En las profundidades del océano cósmico
“…pero el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas”.
(Génesis 1:2)
Según la teoría cuántica de campos, aquello que llamamos "partículas" son en realidad excitaciones (una especie de ondas o vibraciones) de unos campos fundamentales que se extienden por todo el espacio. Por ejemplo, existe un campo electrónico, cuyas excitaciones observamos como electrones; campos asociados a los quarks (que forman los protones y neutrones); el campo electromagnético, cuyos cuantos son los fotones; o el campo de Higgs, cuya excitación es el famoso bosón de Higgs. Desde este punto de vista, las partículas no son pequeños objetos independientes que simplemente existen y se mueven en un espacio vacío, sino más bien manifestaciones localizadas de campos que se encuentran presentes incluso allí donde no observamos ninguna partícula. De hecho, los campos no están nunca inactivos: hasta el supuesto estado de vacío de un campo cuántico presenta fluctuaciones, que suelen representarse mediante la aparición y desaparición de las llamadas "partículas virtuales".
Esta idea adquiere especial importancia en cosmología. En algunas de las teorías cosmológicas más modernas se plantea la existencia de otro campo cuántico, denominado inflatón, cuya energía habría provocado la extraordinaria expansión del universo durante sus primeros instantes. Existen incluso modelos cosmológicos que plantean un origen cuántico del universo, de tal manera que éste habría surgido precisamente de una fluctuación cuántica espontánea, tal vez del campo del inflatón. La idea es que por mero azar habría aparecido una fluctuación cuántica consistente en una microscópica "burbuja de espacio-tiempo", que el inflatón hinchó exponencialmente hasta que, por alguna razón, la energía de la inflación se transfirió a otros campos cuánticos para formar la luz y la materia que llenaron el universo primitivo. Dicha transferencia suele denominarse "recalentamiento", y es el fenómeno que da comienzo al Big Bang caliente.
Ahora bien, del mismo modo que no existe ninguna razón para suponer que las leyes de la física tuvieran un comienzo, tampoco sabemos de nada que obligue a atribuir un origen determinado a los propios campos cuánticos. Cabe plantearse, por tanto, la posibilidad de que éstos sean eternos y de que se extiendan por una realidad física ilimitada, al igual que las propias leyes de la física. Si así fuese, la fluctuación cuántica que originó nuestro universo podría no haber sido la única, sino sólo una más entre una infinidad de ellas. O dicho de otra manera: podría darse el caso de que la realidad consista en un multiverso eterno e infinito, en el que innumerables universos apareciesen y desapareciesen a lo largo de toda la eternidad...
Lo curioso es que, miles de años antes de que existieran estos modernos conceptos, numerosos pueblos describieron el origen del universo mediante imágenes sorprendentemente parecidas. Así, en la cosmogonía de pueblos separados por enormes distancias aparece frecuentemente la idea de que antes de que existiese el universo existían unas "aguas primordiales", generalmente un océano cósmico del que emerge una colina, un huevo, una isla o una pequeña porción de barro que termina convirtiéndose en el mundo. Hay que tener en cuenta que los campos cuánticos se extienden por todo el espacio y se encuentran presentes en cada punto del universo, hasta el extremo de que aquello que llamamos "vacío" no está realmente vacío, sino ocupado por esos campos. En cierto modo, podríamos imaginar la realidad física como si estuviese enteramente permeada por ellos, como si el universo entero estuviese sumergido en un océano invisible. Al igual que los campos cuánticos que acabamos de describir, esas aguas mitológicas constituyen una realidad primordial, ilimitada y preexistente, de la que surge el universo sin que por ello deje necesariamente de existir. Cabe preguntarse, por tanto, si ese "océano cósmico" descrito en los antiguos mitos no podría ser una representación alegórica de los campos cuánticos.
Las aguas primordiales en el antiguo Egipto
Los antiguos egipcios, por ejemplo, personificaron ese océano mediante el dios Nun, cuyo nombre es un juego de palabras entre la palabra nen (inactividad) y nu (acuoso). Según el mito egipcio, Nun era el primero de todos los dioses y personificaba las aguas primordiales, ilimitadas e indiferenciadas que precedían al mundo creado y de las cuales emergió el primer acto de creación. Antes de que existieran la tierra, el cielo, los dioses o los seres humanos, sólo existía Nun, un océano infinito, oscuro, inmóvil y eterno. De ese océano primordial emergió la primera colina, llamada Benben, que permitió la creación del mundo y que podríamos identificar con esa fluctuación cuántica que originó el universo.
Nun no es sólo un estado preexistente de la realidad, sino también una entidad eterna que rodea y permea el universo y de la cual todo puede volver a surgir en tiempos de crisis cósmica. En el capítulo 175 del Libro de los Muertos se explica que el mundo regresará algún día al estado de Nun y todas las cosas retornarán al estado acuático primordial.
En la cosmogonía heliopolitana, el dios Atum (“el perfecto” o “el que existe por sí mismo”) surge de Nun y crea a Shu y Tefnut ("aire" y "humedad", principios contrapuestos para los antiguos egipcios), que a su vez engendran a Geb y Nut (la tierra y el cielo), padres de todos los demás dioses.
Los egipcios tenían, además, otras cosmogonías igualmente curiosas. Por ejemplo, en la cosmogonía menfita se relaciona a Nun con Ptah, el dios creador, anterior y superior a Atum. Ptah posee un corazón, sede del pensamiento, y una lengua, instrumento de la palabra. En su corazón concibe la realidad y mediante su lengua la expresa: aquello que Ptah piensa y pronuncia adquiere existencia. De esta manera surgen todos los dioses.
En Hermópolis, por su parte, Nun forma parte de la Ogdóada, un grupo de ocho dioses que protagonizan el mito de la creación hermopolitana. Hermópolis es un nombre griego que significa “ciudad de Hermes” (nombre que los griegos dieron a Thoth, dios de la sabiduría), pero los antiguos egipcios la denominaban Khemnu o "Ciudad de los Ocho", en referencia precisamente a la Ogdóada. Los ocho están relacionados con el océano cósmico: cuatro son masculinos y tienen cabeza de rana, y los otros cuatro son femeninos y tienen cabeza de serpiente, quizás porque, cuando el Nilo se desbordaba en las marismas del delta y luego se retiraba, aparecían ranas y serpientes. Cada dios se empareja con una diosa, de tal manera que la Ogdóada es en realidad un grupo de cuatro parejas de dioses, cada una de ellas con un atributo diferente: la primera pareja la forman Nun y Naunet (“las aguas primordiales”); la segunda, Heh y Hauhet (“lo infinito, el espacio sin límites”); la tercera, Kuk y Kauket (“la oscuridad absoluta”); y la cuarta, Amón y Amunet (“lo oculto, lo que no puede verse ni conocerse”).
En distintas versiones asociadas a Hermópolis, las cuatro parejas representan el estado primordial del universo, que agitaban las aguas del Nun al interaccionar entre sí (quizás en referencia a las fluctuaciones cuánticas), y de ese movimiento surge un huevo cósmico que flota sobre las aguas. Dicho huevo, que puede identificarse con el universo primordial surgido de la fluctuación cuántica, es autogenerado o puesto por un ave celestial, a veces un ganso u oca divina y otras un ibis, ave sagrada de Thoth. En el interior del huevo se desarrolla la primera manifestación divina de la luz y del orden: el dios Ra, o en algunas variantes Thoth, nace de este huevo, rompiéndolo desde dentro (el Big Bang). A partir de ahí se desencadena la creación del mundo tal y como lo conocemos.
El ganso cósmico (probablemente, en realidad, una oca del Nilo), estaba relacionado con Geb y con Amón, y en Egipto recibía títulos como “el gran cacareador” o “el gran graznador”, ya que su graznido rompe el silencio del caos. La idea de que la creación del universo tiene algo que ver con el sonido (¿o quizás la vibración propia de las excitaciones cuánticas?) la encontramos también en la tradición védica de la India: el sonido sagrado Om terminaría siendo identificado en los textos especulativos védicos con el creador Brahma y con la totalidad, el principio último y el cosmos.
Océanos y universos: la mitología hindú
Precisamente en la mitología hindú encontramos también varias referencias al océano cósmico. De hecho, en los textos védicos más antiguos aparece repetidamente una situación anterior al cosmos organizado en la que existen las “aguas”: una masa primordial, indiferenciada y generativa, anterior a la separación normal entre cielo, tierra y regiones del universo. En el Rig Veda se explica que, antes de la creación, "en el principio la oscuridad escondía la oscuridad, todo era agua indiferenciada. Envuelto en el vacío, deviniendo, ese Uno surgió por el poder del calor”. El propio texto termina preguntándose quién puede saber realmente cómo ocurrió el origen.
En textos védicos y brahmánicos posteriores, esta imagen se desarrolla en el motivo del “huevo dorado” o Hiraṇyagarbha, dentro del cual estuvo gestándose Prajapati, el Señor de las Criaturas, durante un año. Tras esa gestación, que podemos identificar con el proceso inflacionario que hinchó el universo primigenio, Prajapati rompió el huevo (el Big Bang) y salió de él. Todavía no existía una tierra firme sobre la que pudiera sostenerse, porque todo eran aguas. Prajapati comenzó entonces a crear. Mediante su habla produjo diferentes seres y regiones de la existencia, y de su respiración y de sus palabras fueron apareciendo las criaturas divinas y otros seres. El mundo ordenado fue surgiendo progresivamente a partir de aquel estado inicial acuático.
Otra versión del mito indio, más tardía, habla de un universo anterior que desapareció en una gran disolución y todo quedó cubierto por las aguas. Es más, en desarrollos posteriores de la cosmogonía visnuista existe un "océano causal" (Karana-jala), un océano primordial situado más allá de los universos materiales, en el que reposa el dios Vishnú. De él emanan innumerables universos, y en cada uno de ellos Vishnú se manifiesta de nuevo y da origen a unas aguas llamadas Garbhodaka, donde reposa a su vez sobre Ananta Sesha, la gigantesca serpiente cósmica asociada al infinito y al ciclo eterno de creación y destrucción. Antes de que el mundo de cada uno de esos universos haya sido formado, sólo están las aguas y Vishnú, hasta que del ombligo de éste surge un enorme loto que crece sobre las aguas y sobre él aparece Brahma. Brahma despierta y se encuentra rodeado por la inmensidad acuática. No comprende inicialmente de dónde procede e intenta descubrir el origen del loto descendiendo por su tallo, pero no consigue alcanzar su término. Finalmente, Brahma recibe conocimiento o poder creador y comienza a producir el nuevo mundo: las regiones cósmicas, los seres y las sucesivas generaciones de criaturas.
La cosmología hindú describe el mundo como una sucesión de siete grandes continentes concéntricos, cada uno de ellos rodeado por un océano distinto. Cada océano es de un material diferente: agua salada, jugo de caña de azúcar, licor, mantequilla, leche, leche cuajada (yogur) y agua dulce. Es tentador preguntarse si todos esos "océanos" de materiales distintos no son sino una alegoría de los diferentes campos cuánticos que llenan el universo. Sea como fuere, sobre uno de esos océanos versa uno de los grandes mitos hindúes: el batido del océano de leche. Los dioses habían perdido su poder y necesitaban conseguir el néctar de la inmortalidad para recuperarlo, algo que sólo podían lograr batiendo el Océano de Leche. Siguiendo el consejo de Viṣhṇú, los devas (dioses) pactaron temporalmente con sus enemigos, los asuras, para batirlo juntos. Utilizaron el monte Mandara como batidor y a la serpiente Vasuki como cuerda, y cuando la montaña comenzó a hundirse, Viṣhṇú adoptó la forma de la tortuga Kurma y la sostuvo sobre su caparazón. Mientras devas y asuras batían el océano, surgieron de él numerosos seres y tesoros divinos, y cabe plantearse si ese "batido" es en realidad una referencia a las pequeñas fluctuaciones cuánticas presentes durante la inflación y que originaron las irregularidades primordiales que, miles de millones de años después, acabarían dando lugar a galaxias y a la estructura a gran escala del universo...
Resulta significativo que uno de los seres nacidos de ese "batido" fuese Laksmi, la diosa de la belleza, teniendo en cuenta que la tradición griega aseguraba que la diosa de la belleza Afrodita también había surgido de la espuma (aphrós) del mar. Paralelamente, en los Andes encontramos al dios Viracocha, cuyo nombre, según la interpretación del cronista español Pedro Sarmiento de Gamboa, significa “espuma de mar” (“wira qucha” en quechua) porque cuando el dios salió del lago Titicaca lo hizo caminando sobre las aguas como espuma. ¿Es casualidad que los físicos actuales denominen precisamente "espuma cuántica" a las fluctuaciones del propio espacio-tiempo que se producirían a escalas lo suficientemente reducidas?
El batido del Océano de Leche recuerda, a su vez, al mito japonés de la creación, en el que los dioses encargan a Izanagi e Izanami que completen la tierra todavía informe. Desde el Puente Flotante del Cielo introducen una lanza enjoyada en las aguas o salmuera que hay debajo y las remueven. Al retirar la lanza, las gotas saladas que caen de la punta se solidifican y forman Onogoro, la primera isla. Los dos dioses bajan después a ella y comienzan la generación de las islas japonesas.
En otra tradición japonesa, perteneciente al pueblo ainu, el mundo está inicialmente cubierto de agua o es un lodazal acuático. El creador envía un ave (normalmente una lavandera) que golpea, remueve y aplana el barro con las patas y la cola hasta separar y consolidar la tierra.
El mundo a partir del barro...
Esta idea de que la Tierra surgió del barro estuvo muy extendida entre las diferentes mitologías. Por ejemplo, en diversos relatos de Siberia occidental, similares a otros de los pueblos mongoles, el mundo inicial es un océano sin tierra firme. Un dios celestial ordena a un ave acuática (un pato u otras aves, según la versión) que se sumerja y ésta, después de varios intentos, consigue traer una pequeña cantidad de barro del fondo que se coloca sobre las aguas y va creciendo hasta convertirse en la Tierra.
En las tradiciones norteamericanas también encontramos numerosas variantes del “buceador de tierra”, un animal que bucea hasta el fondo de las aguas que cubren el mundo para obtener una pequeña porción de barro, que después crece hasta formar la Tierra. Por ejemplo, según algunas tradiciones iroquesas, debajo del mundo celeste existe una extensión de agua sin tierra firme. Una mujer del Mundo del Cielo cae a través de una abertura y las aves la sostienen mientras los animales acuáticos intentan obtener tierra del fondo. Finalmente, uno de ellos (con frecuencia una rata almizclera) vuelve con una pequeña cantidad de tierra, que coloca sobre el caparazón de una gran tortuga (un paralelismo curioso con el relato hindú mencionado antes). La tierra empieza entonces a crecer hasta convertirse en suelo habitable.
Los cherokee, por su parte, aseguraban que al principio todo lo que estaba debajo del mundo superior era agua y que los animales querían saber qué había debajo. El Escarabajo de Agua baja hasta la superficie, se sumerge y llega al fondo; trae barro, que comienza a extenderse sobre el agua y acaba formando la tierra. Después, el nuevo suelo es preparado para que puedan vivir allí los distintos seres.
Pero la tierra no siempre surge de algo que se encuentra bajo las aguas: en otras tradiciones, la materia de la que se formará el mundo llega desde arriba. En la tradición de cantos mitológicos que terminó formando el Kalevala finlandés, Ilmatar, doncella del aire, desciende al mar primordial y permanece flotando sobre sus aguas. Un ave encuentra su rodilla y construye allí un nido, poniendo sus huevos; cuando los huevos caen y se rompen en el océano, sus partes se convierten en los componentes del cosmos: tierra, cielo y cuerpos celestes.
También en la mitología yoruba la materia que formará la tierra llega desde el cielo. Según dichos mitos, al principio de los tiempos todo está cubierto por las aguas. El dios Olódùmarè, deidad suprema yoruba, envía desde el cielo a un agente creador (Obàtálá en unas versiones, Odùduwà en otras) con tierra o arena y un ave, generalmente una gallina. La tierra se vierte sobre el agua y la gallina la rasca y dispersa, haciendo que se extienda hasta formar suelo firme: Ilé-Ifẹ̀.
Para los bushongo del Congo, en cambio, la tierra aparece cuando retroceden las aguas. Según su mito de la creación, al principio sólo existen oscuridad, agua y Bumba o Mbombo, el dios creador. Bumba está solo y vomita primero el Sol; la luz y el calor hacen retroceder o secan parte de las aguas y aparece la tierra. Después vomita la Luna, las estrellas y, sucesivamente, diversas criaturas que participan en el poblamiento del mundo.
Resulta curioso que tantas mitologías relacionen el principio del mundo con el barro, y más aún si recordamos que el químico Cairns-Smith desarrolló la hipótesis de los cristales de arcilla en las últimas décadas del siglo XX. Según dicha hipótesis, los cristales arcillosos podrían haber funcionado como sistemas precursores de la herencia biológica: al crecer, sus estructuras podían reproducir determinadas irregularidades y proporcionar una especie de andamiaje sobre el que posteriormente habría aparecido la química orgánica autorreplicante. Experimentos posteriores han mostrado que, efectivamente, determinados minerales arcillosos pueden favorecer la concentración, organización y reacciones de moléculas orgánicas, por lo que son superficies favorables para la química prebiótica. En ese sentido no hay que olvidar que, según la tradición egipcia, el dios Khnum, con cabeza de carnero, modeló a los seres humanos con arcilla en un torno de alfarero. La imagen recuerda inevitablemente al mito bíblico de Génesis 2:7, en el que Dios forma al hombre del “polvo de la tierra” y después insufla en él el aliento de vida. Otro notable paralelo lo encontramos en la mitología mesopotámica: la diosa madre Nintu mezcla arcilla con la carne y la sangre de un dios sacrificado, We-ilu, y con esa materia crea a la humanidad.
Merece la pena que nos detengamos un poco más en la mitología mesopotámica, porque en ella encontramos de nuevo al océano cósmico, representado mediante la figura de Apsu, la vasta extensión de aguas subterráneas y dulces que coexistía con Tiamat, la diosa de los océanos salados y madre de todos los dioses. La epopeya babilónica de la creación, el Enuma Elish, dice:
“Cuando aún no existían los cielos ni la tierra de abajo, Apsu, el océano de agua dulce, estaba allí, el primero, el progenitor, y Tiamat, el mar de agua salada, la que los engendró a todos; aún estaban mezclando sus aguas, y aún no se habían formado tierras de pastoreo, ni siquiera un juncal”.
En el mito del Enuma Elish, Tiamat engendra una serie de criaturas monstruosas y desafía a los dioses hasta que es derrotada por Marduk, quien descuartiza su cuerpo para formar el universo. Primero divide el cuerpo en dos, y con una mitad establece el cielo; después organiza con su cadáver distintos elementos del cosmos, convirtiendo sus ojos llorosos en las fuentes del Tigris y el Éufrates.
... y de un despedazamiento
La creación del mundo a partir del cadáver de Tiamat nos conduce a otro motivo cosmogónico extraordinariamente extendido en el mundo antiguo: el universo construido a partir del cuerpo despedazado de un ser primordial.
Volviendo a la mitología hindú, el himno X:90 del Rig Veda hindú describe a Purusha como un gigante cósmico con mil cabezas, mil ojos y mil pies, que fue sacrificado por los dioses y de cuyas diferentes partes surgieron todos los elementos del universo: de su mente nació la Luna; de sus ojos, el Sol; los dioses Indra y Agni, de su boca; y el viento de su aliento. También el cielo, la tierra y la atmósfera, e incluso los cuatro órdenes sociales (varṇa) de la India, proceden de otras partes de su cuerpo.
Por su parte, en la mitología nórdica encontramos al gigante Ymir, que es asesinado por los dioses Odín, Vili y Vé para construir el mundo con sus pedazos: con su carne hacen la Tierra; con su sangre, los océanos; con sus huesos, las montañas; con sus dientes, las rocas; con su cabello, los árboles; con su cráneo, el cielo; con su cerebro, las nubes; y con sus cejas se forma Midgard, el mundo de los humanos.
La mitología china afirma que el cielo y la tierra existieron originalmente en un estado informe, como el huevo de una gallina en el que también se encontraba Pangu, el dios creador. Después de 18.000 años, Pangu se sintió incómodo en ese huevo oscuro y sofocante, por lo que decidió salir de él rompiéndolo en pedazos, de los que surgieron el cielo y la tierra. Otros 18.000 años después, Pangu murió, y las diferentes partes de su cadáver dieron origen a todos los elementos de nuestro mundo: de su respiración surgió el viento; de su voz, el trueno; de su ojo izquierdo, el Sol; de su ojo derecho, la Luna; de su sangre, los ríos; de sus músculos, la tierra; de sus huesos, los minerales; de sus dientes, los metales; de su cabello, las estrellas; y, según algunas versiones, los parásitos de su cuerpo dieron lugar a los seres humanos.
En Japón encontramos una variante diferente del mismo principio: el cuerpo divino no se transforma directamente en el cosmos, sino que de sus sustancias y fragmentos nacen nuevas divinidades. La diosa creadora Izanami muere después de dar a luz a Kagutsuchi, el dios del fuego. El fuego del parto quema sus genitales y la hiere mortalmente. Durante su agonía, de sus vómitos nacen Kanayamahiko y Kanayamahime, dioses asociados con los metales y la minería; de sus excrementos surgen Haniyasuhiko y Haniyasuhime, dioses asociados con la tierra y la arcilla; y de su orina nacen Mitsuhanome, relacionada con el agua, y Wakumusubi, una divinidad vinculada con la producción y el crecimiento. Por su parte, Izanagi, dios creador y esposo de Izanami, enfurecido porque Kagutsuchi ha causado la muerte de su mujer, decapita al dios del fuego y despedaza su cuerpo con su espada. Entonces, de distintas partes del cadáver de Kagutsuchi nacen varias divinidades, especialmente dioses relacionados con las montañas.
Según la cosmogonía mexica, antes de la Creación sólo existían la oscuridad, el agua infinita y Cipactli, un monstruo primordial anfibio, descrito como una mezcla de cocodrilo, pez, sapo y caimán. Vivía flotando sobre las aguas primordiales y, según algunas fuentes, en cada articulación del cuerpo tenía una boca con innumerables dientes: todo el cuerpo estaba cubierto de fauces y tenía un apetito insaciable. Los dioses querían crear la tierra, pero no había dónde hacerlo porque sólo existía el océano primordial y sobre él nadaba Cipactli. Mientras Cipactli existiera, el mundo no podía existir. Entonces los principales dioses, Quetzalcóatl y Tezcatlipoca, decidieron capturarlo. Para ello, Tezcatlipoca utilizó su propio pie como cebo, y mientras Cipactli lo devoraba (razón por la que Tezcatlipoca aparece frecuentemente representado con un pie amputado o sustituido por un espejo de obsidiana), ambos dioses lo sujetaron y lo desgarraron. De nuevo, de sus pedazos surgió la Tierra: la cabeza se convirtió en las montañas; el lomo, en la superficie terrestre; la piel, en los valles; el cabello, en los árboles; los ojos, en cuevas y manantiales; la cola, en los accidentes geográficos. Pero la muerte del monstruo tampoco significó su desaparición completa: la propia Tierra continuaba siendo concebida en la tradición azteca como un ser vivo que exigía alimento, en el marco de un sistema cosmológico en el que el sacrificio humano alimentaba a los dioses y contribuía al mantenimiento del orden del mundo...
En Tahití encontramos a Ta‘aroa (o Tangaroa en otras culturas polinesias), el dios creador de todo, incluyéndose a sí mismo. Esperaba solo en su caparazón, que parecía un huevo girando en el vacío infinito del tiempo antes del cielo, antes de la Tierra, antes de la Luna, antes del Sol, antes de las estrellas. Estaba aburrido y solo en su caparazón, así que lo rompió con un movimiento de su cuerpo y se deslizó fuera de sus confines, donde lo encontró todo sombrío y silencioso: estaba solo en la nada. Entonces rompió la concha en pedazos y con ellos formó las rocas y la arena, y el fundamento de todo el mundo (Tumu-Nui). Con su columna vertebral creó las montañas; con sus lágrimas llenó los océanos, los lagos y los ríos; con sus uñas de las manos y de los pies hizo las escamas que cubren a los peces y las tortugas; con sus plumas creó los árboles y los arbustos; con su sangre coloreó el arco iris.
¿Tiene algún sentido científico ese "despedazamiento primordial"? ¿Y cómo unos pueblos separados por miles de kilómetros idearon cosmogonías que incluyen imágenes tan sorprendentemente coincidentes como el océano o las aguas primordiales, el ave, el huevo, el barro o el despedazamiento de un ser cósmico para formar el universo? ¿Podrían estas imágenes conservar alegóricamente algún conocimiento acerca de la naturaleza del cosmos? Y, de ser así... ¿de dónde habría procedido?
©JRGA

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