¿Por qué crece la extrema derecha?
A la hora de analizar el actual auge de la extrema derecha hay que tener en cuenta diversas consideraciones. Una, muy superficial pero cierta, es la financiación que recibe desde determinados sectores de la derecha estadounidense y de organizaciones vinculadas a Israel. Por ejemplo, en el caso de España, Vox recibió cerca de un millón de euros para su lanzamiento electoral de donantes vinculados al Consejo Nacional de la Resistencia de Irán (CNRI), organización opositora al gobierno iraní y brazo político de los Muyahidines del Pueblo de Irán (MEK). El MEK es una organización terrorista que en realidad constituye una pantalla del Mossad, hasta el punto de que ha sido entrenada, financiada y utilizada por éste en acciones clandestinas dentro de Irán.
Sin embargo, ese factor, siendo importante, resulta insuficiente para comprender la profundidad del fenómeno. Las causas principales hay que buscarlas también en la profunda transformación experimentada por la propia izquierda durante las últimas décadas, que la ha llevado a dejar de ocupar el espacio político e intelectual que durante buena parte del siglo XX le correspondía.
Veamos por qué:
1. La desaparición de la URSS desencadenó una profunda crisis del movimiento comunista occidental que terminó afectando al conjunto de la izquierda. Los partidos comunistas abandonaron progresivamente sus planteamientos revolucionarios para aproximarse a posiciones socialdemócratas, mientras que la socialdemocracia asumía los postulados esenciales del liberalismo económico. Como consecuencia, desaparecieron prácticamente del panorama político las fuerzas que cuestionaban el sistema capitalista en sí mismo y proponían una alternativa global al mismo. En un contexto donde el consenso ideológico se desplaza hacia la derecha, resulta lógico que también aumente el apoyo a las opciones situadas más a la derecha del espectro político.
2. Paralelamente, la izquierda fue abandonando la teoría marxista y, con ella, la idea de la lucha de clases como eje central de la política. Dejó de explicar la realidad en términos de conflicto entre intereses económicos y sociales contrapuestos, y pasó a considerar que la transformación de la sociedad dependía casi exclusivamente de la acción institucional. La organización de la clase trabajadora, la movilización social y la presión ejercida desde la calle fueron perdiendo protagonismo. El resultado ha sido una notable desmovilización popular y la desaparición de una alternativa de izquierdas capaz de canalizar el descontento social.
3. Ese proceso ha terminado convirtiendo a buena parte de la izquierda en una fuerza plenamente integrada dentro del propio sistema que anteriormente pretendía transformar. Un buen ejemplo de ello lo tenemos en la posición de la izquierda frente a la UE: pese a que se nos prometía que la UE sería una democracia que nos traería prosperidad y modernidad, lo que mucha gente percibe es que la realidad ha sido más bien la de una tecnocracia burocrática que sólo genera recortes sociales y pérdida de soberanía. Sin embargo, sólo la extrema derecha ha mantenido un discurso euroescéptico y es criticada por ello por la izquierda. Y ante esa izquierda institucionalizada, defensora del status quo vigente y carente de cualquier capacidad de cambiar las cosas, cada vez menos personas creen que los partidos representan realmente a los ciudadanos, que votar cambie las cosas o que las instituciones respondan a intereses distintos de los de las grandes élites económicas. Precisamente por ello, la extrema derecha ha podido apropiarse del discurso de la rebeldía y presentarse como la única opción verdaderamente antisistema, explotando adecuadamente esa desconfianza en las instituciones. Que esa imagen sea discutible (que lo es) importa menos que el hecho de que una parte creciente del electorado la perciba como creíble.
4. Al desaparecer la clase trabajadora como principal sujeto político, la izquierda fue desplazando progresivamente su atención hacia otras cuestiones relacionadas con las identidades personales, las orientaciones sexuales, las identidades de género o las diferencias raciales, en buena medida influida por corrientes surgidas en los campus universitarios estadounidenses. El eje de la política dejó de girar en torno al "nosotros" colectivo para centrarse cada vez más en la reivindicación de identidades particulares.
5. Al desaparecer poco a poco las fuertes identidades colectivas (obrera, sindical y vecinal) que la izquierda creó durante el siglo XX, la extrema derecha ha ofrecido otras diferentes al hablar de nación y soberanía nacional. Algo especialmente efectivo gracias al hecho de que muchos ciudadanos perciben que las políticas importantes que les afectan ya no son aprobadas en los parlamentos nacionales sino en oscuros despachos de Bruselas, Washington o de los fondos de inversión.
6. Con el abandono de la tradición marxista también se debilitó el espíritu crítico que ésta fomentaba. La discusión ideológica fue sustituida en demasiadas ocasiones por el alineamiento incondicional con el propio partido o con sus dirigentes. El debate interno se redujo, aumentó el personalismo y la política empezó a vivirse con frecuencia como una competición entre bandos en la que lo importante era defender al propio equipo independientemente de sus aciertos o errores. Lo cual, a su vez, facilitó la llegada de numerosos oportunistas cuyo objetivo no era transformar la sociedad, sino desarrollar una carrera política o beneficiarse personalmente de ella. Al mismo tiempo, unas bases cada vez menos exigentes redujeron su capacidad para controlar o exigir responsabilidades a sus dirigentes. El resultado ha sido un descrédito absoluto de la izquierda que la extrema derecha ha sabido capitalizar adecuadamente.
7. La izquierda continúa interpretando a la extrema derecha con categorías propias del siglo XX y sigue identificándola con el fascismo clásico. Sin embargo, la mayor parte de la extrema derecha contemporánea no propone la supresión de las elecciones ni la instauración de un Estado totalitario al estilo de los fascismos históricos. Su proyecto político responde más bien a un modelo ultraliberal en el ámbito económico, acompañado de posiciones nacionalistas, conservadoras o identitarias en otros terrenos. Combatirla como si fuera simplemente una reedición del fascismo histórico conduce con frecuencia a diagnosticar mal el problema.
8. Como consecuencia de la aceptación de buena parte de los postulados liberales por parte de la izquierda, el debate económico prácticamente ha desaparecido. Mientras la extrema derecha defiende sin apenas oposición las virtudes del libre mercado y desacredita sistemáticamente cualquier intervención pública en la economía, la izquierda dedica gran parte de su discurso a cuestiones históricas o culturales. El resultado es que las ideas económicas liberales se difunden con escasa resistencia intelectual.
9. La creciente influencia del progresismo liberal de origen estadounidense ha llevado además a una parte de la izquierda a situar en el centro del debate cuestiones que una parte importante de la población considera secundarias o incluso contraproducentes. Desde determinadas políticas relacionadas con la identidad de género hasta algunos planteamientos del feminismo contemporáneo o del decrecimiento económico, la sensación de desconexión respecto a las preocupaciones materiales de amplios sectores sociales ha terminado alimentando el voto de protesta hacia la extrema derecha.
10. Finalmente, la izquierda ha tendido a minimizar o ignorar problemas que afectan de forma directa a numerosos ciudadanos porque considera que reconocerlos podría reforzar el discurso de la derecha. La inseguridad en determinadas zonas, los efectos derivados de una inmigración muy intensa en poco tiempo o el debate sobre determinadas disfunciones de las políticas de género son cuestiones que buena parte del electorado percibe como reales. Al renunciar a abordarlas con naturalidad, o incluso criticando a quien lo hace (es habitual, por ejemplo, tildar de “racista” a todo aquel que plantee que la inmigración masiva está generando determinados problemas sociales), la izquierda ha dejado ese espacio político prácticamente en exclusiva a la extrema derecha.
En definitiva, el crecimiento de la extrema derecha no puede explicarse únicamente por sus propios aciertos ni por su capacidad de financiación. Es también consecuencia de la profunda transformación ideológica de una izquierda que abandonó buena parte de sus planteamientos tradicionales.
A partir de ahí, el resto ha venido casi por añadidura. La ausencia de una izquierda clásica con capacidad para cuestionar el modelo económico dominante permitió que el capital actuara con mucha mayor libertad, acelerando la desindustrialización de occidente y la precarización del empleo. Como consecuencia, millones de trabajadores perciben que su salario ya no les permite vivir con la dignidad suficiente, que acceder a una vivienda resulta cada vez más difícil o que sus hijos vivirán peor que ellos. Y cuando la izquierda no sólo es incapaz de ofrecer una explicación económica convincente de esa avería del ascensor social, sino que además participa de las políticas que la han favorecido, una parte creciente de ese malestar termina canalizándose hacia la extrema derecha.
Al mismo tiempo, mientras durante décadas aumentan la desigualdad, se suceden los casos de corrupción y las promesas incumplidas se convierten en una constante, crece también la desconfianza no sólo hacia los políticos, sino hacia las élites que aparecen asociadas al mantenimiento del sistema: periodistas, universidades, expertos, organismos internacionales o grandes medios de comunicación. Este proceso se intensificó tras la crisis financiera de 2008, de la que muchas sociedades occidentales aún no se han recuperado plenamente. Aquella crisis deterioró profundamente la legitimidad del sistema económico y político, pero coincidió con la ausencia de una izquierda capaz de ofrecer una alternativa que una parte significativa de la ciudadanía percibiera como creíble y viable. Ese vacío volvió a ser aprovechado por la extrema derecha.
Porque la extrema derecha no ha ocupado un espacio político que conquistó; ha ocupado, sobre todo, un espacio que la izquierda fue abandonando progresivamente.

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