Ignorando a Casandra II: psicología



    Como mencioné en la primera parte, el paralelismo entre nuestra época y los años previos a la primera guerra mundial no se limita sólo al ámbito geopolítico, sino que también abarca el terreno psicológico. En efecto, en ocasiones la psicología de masas puede, al menos en parte, arrojar cierta luz sobre los acontecimientos que marcan el curso de la historia de la humanidad.


La Belle Époque


    Por ejemplo, el fin de la guerra franco-prusiana en 1871 inauguró un período de paz de más de cuarenta años en Europa conocido como la Belle Époque, una etapa en la que el imperialismo capitalista, la industrialización y el desarrollo de la ciencia y la tecnología dieron origen a una generación de europeos que tenían una confianza ciega en el futuro. Para ellos, los desastres de los siglos pasados ya habían quedado atrás, y ahora sólo quedaba disfrutar del progreso y avance de la humanidad.

    Eso explica por qué los líderes políticos de aquella generación, desconocedores de las grandes guerras del pasado, no tuvieron reparos en llevar a Europa a la primera guerra mundial, y por qué en 1914 la población de los países implicados se alistó en masa para ir al frente: era una generación que no tenía miedo alguno a la guerra.

    Lamentablemente aquella Europa sufriría en el breve espacio de 25 años dos guerras mundiales y sus terribles consecuencias: muertes masivas, enfermedades, hambre, y la destrucción de nuestro continente en dos ocasiones diferentes. Fue más que suficiente para causar una honda impresión traumática en la siguiente generación de europeos.

    Es por ello que quienes gestionaron la guerra fría entre 1945 y 1991 se cuidaron mucho de que las relaciones internacionales se deteriorasen lo suficiente como para llegar a un punto de no retorno. A pesar de algún momento histórico concreto en el que las circunstancias se volvieron ciertamente complicadas (la crisis de los misiles cubanos de 1962), en general aquella generación estaba aterrada por la posibilidad de que estallase un nuevo conflicto de alcance global, sobre todo teniendo en cuenta la doctrina MAD: el carácter sumamente destructivo de las nuevas armas nucleares y la respuesta inmediata de cada bloque una vez que el otro bando lanzase sus armas nucleares conllevaría la aniquilación total y segura tanto de la OTAN como de la URSS en el caso de una tercera guerra mundial.


El colectivo inconsciente


    Sin embargo, ahora nos encontramos con una nueva generación de europeos que no ha vivido los dos conflictos mundiales ni sus consecuencias, y que sólo conoce la guerra a través de los films de Hollywood y los videojuegos. Una generación que sí ha vivido la caída del muro de Berlín y la implosión de la URSS; la globalización capitalista y su triunfo por prácticamente todo el planeta; las ideas sobre el fin de la historia de Fukuyama; el Estado del Bienestar y todo tipo de avances económicos y sociales; el desarrollo de los enormes adelantos científicos y tecnológicos de las últimas décadas, como los ordenadores o internet; así como la aplastante superioridad militar de la OTAN en todo tipo de conflictos sin prácticamente oposición alguna: Yugoslavia entre 1991 y 2001, Irak en 1991 y 2003, Afganistán en 2002, Libia en 2011…

    Se trata de una generación que, como en la Belle Époque, está encantada de haberse conocido. Piensa que vive en el mejor de los mundos posibles, y está convencida tanto de la infalibilidad y superioridad de lo propio como del desprecio a lo ajeno. Ni siquiera la crisis de 2008 o la del COVID-19 sirvieron para hacer cambiar esa idea lo más mínimo a esta generación, que, como en 1914, cree que el progreso no se interrumpirá y que cualquier enemigo, por muy poderoso que pueda ser, no tendrá otro destino que una derrota asegurada.

    Si Jung hablaba del inconsciente colectivo, hoy nos encontramos más bien con un colectivo inconsciente del que han surgido unos nuevos líderes desconocedores de las grandes guerras del pasado, y que están deteriorando al máximo las relaciones internacionales con el fin de que estalle un conflicto global, lo cual tampoco parece importarle lo más mínimo a la sociedad europea. Ha desaparecido todo miedo a la guerra y, al igual que en 1914, el discurso belicista (contra Rusia, contra China, contra Irán…) se extiende entre la clase política europea y los medios de comunicación. Así, si los Verdes alemanes era un partido pacifista que en la década de 1980 organizaba protestas contra la instalación de misiles de medio alcance en Europa, una vez llegados al gobierno alemán en 2024 se mostraban partidarios de enviar misiles de largo alcance a Ucrania para que ésta pueda usarlos contra Rusia. Y no es una posición política precisamente aislada en Europa: en septiembre de 2024, el Parlamento Europeo aprobó por una aplastante mayoría (425 votos a favor, 131 en contra y 63 abstenciones) una resolución instando a los países de la UE a permitir que Ucrania emplee las armas suministradas por occidente contra objetivos militares rusos en el propio territorio de Rusia. Y por lo que respecta a EE UU, su presidente Donad Trump, y sólo en los primeros meses de 2026, ha asesinado a un jefe de Estado (Alí Jamenei, líder supremo de Irán), ha secuestrado a otro (Nicolás Maduro, presidente de Venezuela), ha amenazado con invadir Cuba, Groenlandia, México y Colombia, y ha continuado dando apoyo político y material al genocidio que desde 2023 viene cometiendo Israel contra el pueblo palestino. Hoy vemos cómo Israel y EE UU atacan a Irán y crean un conflicto regional en todo Oriente Medio que en cualquier momento podría escalar a una guerra mundial, mientras Emmanuel Macron, presidente de Francia, anuncia públicamente que su país aumentará el arsenal nuclear y que no dudará en usarlo si considera que debe hacerlo.

    Los líderes occidentales parecen dar por hecho que la posibilidad de una guerra nuclear es remota, y aun en el caso de que la hubiese… bueno, saldremos de ésta con total seguridad, como siempre lo hemos hecho. Ni siquiera tienen un plan B, porque no conciben que puedan estar equivocados. Quizás no sean conscientes de que la sociedad europea de 1914 también creía que la inmolación de Europa era imposible. Al fin y al cabo, el Káiser Guillermo II de Alemania, el Rey Jorge V del Reino Unido y el Zar Nicolás II de Rusia eran primos y tenían una relación cercana debido a sus lazos familiares. Tanto es así que mantenían una correspondencia fluida en la que se dirigían entre sí con apodos cariñosos ("Willy", "Georgie" y "Nicky") que reflejaba su estrecha y cordial relación. Sin embargo, ni siquiera esas relaciones amistosas lograron evitar el desastre de la primera guerra mundial; porque la propia dinámica política y militar la hizo imposible de parar. "Todo está perdido", dicen que exclamó el emperador austríaco Francisco José I cuando su país declaró la guerra a Serbia y activó las alianzas militares que arrastrarían a Europa al desastre. La frase refleja el sentimiento de un monarca que entendía que el conflicto estaba ya fuera de su control y que marcaría el principio del fin para su imperio. Él sabía que era el fin, su propio fin... y aun así dio el paso.

    Mi abuelo, que vivió la guerra civil española en primera persona, me contaba cuando yo era niño que en los años inmediatamente anteriores a 1936 se percibía en el ambiente la belicosidad y agresividad de los partidos políticos españoles: "unos y otros estaban deseando romperse la cabeza -decía-, y no pararon hasta que se la rompieron". Hoy experimento una sensación muy parecida al comprobar la agresividad de los gobiernos occidentales contra otras superpotencias como Rusia y China y su agresividad con otras potencias menores como Venezuela o Irán, con la diferencia de que esta vez, a diferencia de 1914 y 1936, "rompernos la cabeza" implicaría la destrucción completa del mundo tal y como lo conocemos. "No sé qué armas se usarán en la tercera guerra mundial, pero puedo decirle cuáles se usarán en la cuarta: ¡piedras!", dijo Einstein en una entrevista en 1949.

    Ahora, más que nunca antes, necesitamos cuestionar las narrativas que promueven la división y la confrontación. En última instancia, evitar un conflicto global no solo requiere líderes sabios y responsables, sino también sociedades conscientes, informadas y comprometidas con la paz. Al mirar hacia 1914 vemos un espejo inquietante, pero también, quizá, una oportunidad para actuar de otra manera y romper el ciclo de confrontación.

    Depende de nosotros decidir qué rumbo tomar.



©JRGA

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