de estas primeras comunidades, el cristianismo se expandió por todo el Mediterráneo durante los tres primeros siglos, alcanzando Roma, Cartago, la Galia, Hispania, Egipto e incluso las islas británicas. En ese período surgieron numerosas comunidades cristianas con visiones teológicas y religiosas muy diferentes, que giraban en torno a la interpretación que cada una hacía acerca de quién era Jesús. Así, podíamos encontrar desde los judeocristianos ebionitas, que consideraban a Jesús un hombre elegido por Dios pero no divino, hasta los gnósticos, que tendían a considerar que Cristo era un ser puramente espiritual y que su humanidad sólo era aparente, pasando por los docetas, que negaban que Jesús hubiera sufrido realmente en la cruz porque, según ellos, no poseía un cuerpo material auténtico.

    Curiosamente, la posición que finalmente terminó imponiéndose en el cristianismo fue la denominada "proto-ortodoxa", que daría origen a la Iglesia Católica y que se mantenía en un razonable término medio al considerar a Jesús tan humano como divino. Del mismo modo, y lejos de esa leyenda negra que acusa a los proto-ortodoxos de imponer sus propios textos religiosos por razones de poder, éstos seleccionaron los cuatro evangelios canónicos (Mateo, Marcos, Lucas y Juan), entre otros motivos, por su antigüedad, difusión geográfica y conexión con las tradiciones apostólicas. Actualmente, son considerados por la mayoría de los historiadores las fuentes cristianas más antiguas y relativamente más cercanas a los acontecimientos históricos. No olvidemos que los cuatro evangelios canónicos convivieron con otros evangelios apócrifos mucho más fantasiosos, como el Evangelio de la Infancia de Tomás, que presenta a un niño Jesús que modela pájaros de barro y les da vida, o que maldice a otros niños causándoles la muerte; o el Evangelio de Pedro, que describe una resurrección espectacular en la que una cruz sale caminando del sepulcro y habla.

    La consolidación de los cristianos proto-ortodoxos comenzó con la conversión del emperador Constantino, quien promulgó el Edicto de Milán del año 313 que garantizaba la libertad de culto de los cristianos. Posteriormente, con el Edicto de Tesalónica en el 380, el cristianismo se convirtió en la religión oficial del Imperio Romano, asegurando su arraigo en Europa y el norte de África. Tras la caída del Imperio Romano, la fe cristiana se propagó entre los pueblos germánicos, especialmente en los reinos francos bajo el reinado de Clodoveo I en el siglo V. Durante los siglos IX y X, se introdujo en Escandinavia y Rusia, mientras que el imperio bizantino la expandió por los Balcanes. Con la colonización europea de América a partir del siglo XVI, el cristianismo se impuso en el Nuevo Mundo. En los siglos posteriores, las misiones europeas lo llevaron al Lejano Oriente, el África subsahariana y Oceanía, completando así su expansión a nivel global



    
¿Sirvió de algo todo ello? Lo cierto es que la influencia que ha ejercido la religión cristiana en la ética moderna es innegable. Su concepción universalista de la moral, basada en la igualdad de todos los seres humanos ante Dios, fue determinante en la condena de prácticas como el infanticidio, común en la Roma antigua, y en el impulso de la abolición de la esclavitud en distintos períodos de la historia. De hecho, sus principios sentaron las bases de los modernos derechos humanos. Además, la noción del amor al prójimo y la caridad fomentó la creación de hospitales, orfanatos y otras instituciones de asistencia social, que con el tiempo se convirtieron en el germen de concepciones modernas como el socialismo y el Estado del Bienestar. 

    Por otro lado la Iglesia desempeñó un papel crucial en la conservación del conocimiento clásico durante la Alta Edad Media, evitando que muchas obras se perdieran por completo. Tras la caída de Roma en el siglo V, Europa occidental quedó sumida en el caos, afectada por las invasiones bárbaras y el colapso de la administración imperial. Sin embargo, los monasterios cristianos se convirtieron en los principales centros de estudio, copia y preservación de manuscritos, asegurando la transmisión del saber. La Regla de San Benito (siglo VI) promovía el estudio como parte fundamental de la vida monástica, lo que llevó a la copia y conservación de numerosos textos tanto cristianos como paganos en los scriptoria de los monasterios. Gracias a esta labor sobrevivieron obras fundamentales de Aristóteles, Platón, Cicerón y otros autores grecorromanos en un contexto de inestabilidad política y social. A partir de siglo XII la Iglesia impulsó la creación de universidades en Europa, como las de Bolonia, París y Oxford, donde se enseñaban tanto textos religiosos como filosofía y ciencia clásica. Además, la escolástica medieval, con pensadores como Santo Tomás de Aquino, buscó conciliar la fe cristiana con el pensamiento aristotélico, desarrollando la idea de un universo ordenado por leyes naturales comprensibles a través de la razón. Esta concepción allanó el camino para el desarrollo del método científico en la modernidad.

    Debo terminar este artículo citando un largo fragmento del Decamerón, obra escrita por Giovanni Bocaccio en 1353, en el que se nos relata la curiosa historia de Abraham el judío:

    Tal como yo, graciosas señoras, he oído decir, hubo en París un gran mercader y hombre bueno que fue llamado Giannotto de Civigní, lealísimo y recto y gran negociante en el rango de la pañería; y tenía íntima amistad con un riquísimo hombre judío llamado Abraham, que era también mercader y hombre harto recto y leal. Cuya rectitud y lealtad viendo Giannotto, empezó a tener gran lástima de que el alma de un hombre tan valioso y sabio y bueno fuese a su perdición por falta de fe, y por ello amistosamente le empezó a rogar que dejase los errores de la fe judaica y se volviese a la verdad cristiana, a la que como santa y buena podía ver siempre aumentar y prosperar, mientras la suya, por el contrario, podía distinguir cómo disminuía y se reducía a la nada. El judío contestaba que ninguna creía ni santa ni buena fuera de la judaica, y que en ella había nacido y en ella entendía vivir y morir; ni habría nada que nunca de aquello le hiciese moverse. Giannotto no cesó por esto de, pasados algunos días, repetirle semejantes palabras, mostrándole, tan burdamente como la mayoría de los mercaderes pueden hacerlo, por qué razones nuestra religión era mejor que la judaica.

    Y aunque el judío fuese en la ley judaica gran maestro, no obstante, ya que la amistad grande que tenía con Giannotto le moviese, o tal vez que las palabras que el Espíritu Santo ponía en la lengua del hombre simple lo hiciesen, al judío empezaron a agradarle mucho los argumentos de Giannotto; pero obstinado en sus creencias, no se dejaba cambiar. Y cuanto él seguía pertinaz, tanto no dejaba Giannotto de solicitarlo, hasta que el judío, vencido por tan continuas instancias, dijo:

    -Ya, Giannotto, a ti te gusta que me haga cristiano; y yo estoy dispuesto a hacerlo, tan ciertamente que quiero primero ir a Roma y ver allí al que tú dices que es el vicario de Dios en la tierra, y considerar sus modos y sus costumbres, y lo mismo los de sus hermanos los cardenales; y si me parecen tales que pueda por tus palabras y por las de ellos comprender que vuestra fe sea mejor que la mía, como te has ingeniado en demostrarme, haré aquello que te he dicho: y si no fuese así, me quedaré siendo judío como soy.

    Cuando Giannotto oyó esto, se puso en su interior desmedidamente triste, diciendo para sí mismo: «Perdido he los esfuerzos que me parecía haber empleado óptimamente, creyéndome haber convertido a éste; porque si va a la corte de Roma y ve la vida criminal y sucia de los clérigos, no es que de judío vaya a hacerse cristiano, sino que si se hubiese hecho cristiano, sin falta volvería judío». Y volviéndose a Abraham dijo:

    -Ah, amigo mío, ¿por qué quieres pasar ese trabajo y tan grandes gastos como serán ir de aquí a Roma? Sin contar con que, tanto por mar como por tierra, para un hombre rico como eres tú todo está lleno de peligros. ¿No crees que encontrarás aquí quien te bautice? Y si por ventura tienes algunas dudas sobre la fe que te muestro, ¿hay mayores maestros y hombres más sabios allí que aquí para poderte esclarecer todo lo que quieras o preguntes? Por todo lo cual, en mi parecer esta idea tuya está de sobra. Piensa que tales son allí los prelados como aquí los has podido ver y los ves; y tanto mejores cuanto que aquéllos están más cerca del pastor principal. Y por ello esa fatiga, según mi consejo, te servirá en otra ocasión para obtener algún perdón, en lo que yo por ventura te haré compañía.

    A lo que respondió el judío:

    -Yo creo, Giannotto, que será como me cuentas, pero por resumirte en una muchas palabras, estoy del todo dispuesto, si quieres que haga lo que me has rogado tanto, a irme, y de otro modo no haré nada nunca.

    Giannotto, viendo su voluntad, dijo:

    -¡Vete con buena ventura! -y pensó para sí que nunca se haría cristiano cuando hubiese visto la corte de Roma; pero como nada se perdía, se calló.

    El judío montó a caballo y lo antes que pudo se fue a la corte de Roma, donde al llegar fue por sus judíos honradamente recibido; y viviendo allí, sin decir a ninguno por qué hubiese ido, cautamente empezó a fijarse en las maneras del papa y de los cardenales y de los otros prelados y de todos los cortesanos; y entre lo que él mismo observó, como hombre muy sagaz que era, y lo que también algunos le informaron, encontró que todos, del mayor al menor, generalmente pecaban deshonestísimamente de lujuria, y no sólo en la natural sino también en la sodomítica, sin ningún freno de remordimiento o de vergüenza, tanto que el poder de las meretrices y de los garzones al impetrar cualquier cosa grande no era poder pequeño.

    Además de esto, universalmente golosos, bebedores, borrachos y más servidores del vientre (a guisa de animales brutos, además de la lujuria) que otros conoció abiertamente que eran; y mirando más allá, los vio tan avaros y deseosos de dinero que por igual la sangre humana (también la del cristiano) y las cosas divinas que perteneciesen a sacrificios o a beneficios, con dinero vendían y compraban haciendo con ellas más comercio y empleando a más corredores de mercancías que había en París en la pañería o ningún otro negocio, y habiendo a la simonía manifiesta puesto el nombre de «mediación» y a la gula el de «manutención», como si Dios, no ya el significado de los vocablos, sino la intención de los pésimos ánimos no conociese y a guisa de los hombres se dejase engañar por el nombre de las cosas. Las cuales, junto con otras muchas que deben callarse, desagradaron sumamente al judío, como a hombre que era sobrio y modesto, y pareciéndole haber visto bastante, se propuso retornar a París; y así lo hizo. Adonde, al saber Giannotto que había venido, esperando cualquier cosa menos que se hiciese cristiano, vino a verle y se hicieron mutuamente grandes fiestas; y después que hubo reposado algunos días, Giannotto le preguntó lo que pensaba del santo padre y de los cardenales y de los otros cortesanos. A lo que el judío respondió prestamente:

    -Me parecen mal, que Dios maldiga a todos; y te digo que, si yo sé bien entender, ninguna santidad, ninguna devoción, ninguna buena obra o ejemplo de vida o de alguna otra cosa me pareció ver en ningún clérigo, sino lujuria, avaricia y gula, fraude, envidia y soberbia y cosas semejantes y peores, si peores puede haberlas; me pareció ver en tanto favor de todos, que tengo aquélla por fragua más de operaciones diabólicas que divinas. Y según yo estimo, con toda solicitud y con todo ingenio y con todo arte me parece que vuestro pastor, y después todos los otros, se esfuerzan en reducir a la nada y expulsar del mundo a la religión cristiana, allí donde deberían ser su fundamento y sostén. Y porque veo que no sucede aquello en lo que se esfuerzan sino que vuestra religión aumenta y más luciente y clara se vuelve, me parece discernir justamente que el Espíritu Santo es su fundamento y sostén, como de más verdadera y más santa que ninguna otra; por lo que, tan rígido y duro como era yo a tus consejos y no quería hacerme cristiano, ahora te digo con toda franqueza que por nada dejaré de hacerme cristiano. Vamos, pues, a la iglesia; y allí según las costumbres debidas en vuestra santa fe me haré bautizar.

    Giannotto, que esperaba una conclusión exactamente contraria a ésta, al oírle decir esto fue el hombre más contento que ha habido jamás: y a Nuestra Señora de París yendo con él, pidió a los clérigos de allí dentro que diesen a Abraham el bautismo. Y ellos, oyendo que él lo demandaba, lo hicieron prontamente; y Giannotto lo llevó a la pila sacra y lo llamó Giovanni, y por hombres de valer lo hizo adoctrinar cumplidamente en nuestra fe, la que aprendió prontamente; y fue luego hombre bueno y valioso y de santa vida.

Epílogo: la Segunda Venida de Cristo


    Si bien los judíos del período del Segundo Templo (siglos VI a.C. - I d.C.) tenían distintas expectativas sobre el Mesías según su filiación religiosa y política, en general coincidían en que sería un enviado de Dios destinado a aparecer al final de los tiempos, tras un período de guerras y crisis global (los llamados “dolores del parto del Mesías”), para establecer el reino de Dios en la Tierra. Este reino representaría una nueva era de paz y prosperidad eterna, en la que el pueblo de Israel sería liberado de toda opresión extranjera y Dios gobernaría el mundo con plena justicia, no sólo sobre Israel sino sobre todas las naciones. 

    Sin embargo, ya los primeros cristianos estaban de acuerdo en que, aunque Jesús había inaugurado el Reino de Dios, éste aún no se había consumado plenamente: la guerra, la maldad y el pecado seguían presentes en el mundo, y desde luego Israel continuaba bajo el dominio romano. Por ello, el cristianismo sostiene que Jesús volverá algún día para completar su misión. Será entonces cuando el mal y el pecado sean erradicados por completo, poniendo fin a toda injusticia y sufrimiento. Es una idea que guarda cierto paralelismo con una tradición judía que distingue entre dos figuras mesiánicas: el Mesías ben Yosef (o hijo de José), que sufriría y moriría por Israel, y el Mesías ben David, quien instauraría finalmente el reino mesiánico.

    Según la tradición cristiana, en su retorno, el Mesías (Cristo) se manifestará en toda su gloria como Rey y Juez celestial al celebrar en ese momento el esperado Juicio Final, en el que los justos serán recompensados con la vida eterna mientras que los pecadores serán aniquilados: 

    Y cuando salía él del templo le dice uno de sus discípulos: ‘Maestro, mira qué piedras y qué edificios’. Y Jesús le dijo: ‘¿Ves esos grandes edificios? No quedará ahí piedra sobre piedra que no sea derruida. Estando él sentado en el monte de los Olivos, frente al templo, le preguntó aparte Pedro, y Santiago, Juan y Andrés: ‘Dinos cuándo será eso, y cuál será la señal cuando todo eso vaya a acabarse’. Jesús empezó a decirles: ‘¡Atención! Que nadie os engañe. Vendrán muchos en mi nombre, diciendo ‘¡Yo soy!’, y engañarán a muchos. Y cuando oigáis hablar de guerras y rumores de guerras, no os alarméis; tiene que suceder, pero todavía no será el fin. Pues se levantará nación contra nación, y reino contra reino; habrá terremotos en diversos sitios, habrá hambre; eso será el comienzo de los dolores. (…) Y cuando veáis que el sacrilegio devastador está donde no debía (¡el que lee, entienda!), entonces los que estén en Judea huyan a los montes, y el que esté en la azotea no baje ni entre a recoger algo de su casa, y el que esté en el campo no vuelva atrás, para recoger su manto. ¡Ay de las embarazadas y de las que estén criando en aquellos días! Rezad para que no sea en invierno, porque aquellos días serán de una tribulación como no la ha habido igual desde el principio de la creación que Dios creó hasta ahora, ni la habrá. Y como el señor no acorte aquellos días, no se salvará ningún viviente, pero en atención a los elegidos que se eligió, acortó aquellos días. (…) Pero en aquellos días, después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor, y las estrellas se irán cayendo del cielo, y las fuerzas de los cielos se tambalearán. Y entonces verán al Hijo del hombre que llega en las nubes con gran poder y esplendor. Y entonces enviará los ángeles y reunirá a sus elegidos desde los cuatro vientos, del extremo de la tierra hasta el extremo del cielo”. (Mc 13: 1-27).



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